La casa respira lento cuando nadie la empuja.
La luz cae sobre la mesa como un animal domesticado.
El reloj pierde soberbia.
La tarde se sienta a nuestro lado
y por fin deja de pedirnos explicaciones.
Quedarse también es una forma de cuidar el mundo.
Cerrar la puerta, apagar el ruido,
devolverle al cuerpo su pequeña república.
Nada urgente nos gobierna.
Nada brillante nos reclama desde afuera.
No hacer nada tiene una dignidad antigua.
La taza tibia entre las manos,
el piso conocido bajo los pies,
el silencio afinando sus metales suaves.
Uno descubre que vivir también puede ser quedarse quieto.
La casa nos guarda sin pedir aplausos.
Nos enseña el oficio humilde de permanecer.
A veces la paz llega así:
sin ceremonia, sin testigos,
con la tarde entera doblada sobre el pecho.


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