Hay días en los que uno no está para nadie. Ni para el optimismo obligatorio, ni para las frases motivacionales impresas en tazas, ni para la gente que cree que todo se resuelve “respirando profundo”. Hoy es uno de esos días. Días en los que la energía cae, la tolerancia se evapora y el estrés se siente como un abrigo grueso en pleno verano: incómodo, sofocante, innecesario. Y sin embargo, uno sigue. No por inspiración, sino por inercia. Y eso también es parte de la vida.
La mayoría de las veces nos contamos la historia de que debemos poder con todo. Que la fortaleza viene envuelta en productividad, temple y sonrisa amable. Que ser adulto es soportar. Pero la realidad es otra: hay momentos en los que el cuerpo te baja el switch, la mente se satura y la paciencia se reduce al tamaño de una migaja. No pasa nada. A veces el mundo pesa más de lo que debería. Basta revisar cualquier encuesta contemporánea para ver que casi todos navegamos a punto de desbordarnos. El cansancio dejó de ser excepción: es estadística. Y aceptarlo, aunque suene contradictorio, aligera un poco el peso.
Los griegos clásicos lo sabían bien: la virtud no era perfección, sino equilibrio. Y el equilibrio no es un estado permanente, sino un ejercicio constante de ajuste. Para Aristóteles, el punto medio no era una postura zen, sino una decisión activa: medir la vida con honestidad. Hoy, con esta energía baja y este estrés que te roza la piel, estás viviendo precisamente ese punto: un recordatorio de que no todo se sostiene siempre. Que incluso la estabilidad necesita tambalear para reacomodarse.
La modernidad nos volvió exigentes con nosotros mismos. Queremos rendir, entender, procesar, crear, responder, resolver. Todo en un mismo día. Como si fuéramos máquinas de precisión. Pero la filosofía europea más lúcida —la de Pascal, Kierkegaard, Montaigne— ya lo decía: la desesperación también es una forma de conciencia. El cansancio también es pensamiento. El estrés revela lo que no está funcionando. Hoy tu cuerpo hace lo que tu mente evitó por días: poner límites.
Porque el estrés no es solo saturación; es advertencia. Y la intolerancia no es defecto; es indicador. Es como si el mundo se hubiera convertido en una habitación con eco: cualquier palabra rebota más fuerte de lo que debería. Hoy, cualquier ruido te irrita porque llevas semanas cargando silencios que no atendiste. Hoy, cualquier comentario te incomoda porque ya no te cabe un gramo más de expectativa ajena. Hoy, cualquier conversación se siente pesada porque estás sosteniendo demasiado. El malestar no surge de la nada: surge del exceso.
Y aun así, hay algo valioso en días como este. Días así revelan lo que no se atreve a decir la estabilidad. La filosofía contemporánea lo llama “ruptura de ritmo”: esos momentos en los que el estado emocional colapsa y nos obliga a mirar con brutal sinceridad lo que ignorábamos. No es iluminación; es confrontación. Hoy no tienes tolerancia porque el sistema interno te pide espacio, aire, pausa. No para rendirse, sino para no romperse.
La sociedad prefiere el ruido al silencio porque el silencio revela. Hoy el silencio revela tu agotamiento. Tu falta de descanso. Tu exceso de responsabilidades. Y el mundo —rápido, ruidoso, exigente— seguirá empujando sin compasión. Así que no esperes que te dé permiso para detenerte. Ese permiso te lo tienes que dar tú.
Pero más allá del cansancio físico, lo que pesa hoy es la carga invisible: los pendientes emocionales, las preocupaciones anticipadas, los escenarios que tu imaginación convirtió en tormentas. El estrés no es solo lo que pasa, sino lo que tu cabeza proyecta. Y ahí está el reto: reconocer que parte del ruido lo generas tú. No por incompetencia, sino por humanidad. Como decía Popper, la vida es un proceso de ensayo y error. Y hoy, claramente, toca admitir que estás en la parte del error. No pasa nada. La humildad intelectual también es una forma de descanso.
Hay un momento, cuando la energía cae al mínimo, en el que el futuro deja de estresarte y simplemente deja de importar por un segundo. No porque te rindas, sino porque tu mente se niega a seguir corriendo maratones hipotéticos. En ese instante aparece una claridad pequeña, pero poderosa: el presente. El aquí y ahora, sin planes, sin expectativas, sin exigencias de grandeza. Solo tú, respirando, intentando no colapsar. Ese presente, aunque parezca insignificante, es una forma de volver a la vida.
Y a pesar de que todo se siente pesado hoy, hay una especie de serenidad escondida en la honestidad del cansancio. Porque cuando aceptas que no puedes con todo, el mundo deja de pedirte que puedas con todo. Y ahí, en ese respiro, empieza el ajuste. No el cambio radical, no la revolución personal, sino el ajuste: mover un poco las cargas, bajar un paso el ritmo, mirar con más calma. La disciplina también consiste en saber cuándo detenerse.
A veces la energía baja no es señal de debilidad, sino de inteligencia. La energía baja no es debilidad: es un diagnóstico. Es tu cuerpo diciéndote que si sigues así, vas a fallar donde sí importa. Es tu mente recordándote que no eres infinito. Que necesitas espacio. Y ese espacio no se consigue viajando a una playa ni huyendo del mundo: se consigue deteniéndote un momento y nombrando lo que sientes sin culpa.
Popper diría que estamos obligados a mejorar nuestras teorías. Hoy, tu teoría de resistencia colapsó. Perfecto. Ahora sabes qué no funciona. Ahora puedes construir otra. Más realista. Más humana. Más alineada con lo que eres, no con lo que crees que deberías ser.
No necesitas grandes conclusiones hoy. Ni respuestas. Ni epifanías. Solo necesitas reconocer que estás cansado. Que no puedes más. Que el mundo pesa. Y que eso no te hace menos capaz, ni menos fuerte, ni menos valioso. Te hace humano. Y la humanidad, en días como este, es suficiente.
Mañana habrá más energía. Mañana habrá más tolerancia. Mañana, el ruido volverá a ser manejable. Pero hoy, lo único que puedes hacer es esto: respirar, aceptar, soltar. Y aunque no lo parezca, eso también es avanzar.


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