La inclusión sin alma

El anuncio de que Papa Essiedu interpretará a Severus Snape desató, cómo no, un nuevo capítulo en la guerra cultural de internet. Entre los que gritan “progreso” y los que gritan “profanación”, se olvidó lo esencial: ¿de qué sirve cambiar la piel de un personaje si se pierde la sombra que lo hacía interesante?

En los libros, Snape es descrito como un hombre de piel pálida, casi enfermiza, con un aura gótica, densa, casi trágica. Más allá del color, era un personaje definido por su ambigüedad moral, su sarcasmo y su resentimiento. Un tipo que amaba, odiaba y manipulaba con la misma intensidad. Estoy seguro que Essiedu puede hacerlo brillante —es parte fundamental de uno de mis sketches favoritos de la BBC sobre Hamlet—, pero lo preocupante es que ya nadie parece hablar del personaje. Solo del color del personaje.

Hollywood hace tiempo descubrió que la inclusión vende. Y como todo lo que se convierte en producto, corre el riesgo de volverse hueco. Cuando a James Bond lo transformaron en mujer y en negra, el debate no fue sobre si la historia podía evolucionar, sino sobre si el gesto era necesario. Mucho del ruido que hizo que No Time to Die fuera algo olvidable, fue la inclusión innecesaria de polémicas que poco añaden a la historia que intentaron contar.

¿De verdad no hay nuevos héroes que escribir? ¿Tan poca fe hay en la imaginación que solo se reciclan los viejos con piel distinta?

El punto no es quién interpreta, sino por qué. Hay personajes negros memorables que no necesitaron ser “reimaginados” para tener fuerza.

Morpheus no fue grande porque representara a nadie, sino porque Laurence Fishburne lo dotó de una calma mística y una presencia casi sacerdotal. Jules Winnfield, en Pulp Fiction, no fue legendario porque fuera afroamericano, sino porque Samuel L. Jackson hizo de una escena de un sermón con pistola un ícono de la cultura pop. Winston Zeddemore, en Ghostbusters, no necesitó discursos para ser parte del equipo; su sola normalidad en medio del caos lo hacía humano. Monroe, en Congo, fue el tipo que equilibró una película absurda con pura carisma y aplomo. King T’Challa, el Black Panther de Chadwick Boseman, demostró que un héroe negro no necesita reinterpretar nada: basta con escribirlo con dignidad y propósito. Alonzo Harris, el corrupto de Training Day, es inolvidable no por su color, sino porque Denzel Washington convirtió la maldad en una clase magistral de poder y presencia. Y Killmonger, también de Black Panther, funcionó porque tenía razón dentro de su rabia: un villano complejo, humano y necesario.

Todos ellos fueron grandes porque eran buenos personajes. No porque Hollywood necesitara tachar una casilla en su Excel de representación.

El arte, como la vida, se empobrece cuando se escribe por consigna. Incluir no debería ser una orden de marketing, sino una consecuencia natural de contar historias honestas. Nadie se quejaría si los nuevos Snape, Bond o cualquier otro reinventado nos sorprendieran con profundidad. Pero cuando lo único que se celebra es la “diversidad del casting”, y no la calidad del resultado, lo que se está premiando no es el talento, sino la corrección.

Y eso, en el fondo, no es inclusión. Es simulación.

No se puede hablar de personajes negros memorables sin mencionar a Donald Glover y su contribución a Miles Morales. Antes de que Miles existiera, Glover ya dejaba su marca en Community, demostrando su talento para combinar humor, presencia y matices complejos en un solo personaje. Esa misma esencia inspiró la creación de Miles, permitiendo que el personaje fuera reinterpretado de manera convincente y fiel a su espíritu original. Y para cerrar el círculo, Glover hizo un cameo en Spider-Man: Into the Spider-Verse como una versión alterna de The Prowler, un guiño brillante que conecta su talento actoral con la expansión del mito de Spider-Man, demostrando que la fuerza de un personaje negro no está en su color, sino en la autenticidad y complejidad que el actor logra imprimirle.

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