Autopsia cultural en tiempo real III: Riesgo compartido

La televisión de realidad necesita conflicto. La producción lo busca, el público lo celebra y los comentaristas lo alimentan. El problema empieza cuando aquello que prometía entretenimiento se parece demasiado a una persona sufriendo.

La tercera autopsia llegó antes de que terminaran los rosarios de la segunda.

Cuando se anunció que Gala Montes entraría a La Casa de los Famosos México, buena parte de la conversación en redes fue de celebración. Hubo entusiasmo, emojis, gritos digitales y ese peculiar dialecto de internet en el que una vocal repetida veinte veces sustituye cualquier explicación. @weradlfuente, (Twittera de culto donde las hay), por ejemplo, recibió la noticia con varios “AMOOOOOOO”. Poco después, cuando Gala salió del programa, su reacción fue muy distinta: preocupación porque se veía muy mal.

No menciono esos dos mensajes para exhibirla. Sería demasiado fácil y, sobre todo, sería perder el punto. La secuencia interesa porque concentra en unas cuantas publicaciones algo que ocurre a una escala mucho mayor: celebramos el ingreso de una persona porque creemos que puede agitar un programa y después nos inquietamos cuando esa agitación deja de sentirse como espectáculo.

La persona era la misma. El formato era el mismo. El aislamiento, la exposición, la convivencia forzada y la presión tampoco aparecieron de repente. Lo que cambió fue nuestra percepción del riesgo.

Mientras el riesgo promete pleitos, lágrimas, alianzas rotas, enfrentamientos y clips capaces de circular durante horas en redes sociales, lo llamamos contenido. Cuando ese mismo riesgo parece afectar realmente a alguien, empiezan a aparecer otras palabras: empatía, salud mental, límites, responsabilidad, cuidado.

Entonces recordamos que detrás del personaje había una persona.

Es el equivalente televisivo de gritar cuando el gladiador entra a la arena y gritar horrorizados y pedir sanciones para los organizadores cuando lo ven sangrar.

El problema de necesitar que “pase algo”

Rosa María Noguerón explicó que necesitaban “mover” el programa y habló del “riesgo” que representaba incorporar a Gala. Las dos ideas juntas resultan mucho más reveladoras que cualquier teoría sobre lo que pudo ocurrir después.

Había que mover el programa. Había que generar contenido. Para conseguirlo se incorporó a alguien cuya presencia era considerada, al menos públicamente, un riesgo. Eso describe bastante bien la lógica de la televisión de realidad.

Un reality no reúne personas al azar y coloca cámaras para registrar inocentemente lo que ocurra. Elige participantes por su personalidad, sus antecedentes, sus relaciones, sus conflictos potenciales y su capacidad para generar conversación. Después crea un entorno artificial: aislamiento, competencia, incertidumbre, exposición continua y convivencia obligatoria. No necesita escribir cada diálogo para intervenir en lo que sucede. Le basta con diseñar las condiciones.

El casting ya es una decisión editorial.

Cuando un programa empieza a parecer aburrido, difícilmente solucionará el problema invitando a la persona más equilibrada, prudente y conciliadora disponible. Busca a alguien capaz de modificar la dinámica. Quiere una variable nueva que altere el sistema. Eso puede producir «buena» televisión. También produce riesgos.

El problema surge cuando ambas cosas empiezan a confundirse.

La cámara tampoco es inocente

Existe una vieja comodidad alrededor de los realities: fingir que la producción simplemente observa.

JAMÁS funciona así.

La producción escoge quién entra, cuándo entra y bajo qué condiciones. Diseña juegos, modifica dinámicas, administra información, crea incentivos y decide qué parte de todo eso verá el público. Después selecciona imágenes, construye narrativas y promociona los momentos con mayor capacidad para generar conversación.

Nada de eso significa que un participante carezca de voluntad propia. Significa simplemente que aquello que vemos como “realidad” ocurre dentro de una estructura cuidadosamente diseñada.

Y esa estructura tiene objetivos. Uno de ellos es mantener nuestra atención.

La televisión aprendió hace mucho tiempo que una convivencia razonablemente tranquila puede ser estupenda para quienes participan y mortal para el rating. El conflicto, en cambio, produce conversación. Una discusión puede alimentar un programa, varios clips, decenas de cuentas de entretenimiento, debates en redes y contenido suficiente para llegar al día siguiente.

Por eso la frase “da contenido” se ha vuelto tan común. También por eso deberíamos detenernos un momento a pensar qué significa.

Una persona “da contenido” cuando aquello que hace puede convertirse en material aprovechable. Puede discutir, llorar, enamorarse, enfurecerse, romper una alianza o desbordarse emocionalmente. Desde el punto de vista industrial, todo eso puede cumplir la misma función: mantenernos mirando.

La persona termina descrita como recurso narrativo. Ahí comienza el problema.

El público participa en el mecanismo

Resulta tentador colocar toda la responsabilidad sobre la producción. Es cómodo. Televisa tiene oficinas, ejecutivos, abogados y una estructura visible a la cual señalar.

El público está sentado frente a una pantalla. Pero también participa.

No produce el programa ni deciden quién entra. Tampoco conocemos lo que ocurre fuera de cámara. La responsabilidad es mucho menor y de otra naturaleza. Aun así, forma parte del mercado que determina qué funciona.

La atención tiene valor. Un comentario tiene valor. Una tendencia tiene valor. Un clip compartido tiene valor. Un “qué aburrido está esto” tiene valor. También un “Amoooooooooooo”.

Las productoras viven de interpretar esas señales. Si el público abandona cuando la convivencia se calma y regresa cuando alguien provoca un conflicto, la conclusión industrial no resulta demasiado difícil de obtener.

Dale más conflicto.

Si una personalidad genera conversación, vuelve a utilizar ese tipo de personalidad. Si un enfrentamiento aumenta el interés, crea condiciones para que vuelvan a existir enfrentamientos. Si el espectador pide que “pase algo”, el sistema aprende qué significa exactamente ese “algo”.

Luego ocurre.

Y entonces aparece la sorpresa.

Queríamos realidad. Parece que tampoco tanta.

En la segunda Autopsia cultural en tiempo real el problema era precisamente ése: una parte del público se quejaba de que un programa de realidad resultaba aburrido porque ocurrían cosas demasiado parecidas a la realidad.

La vida normal suele ser poco útil para televisión.

La mayoría de las personas puede atravesar un día completo sin aventar un vaso, declarar una enemistad eterna, formar una alianza secreta o romperla antes de cenar. Una casa llena de gente que conversa, come, duerme y resuelve razonablemente sus diferencias puede acercarse bastante a la vida real.

También puede ser insoportable como espectáculo. Queremos intensidad. La producción intenta proporcionarla.

La tercera autopsia empieza justo donde termina esa lógica: cuando la intensidad que pedíamos parece haber rebasado el territorio cómodo del entretenimiento. Entonces ya no queremos ver más. Queremos que alguien intervenga.

El público cambia rápidamente de posición. Primero exige que el programa despierte. Después pregunta por qué nadie detuvo aquello que lo hizo despertar. No hace falta llamar hipócrita a nadie para reconocer la contradicción. Las dos reacciones pueden ser sinceras.

Precisamente por eso resulta interesante observarlas juntas.

Responsabilidad no significa culpa

Conviene hacer una distinción porque de otro modo acabamos acusando a medio internet de algo que no hizo.

Que una persona haya celebrado la entrada de Gala no la convierte en responsable de lo que haya sucedido después. El público no conoce las evaluaciones internas, las conversaciones privadas, los protocolos de producción ni el estado real de una participante. Tampoco sabemos todavía con precisión qué ocurrió.

Ese límite importa.

Pero responsabilidad y culpa no significan lo mismo. Podemos preguntarnos qué conductas premiamos sin atribuirnos consecuencias que no causamos. Podemos revisar qué pedimos cuando exigimos “contenido” y qué esperamos realmente cuando celebramos la llegada de alguien porque creemos que puede alterar emocionalmente una casa.

La pregunta incómoda es bastante sencilla: si esperábamos conflicto, ¿hasta dónde queríamos que llegara?

Porque “quiero que pase algo” es una frase comodísima mientras ese algo permanece dentro de ciertos límites invisibles. Queremos una pelea, pero que no llegue a las manos. Queremos lágrimas, pero que no sean causadas por ciertas acciones o ciertas palabras. Queremos tensión, pero que termine justo antes de que deje de parecernos entretenida y nos comience a preocupar.

El problema es que las personas reales no funcionan con controles de volumen.

“Ella decidió entrar”

Ésta será una respuesta inevitable y tiene una parte perfectamente razonable.

Gala es adulta. Decidió participar. Conocía el formato y ya había formado parte de él antes. Tratarla como alguien incapaz de tomar decisiones, (como cómodamente están haciendo algunos «creadores de contenido») es paternalista.

Pero reconocer la autonomía de una persona no elimina nuestras responsabilidades hacia ella.

Lo hacemos todos los días. Un adulto puede tomar una mala decisión y seguir siendo perfectamente responsable de sus actos; eso no obliga a quienes lo rodean a facilitarla. Podemos respetar la libertad de alguien y, al mismo tiempo, utilizar nuestro propio criterio para decidir hasta dónde estamos dispuestos a participar.

Eso vale también para una producción. Recibir un “sí” de un participante resuelve una parte muy importante de la relación, pero no necesariamente todas las preguntas. Si además esa producción identifica públicamente la incorporación como un “riesgo” y la relaciona con la necesidad de “mover” un programa, resulta razonable preguntarse qué hizo con ese riesgo antes de convertirlo en espectáculo.

No sabemos qué información tenía la producción sobre Gala, qué evaluaciones realizó, qué conversaciones hubo ni por qué finalmente salió. Conviene mantener esa frontera porque cualquier intento de llenar los huecos con diagnósticos desde Twitter terminaría reproduciendo exactamente aquello que estamos criticando: convertir otra vez a la persona en contenido.

La pregunta interesante está en otro lado. Una vez que alguien acepta participar, ¿quedan los demás liberados de utilizar su propio criterio?

Difícilmente.

La libertad individual funciona junto con la responsabilidad hacia otras personas. Podemos respetar las decisiones ajenas y todavía decir “esto no me parece prudente”, “hasta aquí llego” o “prefiero no colaborar con esto”. En realidad, buena parte de la vida civilizada consiste precisamente en saber cuándo ejercer esa capacidad.

Por eso “ella quiso entrar” explica una decisión de Gala. No explica las decisiones de todos los demás.

La producción decidió invitarla. Alguien consideró que su presencia podía darle al programa aquello que estaba necesitando. Alguien autorizó el ingreso y estableció las condiciones. Después vino el público, que recibió la noticia como recibe cualquier nueva pieza de entretenimiento: juzgando si aquello prometía divertirlo.

Y prometía.

De ahí salen los “Amoooooooooooo”.

Riesgo compartido

El nombre de esta autopsia sale precisamente de esa declaración tan desafortunada de Noguerón. Cada participante ocupa un lugar diferente y carga con una responsabilidad distinta. No hace falta repartir culpas con una calculadora ni fingir que quien escribió un comentario en Twitter tiene la misma capacidad de decisión que quien produce un programa nacional de televisión.

Sería absurdo.

Pero tampoco debemos fingir que el público es completamente exterior al mecanismo. Una industria construida alrededor de la atención aprende de aquello que consigue nuestra atención. Si premiamos el conflicto, aprende conflicto. Si reaccionamos con entusiasmo cuando aparece alguien capaz de desestabilizar una convivencia que considerábamos aburrida, registra perfectamente esa señal.

Después queremos establecer límites. Es una exigencia bastante peculiar: acerquen a las personas al borde, pero procuren que nadie se caiga.

La televisión de realidad lleva décadas perfeccionando ese equilibrio porque de él depende una parte sustancial de su atractivo. Una casa llena de adultos razonables que hablan de sus diferencias, llegan a acuerdos y se van temprano a dormir podría constituir una espléndida comunidad. Como programa probablemente necesitaría comerciales muy buenos.

Por eso hay castings, dinámicas, sorpresas, incorporaciones y cambios de reglas. La tensión no representa un desperfecto del formato. Forma parte del producto.

Y el público lo sabe.

Lo que quizá preferimos no mirar demasiado es nuestro papel en el intercambio. No causamos las decisiones de otros ni somos responsables de aquello que desconocemos, pero sí elegimos qué premiamos con tiempo, comentarios, tendencias y conversación.

Cuando después descubrimos preocupación donde antes encontrábamos diversión, aparece la verdadera materia de esta autopsia. No necesariamente hemos cambiado de principios. Hemos dejado de mirar un personaje y vuelto a reconocer a una persona.

El “Amoooooooooooo” y el “se veía muy mal” pueden ser perfectamente sinceros. Justamente por eso funcionan tan bien puestos uno junto al otro. Entre ambos está la frontera que la televisión de realidad necesita rozar constantemente y que nosotros fingimos conocer con absoluta precisión una vez que alguien parece haberla cruzado.

¿Quién dice hasta aquí?

Quizá ésta sea la pregunta que vale la pena conservar cuando termine el ruido alrededor de Gala.

No sabemos todavía qué ocurrió dentro ni por qué decidió salir. Puede resultar que la producción actuara exactamente como debía y que su salida demuestre precisamente que existían mecanismos capaces de detener una situación cuando la participante ya no podía continuar.

También podría aparecer información distinta.

Mientras tanto, la pregunta cultural permanece intacta: cuando una persona genera contenido precisamente porque representa una posibilidad de conflicto, ¿quién decide qué cantidad de riesgo resulta aceptable para conseguirlo?

El participante puede poner un límite. La producción tiene que poner otro. Quienes trabajan alrededor del programa tendrán los suyos. Y nosotros, espectadores, podemos decidir cuánto estamos dispuestos a recompensar antes de sorprendernos por aquello que ayudamos a convertir en entretenimiento.

Ninguna de esas responsabilidades pesa igual. Ése es precisamente el punto.

Futuros Proyectos

En Unstoppable, de Tony Scott, el personaje de Dewey comete una estupidez monumental durante una maniobra ferroviaria y deja escapar al 777, un tren de carga que termina recorriendo Pensilvania sin conductor. La película calcula que un descarrilamiento grave podría provocar pérdidas superiores a 100 millones de dólares entre daños ambientales, infraestructura, vagones y locomotoras.

Tony Scott todavía guarda una pequeña crueldad para los títulos finales. Después de decirnos qué pasó con los héroes, la película informa que Dewey fue considerado responsable de provocar el incidente, perdió su empleo en el ferrocarril y terminó trabajando en la industria de la comida rápida.

Y aquí dejo una pregunta para Rosa María Noguerón: ¿Qué restaurante de comida rápida le queda cerca de su casa?

Igual y en una de esas tienen libre el puesto de garrotera.

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