Musk lo volvió a hacer. No… no compró otra red social, para después administrarla durante meses como un niño berrinchudo con juguete nuevo. Tampoco se puso a vender lanzallamas —que, para desgracia de cualquier argumento sensato, sí se vendieron— ni pasó años prometiendo robotaxis “para el año siguiente”, ni presentó un Roadster que debía llegar en 2020 y sigue acumulando retrasos, ni convirtió la ubicación de sus futuras fábricas en una especie de partida de Risk empresarial donde hoy toca México, mañana otro país y pasado mañana ya veremos. Esta vez solo volvió a anunciar el futuro con fecha, cifra y absoluta seguridad. Y ahí es donde conviene empezar a escuchar con una ceja levantada.
Musk aseguró que dentro de diez años habrá al menos mil millones de robots humanoides y que cada uno será unas cinco veces más productivo que una persona. Según su cálculo, ese ejército mecánico terminaría produciendo más que todos los seres humanos juntos.
La afirmación tiene todos los ingredientes de Musk: una tecnología real, una tendencia que vale la pena observar, una extrapolación exponencial y una fecha lo bastante cercana para provocar titulares. También la suficiente distancia para que dentro de diez años pocos recuerden exactamente lo que prometió.
Esta vez no me interesa demasiado discutir si serán mil millones, 400 millones o 73,541,892 robots. Musk incluso reconoce que fabricar cosas físicas resulta mucho más complicado que multiplicar software. Hace falta construir cadenas de suministro, mover materiales, producir sensores, chips, motores, baterías y, sobre todo, conseguir que unas manos mecánicas hagan durante miles de horas algo que los seres humanos hacemos sin pensar: agarrar un vaso sin romperlo.
Su apuesta consiste en que software, chips y destreza electromecánica avanzarán al mismo tiempo hasta provocar un crecimiento explosivo. Puede equivocarse en la fecha. Tiene antecedentes suficientes para concederle esa posibilidad. Lo que me parece mucho más interesante es otra cifra.
El precio.
Musk lleva tiempo hablando de fabricar Optimus a una escala que permita llevar su costo por debajo de los 20,000 dólares. En una conversación anterior planteó incluso un robot de alrededor de 20,000 dólares cuando la producción alcanzara suficiente volumen. No existe hoy un precio comercial de Optimus, una página para ordenarlo ni una tarifa oficial para consumidores. Es una meta de fabricación, no el precio de una mercancía disponible en tienda.
Pero imaginemos que lo consigue.
En México ya entramos en territorio perfectamente reconocible. Una SUV comercial de 5 a 7 plazas tiene un precio entre los 450 y 500 mil pesos. Algunos billetes de ajolote más o menos.
Ese dato cambia toda la conversación. Un robot humanoide experimental de varios millones de dólares pertenece a un laboratorio. Un robot confiable que cuesta aproximadamente lo mismo que una SUV compacta empieza a ser un bien adquirible por una agencia de financiamiento.
Y ahí comienza la historia interesante, porque ya no estaríamos preguntando si una empresa puede comprar cien robots para una fábrica. Estaríamos preguntando si una familia puede financiar uno a 48 meses.
El video viral que circuló estos días —aunque no sea un anuncio oficial de Tesla— entendió perfectamente esa transición. No muestra al Optimus soldando piezas en una Gigafactory ni cargando toneladas de acero. Lo pone abriendo la puerta, recibiendo paquetes, trabajando en el jardín, paseando al perro y haciendo las cosas ordinarias que consumen una cantidad significativa de nuestro tiempo.
Ese escenario me resulta bastante más impresionante que verlo bailar, pero también bastante más inquietante. Porque ahí empieza a parecerse a I, Robot.
La película de 2004 no comienza realmente con una rebelión de máquinas. Comienza con algo mucho más creíble: robots convertidos en objetos cotidianos. En ese futuro son acompañantes para el hogar y el trabajo. Son producto, infraestructura y servicio al mismo tiempo. La sociedad ya dejó atrás la discusión sobre si quiere robots. Simplemente los tiene.
Hasta las fábricas de la película están diseñadas para que los robots fabriquen robots. Curiosamente, esa es exactamente una de las razones que Musk utiliza para justificar su crecimiento exponencial: llegará un momento, dice, en que los robots participarán en la fabricación de más robots.
La semejanza divertida termina ahí. Espero.
Pero hay otro detalle de I, Robot que siempre me ha parecido interesante y ahora resulta todavía más llamativo: aquellos robots tenían rostro.
Era un rostro artificial y simplificado, pero había ojos, rasgos y una expresión que permitía interpretar hacia dónde miraban y, de alguna manera, qué estaban haciendo. La película incluso lo verbaliza. Spooner pregunta por qué les ponen caras. La respuesta de Susan Calvin es prácticamente una tesis de diseño: sin ellas, probablemente no confiaríamos en los robots.
Optimus ha tomado hasta ahora otra ruta.
Tiene cabeza, brazos, piernas, manos, torso y proporciones humanas. Pero donde debería estar la cara existe una superficie negra. Una máscara. Un visor. Ningún ojo que nos mire, ninguna boca que pretenda sonreír.
Y me fascina esa decisión.
No sé si Tesla lo hizo deliberadamente para evitar el famoso valle inquietante, reducir complejidad industrial o simplemente conservar una identidad visual reconocible. Sería especular sobre las razones. El efecto, en cambio, está ahí: Optimus tiene forma humana sin fingir que es humano.
Tal vez sea más honesto así.
Durante décadas, la ciencia ficción supuso que necesitaríamos humanizar a las máquinas para aceptarlas. Les pusimos ojos a C-3PO, cara a Data, expresiones a Sonny y hasta personalidad a robots que eran poco más que una lata con ruedas. Musk piensa incluso que la gente terminará desarrollando vínculos emocionales con sus humanoides, comparándolos con R2-D2.
Puede que haya acertado ahí.
No necesitamos una cara para hablarle a algo como si fuera humano. Lo hacemos con el coche que se niega a arrancar, con la computadora que “se puso necia” y con las IA con las que algunos toman terapia, cuando parece entender un chiste. Bastará que el robot conozca nuestro nombre, recuerde dónde dejamos las llaves y sepa que el perro sale a caminar a las siete para que alguien termine diciéndole “gracias”.
El verdadero salto cultural ocurrirá el día en que dejemos de encontrarlo extraño.
Por eso la frase de Musk sobre ser “cinco veces más productivos” me interesa menos como medida científica y más como declaración económica. Cinco veces más productivo, ¿haciendo qué?
En una línea de producción continua, la cuenta puede tener sentido. Una máquina que trabaja durante periodos muy largos, necesita pausas para recarga y mantenimiento pero no duerme ocho horas, no toma vacaciones y puede repetir una tarea con precisión constante puede producir varias veces lo que produce una persona asignada a esa misma función. Musk ha dicho que las primeras aplicaciones de mayor valor estarán precisamente en operaciones continuas.
Intentar extender esa cifra a toda la actividad humana resulta mucho más difícil. No existe una unidad universal de productividad que permita meter en la misma ecuación a un soldador, una enfermera, un vendedor, un maestro, un gerente y alguien negociando la compra de una empresa.
Pero quizá tampoco haga falta.
Un robot doméstico no necesita ser cinco veces mejor que nosotros en todo. Necesita hacer suficientemente bien veinte cosas que preferiríamos no hacer. Ahí está el mercado: Lavar. Recoger. Cargar. Ordenar. Ir por algo. Vigilar una puerta. Mover cajas. Limpiar una cocina. Sacar la basura. Llevar las compras. Cuidar determinadas rutinas de una persona mayor. Resolver pequeños trabajos que hoy parecen triviales porque alguien tiene que hacerlos.
Si una máquina de medio millón de pesos puede realizar durante diez años una parte significativa de esas tareas, la comparación económica deja de ser absurda.
Entonces aparecerán preguntas mucho más serias que las Tres Leyes de la Robótica.
¿Quién controla el robot que compré? ¿Yo o el fabricante?
¿Funcionará sin conexión?
¿Podrá la empresa desactivar funciones remotamente?
¿Habrá que pagar una suscripción para mantener ciertas capacidades, similar a lo que odiosamente hacen Audi, BMW o Mercedes-Benz?
¿Qué información sobre mi casa enviará a servidores externos?
¿Quién será dueño de los datos que obtenga mientras camina por mi sala?
¿Podré repararlo con terceros?
¿Podré venderlo?
¿Seguirá funcionando si Tesla decide que mi modelo tiene ocho años y ya merece retirarse, como las «misteriosas» obsolescencias programadas?
Personalmente, me preocupa bastante menos que Optimus despierte una mañana con ojos rojos y decida exterminar a la humanidad. Yo me preocuparía mucho más al comprar un aparato de 500,000 pesos y descubrir que una actualización cambió sus condiciones de uso. La distopía real vendrá con un PDF de términos y condiciones. Que siendo fieles a la naturaleza humana, no vamos a leer.
Eso tampoco significa que debamos rechazar la tecnología. Sería absurdo. Un humanoide verdaderamente competente puede convertirse en una de las máquinas más útiles inventadas por el hombre. Nuestra infraestructura lleva siglos construida alrededor del cuerpo humano: escaleras, puertas, manijas, estantes, herramientas, vehículos, cocinas y fábricas. Construir una máquina con nuestra forma tiene una ventaja enorme: puede utilizar el mundo que ya existe sin obligarnos a rediseñarlo todo.
Ese quizá sea el argumento más poderoso a favor del robot humanoide.
Musk puede estar equivocado sobre los mil millones. Puede equivocarse con los diez años. Puede estar exagerando, como le encanta hacerlo, con el famoso cinco veces. Pero me parece un error quedarnos únicamente discutiendo sus hipérboles mientras ignoramos la dirección.
La pregunta que de verdad me interesa no es cuándo existirán mil millones de robots. Es cuándo aparecerá el primero que funcione suficientemente bien, sea suficientemente confiable y tenga un costo lo suficientemente razonable para que una persona común mire el precio y piense:
“Podría comprar uno.”
Ese día dejaremos de hablar de robótica como una curiosidad tecnológica.
Empezaremos a ver el saldo en la tarjeta para programar las mensualidades.
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