Después de acostumbrar a la audiencia al pleito fabricado, La Casa de los Famosos consiguió algo extraordinario: convivencia real. El público pidió que la arruinaran.
Lo lograron. La televisión pasó años enseñándole al público que convivir significa gritar, traicionar, formar bandos, humillar al adversario y llorar frente a una cámara. La lección quedó tan bien aprendida que ahora, cuando un grupo de personas comparte una casa sin destruirse emocionalmente, la audiencia se queja de que el programa es aburrido.
En la gala reciente de La Casa de los Famosos México, Galilea Montijo les comunicó a los participantes que el público consideraba aquella edición como una de las más aburridas. También les mostraron algunos comentarios y cancelaron el posicionamiento porque, durante las semanas anteriores, los concursantes habían expresado opiniones demasiado tibias e incluso se habían elogiado. Según la producción, ya no valía la pena realizar la dinámica. El pecado estaba claro: los habitantes se negaban a representar adecuadamente la guerra civil que el formato necesitaba. La producción había decidido cancelar la dinámica por la falta de confrontaciones.
La escena fue de una sinceridad brutal. Un programa de realidad regañó a sus participantes porque estaban comportándose con demasiada normalidad. La convivencia auténtica resultó inaceptable porque no producía suficientes clips, bandos, insultos ni tendencias. La realidad había entrado al reality y producción tuvo que intervenir para sacarla a patadas… metafóricamente.
Aldo Rendón respondió con una frase magnífica: «¿Y si los desaburres te vas a quedar sin chamba por siempre? Si no, que se metan ellos». Después recordó que a los participantes les pagarían lo mismo. La frase funciona como chiste cínico y diagnóstico. Si producción necesita diseñar las peleas, provocar a los habitantes, mostrarles comentarios del exterior y exigirles mayor agresividad, entonces los concursantes han dejado de participar en un experimento de convivencia. Ahora trabajan como empleados de una fábrica de conflicto.
Cuando escribí De la convivencia al escándalo: autopsia cultural en tiempo real, señalé que el reality había abandonado su condición de experimento social para convertirse en una pasarela de personalidades huecas. La nueva temporada añadió una prueba que faltaba: cuando el formato se acerca accidentalmente a su premisa original, la audiencia lo rechaza.
La realidad cotidiana suele ser aburrida. La mayor parte de nuestra vida transcurre entre conversaciones normales, tareas domésticas, pequeñas bromas, cansancio, silencios, acuerdos y desacuerdos que resolvemos sin arrojar una silla. Incluso las familias más disfuncionales pasan más tiempo preguntando qué van a comer que conspirando para destruirse. Una cámara encendida durante las veinticuatro horas registraría largas secuencias de personas lavando platos, durmiendo, hablando de asuntos triviales o mirando fijamente una pantalla.
Eso también forma parte de la condición humana. De hecho, quizá sea la parte más representativa. El problema aparece cuando cada minuto debe convertirse en contenido y cada participante tiene la obligación de justificar su permanencia provocando una crisis.
La palabra “mueble” resume esta degradación. Dentro del lenguaje de los realities, alguien se convierte en mueble cuando no grita, no conspira, no seduce, no traiciona o no suministra suficiente material para las cuentas de chismes. Su calidad humana deja de importar. Su capacidad de convivir tampoco cuenta. Si no alimenta la maquinaria, pierde incluso la categoría de persona y queda reducido a un objeto decorativo.
Me tocó escucharlo en persona, en primera fila, en un Adweek donde la productora dijo «Nadie quiere a un mueble», sentada junto a uno de los participantes que fue tan útil como un refrigerador en el ártico y al ahora defenestrado Ricardo «boquita de asterisco» Peralta.
El público asegura que quiere autenticidad, pero castiga cualquier comportamiento auténtico que no produzca espectáculo. Pide sinceridad y espera insultos. Exige estrategia y reclama traiciones. Habla de convivencia mientras contabiliza enemistades. Si dos personas resuelven un problema mediante una conversación adulta, desperdiciaron contenido. Si convierten el mismo desacuerdo en una pelea de tres días, cada gesto puede recortarse, musicalizarse y distribuirse en redes.
La calma no genera una miniatura con letras amarillas. La sensatez tampoco sirve para organizar una encuesta. El algoritmo necesita emociones sencillas, personajes fáciles de clasificar y un conflicto que pueda entenderse mientras alguien desliza el dedo hacia el siguiente video.
Ya que andamos por aquí, también convendría revisar el significado de “famosos”. Algunos participantes tienen una trayectoria reconocible. Otros apenas son familiares para ciertas comunidades de internet. Han aparecido muchas veces en pantalla, que es algo distinto de haber construido una carrera. Son conocidos, algunos. Famosos, no todos. Relevantes, todavía menos.
El modelo necesita idiotas conocidos porque llegan con una personalidad previa, un historial de pleitos o una audiencia dispuesta a defenderlos. Por eso Adame, Yawi, Mane y demás fauna nociva son tan populares en este tipo de alcantarillas. Producción ahorra tiempo. Ya no tiene que presentar a una persona, explicar su historia o dejar que el público la descubra. Basta con colocarla dentro de una categoría: el polémico, la víctima, el galán, la villana, la traidora, el gracioso o el mueble.
A partir de ahí, cada acción debe confirmar el personaje asignado. La ambigüedad resulta peligrosa porque obliga a pensar. Una persona puede ser generosa por la mañana, cobarde durante la tarde y razonable por la noche. Esa contradicción es profundamente humana, aunque resulte terrible para un programa que necesita vender héroes y villanos antes del corte comercial.
Los propios concursantes también han aprendido. Han visto temporadas anteriores. Saben que una frase aislada puede perseguirlos durante años, que una pelea puede costarles contratos y que el público cambia de favorito con la misma facilidad con la que cambia de aplicación. Es razonable que algunos decidan proteger su imagen, evitar conflictos innecesarios y llevarse bien con sus compañeros.
Ese cálculo también es realidad. Una persona vigilada modifica su conducta porque conoce las consecuencias de cada movimiento. El programa encierra a individuos conscientes de las cámaras y luego se sorprende cuando administran su reputación. Les exige espontaneidad dentro de un sistema de incentivos, castigos, votaciones, patrocinios y exposición pública. Después los reprende porque no actúan irracionalmente para divertirnos.
La responsabilidad de producción resulta evidente, pero el público conserva la última palabra. Una parte de la audiencia quiere el pleito y después finge indignación cuando lo recibe. Exige que alguien provoque, insulte o humille; cuando ocurre, organiza el linchamiento digital correspondiente y se felicita por haber defendido la dignidad humana.
El mecanismo ofrece una comodidad moral extraordinaria. Primero se pide sangre. Después se condena al que sangró al adversario. El espectador puede disfrutar del conflicto y, al mismo tiempo, sentirse superior a quienes participan en él.
Por eso una convivencia relativamente pacífica se vuelve intolerable. Sin un villano semanal no hay causa que defender. Sin una víctima no hay indignación que exhibir. Sin pelea no existe la posibilidad de escribir veinte publicaciones explicando por qué uno pertenece al bando correcto. El reality alimenta una forma barata de identidad: apoyar a un desconocido y odiar a otro durante unas cuantas semanas.
La actual temporada les entregó algo parecido a la realidad: personas cuidándose, midiendo sus palabras, llevándose razonablemente bien y evitando convertir cualquier roce en una tragedia. La audiencia respondió que estaba aburrida. Quería conflicto artificial con idiotas medio conocidos y recibió adultos medio desconocidos conviviendo. Naturalmente, se sintió estafada.
Producción reaccionó entrando a la casa, mostrando comentarios y pidiendo mayor intensidad. Con ese gesto confirmó la sospecha central del formato. Estamos frente a un fraude, producido en tiempo real y con el descaro de que voltean a la cámara y dicen «¿No están entretenidos? ¿No vinieron a eso?», pero sin la majestuosidad de Russel Crowe.
El conflicto ya no aparece por las condiciones del encierro; debe encargarse, estimularse y supervisarse. Los participantes reciben una evaluación de desempeño cuyo principal indicador parece ser la cantidad de enemistades producidas por semana.
Aldo tuvo razón. Si producción necesita desaburrir al público, que se meta a la casa. Que los productores formen sus propios bandos, inventen sus traiciones y se griten durante el posicionamiento. Los habitantes podrían sentarse a observarlos mientras cobran exactamente lo mismo.
El nombre correcto del programa sería «El fraude de la fábrica de los escándalos». Personas reconocibles entran como materia prima, producción añade presión y la audiencia recibe fragmentos listos para indignarse. El aburrimiento se considera una falla del producto porque recuerda que, detrás de las luces y la música dramática, solo existen varias personas compartiendo una casa.
La autopsia cultural ya entregó su segundo resultado. La realidad murió por exceso de intervención y falta de paciencia. Producción participó en el crimen, pero la audiencia exigió el arma, señaló a la víctima y después se quejó de que el cadáver no murió con muchas tripas explotando.
Lo lograron. El público dejó de rechazar la mala televisión de realidad. Ahora rechaza la realidad misma.
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