Como son necios…

Hay cosas que no se compran, por más chequera o contrato de patrocinio que se tenga. El nombre del Estadio Azteca es una de ellas.

A finales de los noventa, alguien en Televisa decidió que era buena idea rebautizarlo como Estadio Guillermo Cañedo, en homenaje a un directivo histórico del fútbol mexicano. Sonaba solemne, corporativo, hasta elegante. Pero el público nunca compró el cambio. No por falta de respeto, sino porque la gente no renombra lo que ya siente suyo.

Duró poco. Unos meses, quizá. Lo suficiente para recordarnos que hay símbolos que no se negocian. Que la identidad popular no obedece comunicados de prensa ni placas doradas. Se impone.

Nadie en la grada dijo “vamos al Cañedo”. Todos siguieron diciendo “al Azteca”. Igual que hoy nadie dice “Estadio GNP Seguros”, sino Foro Sol. Y nadie llama “BBVA” al banco que seguirá siendo Bancomer mientras exista la memoria colectiva de los que pagamos recibos, firmamos créditos y hacemos fila en ventanilla.

Los nombres, cuando logran calar, se vuelven parte del paisaje emocional. No importa cuánto se intente renombrar, el lenguaje de la costumbre siempre gana.

Hay una terquedad hermosa en eso. En no dejar que nos cambien las palabras que nos definen. Porque cambiarle el nombre a algo amado es como pretender renombrar a un amigo viejo: puedes hacerlo oficialmente, pero todos sabrán quién es en realidad.

El Estadio Azteca resistió porque su nombre no nació en una sala de juntas, sino en la voz de millones que lo hicieron suyo. Lo pronunciaron en los goles de Pelé, los milagros de Maradona, los partidos del América, los conciertos de U2 o Shakira. Lo gritaron tantas veces que terminó tatuado en el idioma.

Y aun así, lo siguen intentando. Hoy, con cada nuevo patrocinio, los grandes recintos se pintan de logotipos y cambian de apellidos. Pero el pueblo —ese juez que no firma contratos, pero dicta sentencia con la lengua— se niega. Porque hay nombres que no solo identifican, sino que significan. Y el significado no se cambia por decreto.

Por eso seguimos diciendo Azteca, Foro Sol, Bancomer. No por nostalgia, sino por instinto.
Porque sabemos que detrás de cada intento por “modernizar” hay un malentendido más profundo: creer que el valor de algo está en su etiqueta, y no en su historia.

Como son necios, seguirán intentándolo. Y nosotros, tercos también, seguiremos recordándoles que hay palabras que no se venden.

Y no… no le voy a decir «Estadio Banorte», no estén jodiendo.

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