Hay una moda que se disfraza de “calidad” y, en realidad, huele a control. Grammarly —que sirve para muchas cosas útiles— ahora te dice si tu texto será “flaggeado” como IA. A mí me marcó “fuerte presencia de IA”. Le pregunté cuánto y me soltó un 25%. Y ahí entendí el truco: no es una medición, es un gesto. Un termómetro que decide que 25 grados ya es fiebre alta porque alguien necesita que lo parezca.
Lo que llaman “detección” funciona más como señalización moral que como diagnóstico. Te está educando a escribir para pasar un filtro, no para comunicar mejor. Te empuja a producir texto que “parezca humano” según una plantilla invisible. Y lo más irónico: si lo logras, no significa que seas más auténtico; significa que aprendiste a complacer a un algoritmo que pretende decirte cuándo eres persona.
La IA ya se metió en todo, incluso donde nadie la pidió: correos, documentos, presentaciones, respuestas automáticas, chats internos, propuestas, “insights” de marca, incluso ese párrafo que alguien te manda para “pulir rápido”. Lo que antes era oficio ahora es flujo. Y cuando todo se vuelve flujo, aparecen los inspectores: herramientas que no mejoran el mensaje, pero sí te hacen sentir culpable por el método.
Porque esa es la jugada: no importa tanto si el texto “tiene IA”, sino si puede ser castigado por parecerla. La preocupación deja de ser “¿está bien escrito?” y pasa a ser “¿me van a señalar?”. La escritura se vuelve un trámite de reputación; la comunicación, un examen. Y quien pone el examen se queda con el poder de decirte qué forma debe tener tu voz.
Hay una escena que se repite en LinkedIn y ya parece deporte: el post original es rico, consistente, con ideas que caminan derechas. Tiene inicio, tiene nervio, tiene cierre. Y luego, en los comentarios, ocurre la metamorfosis: el mismo autor responde como si le hubieran dado un refresco gigante y dos bolsas de gomitas antes de sentarse a escribir. Frases atropelladas, signos de admiración como confeti, ocurrencias sin punto final. Una especie de niño con azúcar en la sangre y pocas clases de ortografía y redacción.
Ese contraste no es un “detalle”. Es la pista. Porque el texto principal suena a alguien que sabe lo que hace: orden, coherencia, un hilo argumental que no se desmaya. En cambio, el hilo se rompe justo donde debería sostenerse la conversación. Y en LinkedIn, donde todo el mundo presume de “comunidad”, la comunidad termina conversando con un avatar descompuesto.
Lo más absurdo es que, si alguien quisiera “detectar IA”, no debería mirar solo el post. Debería mirar el conjunto: el tono, el ritmo, el vocabulario, el tipo de errores, la forma en que el autor responde bajo presión, la consistencia entre plataformas. La autenticidad no se mide por una palabra rara o por un adjetivo elegante; se huele en la continuidad.
El caso de Paty Armendáriz es un ejemplo perfecto de esa fractura. En LinkedIn, sus publicaciones suelen verse impecables: estructura, claridad, un orden casi quirúrgico. Dan la impresión de haber pasado por una mesa de edición, de esas donde alguien pule el texto para que parezca pensamiento en estado puro. Luego la escuchas en video o la lees en Twitter, (sí, seguirá siendo Twitter, no me den lata), y el registro cambia de golpe: ideas que se tropiezan, frases que salen disparadas sin amarre, una prisa que confunde intensidad con claridad. No es un juicio moral; es un síntoma. «La misma persona», dos calidades aparentes de pensamiento.
Y ahí está la parte incómoda: no es que LinkedIn “baje la calidad” por magia. Es que mucha gente lo usa como vitrina y terceriza la voz. Publican como si fueran un ensayo, pero responden como si estuvieran discutiendo en el tráfico. El post parece editorial; el comentario parece grito de cantina, (y en el caso de Patricia, sus textos y videos en Twitter tienen ese tufo).
Cuando Grammarly u otras herramientas se ponen solemnes y te dicen “fuerte presencia de IA”, casi siempre están midiendo la superficie. El problema real está en la coherencia integral. Si un autor escribe como adulto en el post y como niño hiperactivo en las respuestas, no necesitas un porcentaje para sospechar que algo se está actuando. No porque “la IA sea mala”, sino porque la conversación se vuelve falsa: el texto abre una puerta y la persona que contesta vive en otra casa.
Al final, el daño no es estético. Es cultural. Se normaliza que el mensaje “importante” lo escriba un sistema —humano o automatizado— y que el autor solo aparezca para hacer ruido. Se premia la pose y se castiga la consistencia. Y cuando la consistencia muere, la credibilidad se convierte en un filtro: no de calidad, sino de percepción.
Entonces llega el detector a decirte que tu texto tiene 25% de IA y que eso es “alto”. ¿Alto para quién? ¿Alto comparado con qué? ¿Con la media de los comentarios que parecen hechos por una licuadora de lugares comunes? ¿Con el estándar de una escuela que ya no enseña a escribir, sino a no ser acusado? Ese “Alta presencia de IA = 25%” suena más a política interna que a ciencia.
El problema de fondo no es que exista IA. El problema es la teatralidad. La obsesión por certificar pureza. Como si la escritura fuera un sacramento y no una herramienta. Como si el valor de una idea dependiera de si usaste una calculadora, un corrector, un diccionario, un editor, un amigo o un modelo de lenguaje. Nadie te exige que demuestres que no usaste autocorrect. Nadie te pide que certifiques que no consultaste sinónimos. Pero con la IA sí.
Y ojo: entiendo el miedo. Hay gente entregando textos huecos, inflados, sin criterio, como si la prosa fuera espuma expansiva para rellenar paredes. Eso existe. Pero el detector no arregla el vacío. Solo lo etiqueta. Peor: castiga al que sí tiene oficio, porque el que escribe claro, estructurado y sin tropiezos “se parece” a la IA. Lo pulcro se vuelve sospechoso. Lo correcto se interpreta como artificial. Es la victoria de la mediocridad: si escribes bien, te acusan de no ser tú.
Además, estas herramientas fallan por diseño. No detectan intención. No distinguen entre una idea propia y una frase genérica. No ven contexto. Trabajan con probabilidades, con patrones, con “se parece a…”. Y cuando pones un umbral absurdo —como tratar 25% como “alto”— conviertes la duda en sentencia. Es el tipo de innovación que no te ayuda a escribir mejor: te ayuda a sentirte vigilado.
En vez de empujar a la gente a pensar y a escribir con precisión, la empujas a camuflarse. En vez de enseñar a leer con criterio, enseñas a pasar filtros. En vez de premiar la originalidad, premias la imperfección calculada: el errorcito estratégico, la frase chueca, el ritmo artificialmente torpe para “sonar humano”. Es el mundo al revés.
A mí no me preocupa que un texto tenga “porcentaje de IA”. Me preocupa que tenga porcentaje de verdad. Que la idea sea defendible. Que el tono sea consistente. Que el argumento se sostenga sin trucos. Que el lector sienta que alguien le habló, no que alguien lo atendió.
Si la IA ya está en todo, lo adulto no es fingir que no existe. Lo adulto es aprender a usarla sin perder la voz. Y también aprender a ignorar la nueva superstición de los detectores como si fueran oráculos. Porque si vamos a vivir en una época donde 25% ya es “alto”, lo único que queda es escribir mejor, pensar más claro y no pedirle permiso a un semáforo para cruzar una idea.

Duérmanse temprano hoy o se les aparece Paty aprobando el Presupuesto de Egresos 2026.
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