Hay algo triste en ver cómo ciertas personas ya no parecen vivir nada sin pensar de inmediato en cómo lo van a contar. El momento ni siquiera ha terminado y ya están editando la escena en su cabeza. El «shipeo», el noviazgo, la boda, el pleito, la despedida, la recaída, la incomodidad, el enojo, la reconciliación. Todo entra rápido en una lógica de publicación. Todo se vuelve material.
Antes uno pensaba en la vulgaridad como un problema de formas. Mal gusto, exceso, ruido, necesidad de llamar la atención. Hoy el asunto se siente más hondo. Ya no pasa solo por lo que se muestra, sino por la decisión de volver rentable cualquier experiencia. Hay personas que ya no comparten lo que les ocurre: Lo manipulan. Lo administran. Lo acomodan. Lo reparten. Lo exprimen. Lo dejan circular hasta que pierde el calor de algo vivido y empieza a parecer una pieza más dentro de una programación personal.
El ser humano históricamente ha compartido lo que vive. Desde las pinturas rupestres, los murales, la foto y el video. Y sí, siempre se ha encontrado la manera de explotar ese compartir. No digo esto con nostalgia barata ni con la fantasía de que antes todos fueran discretos. Siempre ha existido gente exhibicionista, gente calculadora y gente hambrienta de atención. Lo que cambió fue la escala y, sobre todo, la recompensa. Hoy la exposición ya no solo da visibilidad. Da dinero, posicionamiento, relevancia, conversaciones paralelas, audiencias. Da una sensación de movimiento. Y cuando una conducta recibe premio constante, deja de sentirse excepcional. Se vuelve método.
Por eso tantos creadores terminan hablando igual, reaccionando igual, acomodándose igual. Aprenden a leer el clima emocional de su audiencia y a comportarse dentro de ese marco. A veces lo hacen con talento. A veces con oficio. A veces con una habilidad real para narrar. Pero a la larga aparece algo cansado: se nota cuando una persona ya no habla desde un centro propio, sino desde la expectativa de su comunidad. Se vuelve visible en la manera de opinar sobre cualquier tema, en la prisa por sumarse a una conversación, en esa necesidad de tener siempre una postura disponible, aunque hace una semana defendiera lo contrario o hace tres meses se burlara exactamente de lo que ahora denuncia.
Por eso casos como el de Un Tal Fredo terminan llamando tanto la atención. No solo por la boda, por el lujo o por la conversación que se armó alrededor, sino por lo que deja ver sobre la lógica completa del ecosistema. Primero vino la celebración convertida en evento público. Y la presunción de que iba a vender todo. Luego, la respuesta ante las críticas con el gesto de quien reduce todo a rendimiento y dice, en esencia, que mientras eso produzca dinero, adelante. Después llegó la burla hacia quienes cuestionaban. Más tarde, el giro hacia la queja por la monetización perdida y por las supuestas obras de caridad que lo hacían un gran ser humano y que ya no podrían sostenerse. Y luego el llanto frente a cámara por los ataques al cuerpo, un tema delicado y real, pero difícil de separar del hecho de que él mismo ha hecho del físico ajeno material para burlarse.
Esto ya no es solo una contradicción personal, que es válido tenerla. Es un escenario calculado. Es un hábito. Una manera de procesar cualquier sacudida pública en clave de rendimiento. Primero se capitaliza el ruido. Luego se ironiza con él. Después se lamenta el costo emocional. Más tarde se vuelve a abrir la conversación desde otro ángulo. Todo encuentra una salida narrativa. Todo tiene una utilidad. Todo puede reciclarse.
Y ahí es donde el problema deja de ser un influencer específico. Empieza a hablar de una cultura entera. Una cultura donde la gente aprende que su vida vale más mientras más capacidad tenga de sostener atención. Una cultura donde el mal momento también se trabaja. Donde la herida se pone frente a cámara antes de terminar de entenderla. Donde hasta la humillación tiene valor si genera alcance.
Con La Fatshionista pasa algo igual de revelador, aunque el tono sea distinto. Su salida de Seis de Copas fue presentada por ella como resultado de una carga de trabajo insostenible, desgaste personal y una exigencia que ya no correspondía con lo que el proyecto le devolvía. Esa explicación abrió otra conversación pública. Lo que pudo haber sido un cierre difícil terminó entrando a la corriente normal de interpretación, reacción, clips, lecturas de bando y consumo emocional del conflicto.
Eso me interesa más que el chisme. Me interesa porque va dejando una lección silenciosa para muchísima gente que mira desde fuera. La lección es esta: si quieres monetizar, tendrás que contar más. Si quieres sostener relevancia, tendrás que abrir más puertas. Si quieres conservar a tu comunidad cerca, tendrás que dejarla entrar cada vez más adentro. A tus planes, a tus cambios, a tu cuerpo, a tus vínculos, a tus días malos, a tus decisiones más personales. Poco a poco se instala la idea de que reservarse algo equivale a desaprovecharlo.
Y ahí empieza una deformación seria. La intimidad deja de ser un espacio de cuidado. Se vuelve una reserva de material pendiente de uso. Ya no se guarda algo porque le pertenece a uno, porque necesita tiempo o porque todavía no encuentra palabras. Se guarda apenas mientras se decide cuál es el mejor momento para publicarlo. Esa forma de vivir termina alterando incluso la experiencia misma. Hay alegrías que, al ser pensadas para los demás, se desinflan. Hay dolores que, al contarse demasiado pronto, se vuelven ajenos. Hay enojos que se agrandan al verse recompensados por el algoritmo. Hay relaciones que empiezan a existir bajo la sombra de su posible rendimiento.
También la palabra “comunidad” se ha ido cargando de una expectativa extraña. Suena cálida, cercana, casi protectora. En la práctica, a veces describe una audiencia acostumbrada a recibir acceso ilimitado. Opinión sobre todo. Contexto sobre todo. explicación sobre todo. Participación en todo. Y muchos creadores colaboran con eso porque les funciona. Los vuelve cercanos, sí, pero también dependientes de una mirada externa constante. Una vez que acostumbras a la gente a entrar en cada rincón, cerrar una puerta se interpreta como traición.
No creo que el camino sea fingir pureza ni condenar a cualquiera que gane dinero en internet. Sería una tontería. Hay creadores muy buenos, gente con oficio, con disciplina, con imaginación, que ha construido trabajo valioso sin entregarse entera al espectáculo de sí misma. El asunto aquí es otro. Tiene que ver con una relación enferma entre exposición y sentido. Con esa necesidad de que todo se vea, todo se procese en público y todo genere una reacción medible para que parezca que tuvo peso.
Por eso esta nueva vulgaridad me parece menos escandalosa y más desgastante. No siempre grita. A veces se presenta como transparencia. A veces se disfraza de autenticidad. A veces llega con voz temblorosa, con música triste, con subtítulos limpios y lenguaje emocional aprendido de memoria. A veces toma la forma de una causa. A veces toma la forma de una confesión. A veces toma la forma de una despedida muy bien empaquetada. Lo vulgar no está solo en lo que se muestra. Está en la decisión de ponerle precio a lo que todavía debería conservar un poco de silencio.
Hay personas que creen que la libertad digital consiste en mostrarlo todo. Yo cada vez creo más en otra clase de libertad: la de no tener que convertir cada episodio en una prueba de existencia. La de vivir algo sin subirlo. La de pasar por una etapa difícil sin volverla serie. La de proteger ciertos afectos del consumo rápido de extraños. La de no entregarle al público cada llave de la casa.
También habría que aceptar una verdad poco cómoda: muchos creadores terminan recibiendo una parte del rechazo que ellos mismos ayudaron a fabricar. Cuando se vive de empujar la conversación hacia la burla, la provocación, el exceso o el pleito, el entorno que se forma alrededor rara vez será sereno. Se llena de sarcasmo, de cansancio, de resentimiento y, muchas veces, de odio. Nada de eso vuelve legítimos los ataques personales, y mucho menos los abusos, pero sí obliga a mirar con honestidad el mecanismo completo. Hay quienes alimentan durante años una relación con su audiencia basada en el conflicto y luego se sorprenden cuando esa misma lógica se les devuelve sin filtro. El problema de usar la fricción como motor del contenido es que un día deja de sentirse como estrategia y empieza a parecerse demasiado al mundo que uno mismo construyó.
Porque después de un tiempo pasa algo sencillo y duro: cuando toda la vida se vuelve material, la persona empieza a desaparecer detrás de su propio contenido.
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