La irreverecia no es siempre profunda. Algunos piensan que burlarse de lo sagrado los vuelve valientes. Creen que disfrazar de insolencia un acto vacío les da estatura moral. Creen que patear símbolos ajenos equivale a pensar. Y no. A veces solo equivale a llamar la atención con recursos prestados.
Cada año aparece la misma escena: personas que se presentan como libres, críticas y emancipadas, pero cuya rebeldía cabe perfecto en el calendario. Semana Santa llega y, como reloj viejo que todavía da la hora dos veces al día, reaparece el desfile de la provocación predecible. La cruz convertida en accesorio. La imagen religiosa vuelta chiste. El rito de millones reducido a utilería para una foto, una marcha, una consigna o una pose de superioridad moral que dura menos que una historia de Instagram.
Lo más curioso no es la ofensa. Lo más curioso es la pobreza del gesto. Porque desafiar de verdad exige pensamiento, riesgo y carácter. Esto no. Esto es escoger símbolos que otros consideran sagrados, meterles lentejuela, sarcasmo o morbo, y luego exigir aplausos por la ocurrencia. Hay menos rebeldía ahí que en un adolescente rayando una banca. Solo que ahora viene empaquetado como expresión política, performance o supuesta liberación.
El problema de fondo no es que alguien no crea. Nadie está obligado a creer. Nadie tiene que arrodillarse ante una fe que no comparte. La incredulidad no tiene nada de vergonzoso. Lo miserable empieza cuando la falta de fe se convierte en desprecio automático por la fe ajena. Ahí ya no estamos hablando de libertad. Estamos hablando de la vieja tentación de burlarse de lo que otro ama porque resulta barato y da visibilidad.
Eso explica por qué tantos actos que se venden como transgresores en realidad se sienten tan viejos. No hay nada nuevo en tomar un símbolo venerado por otros y volverlo objeto de burla. Es una fórmula gastada. La diferencia es que antes al menos algunos admitían que querían provocar. Hoy muchos quieren provocar y conservar al mismo tiempo la pose de víctimas intocables. Quieren licencia total para reírse de todo lo ajeno, pero reglamento completo para todo lo propio.
Ahí aparece el doble rasero. Hace tiempo, una persona de la comunidad LGBT+ me dijo «No puedes decirle joto a alguien, porque no eres gay». Algo así como el insulto de la letra N con los afrodescendientes, (y ahora que lo pienso, si son egipcios o sudafricanos y no son negros… ¿también aplica?).
El lenguaje debe ser preciso, sensible y quirúrgico cuando se trata de nombrarlos a ellos. La identidad merece respeto absoluto. La experiencia vivida no puede ponerse en duda. La sensibilidad del grupo exige cuidado. Perfecto. Suena razonable. El problema llega cuando ese mismo estándar desaparece en cuanto el símbolo pertenece a otro. Entonces ya no hay respeto, ni cuidado, ni sensibilidad, ni contexto. Entonces sí se puede usar la fe, la tradición, la historia o los íconos culturales de otros como materia prima para la burla, el escarnio o la provocación de temporada.
Eso fue parte de la molestia que generó aquella representación de un Zapata sexualizado y convertido en emblema de una agenda ajena a lo que representa para muchos mexicanos. La discusión nunca fue solo estética. Tocó algo más profundo: la costumbre de tomar figuras nacionales, religiosas o históricas y usarlas como si no cargaran memoria, arraigo ni dignidad para millones. Como si todo símbolo fuera material disponible para la intervención de moda. Como si el respeto fuera obligatorio solo cuando conviene.
Y ese hábito ya cansó. Cansó porque siempre se vende como gesto audaz cuando en realidad suele ser una comodidad. Es fácil burlarse del cristianismo en países donde hacerlo no cuesta demasiado. Pero jamás he visto a esa gente protestando en Kabul por los abusos de los talibanes contra las mujeres. Jamás se han parado en la Avenida Umm Al Qura con una imagen de Mahoma convertido en Draga. Es fácil jugar con figuras religiosas o patrias cuando el escándalo mediático ya viene incluido. Es fácil posar de transgresor cuando sabes que media prensa cultural correrá a decir que no entendieron tu propuesta. El verdadero valiente no siempre es el que escandaliza. A veces es el que se contiene. El que entiende que no todo lo que puede profanarse merece ser profanado.
También hay algo infantil en esta obsesión por incomodar como fin en sí mismo. La madurez no consiste en perderle el respeto a todo. Consiste en entender que hay cosas que, aunque no compartas, tienen un peso profundo en la vida de otros. No se necesita creer para entenderlo. Basta con no ser un imbécil. Esa debería ser una base bastante modesta para convivir en sociedad.
La rebeldía de calendario funciona porque da recompensas rápidas. Te hace ver moderno. Te mete a la conversación. Te regala aplausos del pequeño tribunal digital que reparte certificados de atrevimiento. Pero también exhibe una pobreza interior: la incapacidad de crear símbolos propios con suficiente fuerza y la necesidad de vivir mordiendo los de otros para sentir que se existe.
Por eso tanta provocación contemporánea se siente hueca. No nace de una visión. Nace de una urgencia por llamar la atención. No construye nada. Parasita. No discute con inteligencia. Manosea. No critica el poder. Busca cámaras. Y cuando llegan las críticas, entonces aparece la otra parte del libreto: la sorpresa fingida, la indignación selectiva, el reclamo moral. Como si la burla solo pudiera circular en una sola dirección.
Semana Santa debió servir para recordar algo simple: una sociedad libre no exige uniformidad de fe. Exige límites de convivencia. Puedes no creer. Puedes disentir. Puedes criticar. Puedes incluso discutir el lugar de la religión en la vida pública. Todo eso cabe. Lo que no merece disfraz honorable es la costumbre de usar la fe ajena como utilería para la vanidad propia.
Hay rebeldes de verdad. Y luego están los rebeldes de calendario. Los que aparecen puntuales para escupir sobre lo que otros veneran, posar cinco minutos como incendiarios y volver a casa convencidos de que hicieron historia. No hicieron historia. Hicieron ruido. Que es mucho más fácil y, casi siempre, mucho más barato.


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