Ya no peleamos contra la falta de información.
Peleamos contra el impulso de irnos antes de entender.
El dedo manda.
La cabeza obedece.
Subimos la pantalla como si abajo estuviera la revelación del siglo.
Casi nunca está.
Hay ruido.
Hay prisa.
Hay gente opinando con una seguridad que no le concede ni su propia vida.
Y ahí vamos todos, como si ver mucho fuera pensar algo.
Por eso leer ya no parece costumbre.
Parece disciplina.
Un libro no te pide atención bonita para la foto.
Te pide presencia.
Te pide silencio.
Te pide esa incomodidad de quedarse quieto cuando todo afuera te entrena para brincar.
Leer hoy tiene algo de resistencia.
No por romántico.
Por funcional.
Te devuelve una facultad que el scroll cobra por pedazos.
La de sostener una idea sin salir corriendo.
La de seguir un argumento hasta el final.
La de sospechar de la primera ocurrencia que te cruza por la cabeza.
Eso cansa.
Claro que cansa.
Un cerebro malacostumbrado al premio inmediato siente la profundidad como si fuera castigo.
Por eso tanta gente ya no lee.
No porque no pueda.
Porque perdió el ritmo interior para hacerlo.
Se acostumbró al sobresalto.
A la cápsula.
Al resumen del resumen del resumen.
Y luego se pregunta por qué todo le suena hueco.
Leer arregla un poco eso.
Te baja la velocidad.
Te ordena la conversación interna.
Te recuerda que entender algo lleva más de lo que dura un reel.
Quien todavía lee está protegiendo algo serio.
Tu criterio.
Tu lenguaje.
Tu capacidad de no ser arrastrado por cualquier idiota con buen algoritmo.
En estos tiempos, con eso alcanza para llamar a alguien rebelde… y peligroso.
Nota del autor:
Una versión de este texto, adaptada para formato editorial, fue publicada en Emprendedor.com. La edición que aparece aquí es la idea con el sentido original, (una serie de frases cortas por el rango de atención), en una versión más cercana al tono y ritmo de este espacio.


Deja un comentario