Yo estuve ahí. No lo ví nacer, pero sí estuve en los primeros pasos que dio corriendo.
Hubo un tiempo en que el correo electrónico era eso: correo. Un buzón digital. Entraban mensajes, lo lees, lo entiendes, (con suerte), y respondes. A veces bien. A veces mal. A veces con prisa, a veces molesto, a veces con un error de dedo que luego obligaba a mandar un “quise decir”. Era una herramienta. No opinaba. No sugería. No se ofrecía a pensar por uno. No se paraba al lado de la pantalla como recepcionist con sobredosis de café preguntando cada tres minutos si necesitabas ayuda para respirar.
Ahora no. Ahora cada aplicación, espacio y herramienta quiere llevarte de la manita.
Abres un correo y de inmediato aparece el niñero digital: “¿Quieres un resumen de este correo?”. Como si leer seis párrafos fuera ya una actividad de alto riesgo. Como si el texto enfrente de ti fuera una pared egipcia y no un intercambio entre personas que, en teoría, llegaron hasta ahí porque tenían algo que decirse. Lees una invitación y enseguida te ofrecen convertirla en PDF, meterla al calendario, redactar la respuesta, revisar el tono, ajustar la gramática, cambiar el idioma, suavizar el mensaje, volverlo profesional, volverlo amable, volverlo ejecutivo, volverlo neutro, volverlo tan limpio que al final ya no dice lo que pensabas que querías decir.
Todo quieren hacerlo por ti.
Y sí, ya sé que a veces sueno como Ron Swanson quejándome de la tecnología… Pero de verdad es… molesto. Por decirlo de forma suave.
Las herramientas dejaron de esperar instrucciones y empezaron a interrumpir. Ya no están ahí para obedecer. Ahora se adelantan, interpretan, adivinan, sugieren, empujan. Se meten. El software dejó de ser un martillo para convertirse en ese amigo intenso que quiere acomodarte la vida, el saco, la frase, la postura y hasta la cara con la que vas a contestar un correo.
Hartan.
Sorbre todo, porque te lo quieren vender como «comodidad». “Te ahorramos tiempo”. “Te ayudamos a enfocarte”. “Te facilitamos el trabajo”. Y claro que a veces ayudan. Claro que a veces un resumen sirve. Claro que a veces convertir algo a PDF en un clic evita la pequeña romería de menús que antes se requería. El problema no es la función. El problema es la lógica que viene detrás. La idea de que cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, debe ser eliminado. La noción de que leer, decidir y redactar ya son cargas excesivas para el pobre usuario contemporáneo, esa criatura tan frágil que no puede enfrentar un correo sin casco, coderas y asistencia automatizada.
Nos han empezado a tratar como si cualquier fricción fuera una injusticia.
Y no toda fricción estorba. Hay fricciones útiles. Leer completo un correo antes de responder es una de ellas. Pensar dos minutos el tono con el que le vas a contestar a alguien también. Detectar si lo que te están pidiendo es razonable, ambiguo o francamente absurdo forma parte del trabajo. No es un error del sistema. Es el sistema. Ahí está el criterio. Ahí está la experiencia. Ahí está la diferencia entre alguien que opera una herramienta y alguien que todavía conserva el músculo mental de hacerse cargo de lo que dice.
Porque ese es otro punto: estas ayudas no solo ahorran pasos. Van erosionando facultades. De a una gota, cada vez. Un poquito. Casi sin sentirlo. Un resumen aquí, una respuesta sugerida allá, una corrección automática que “suena más natural”, un cambio de tono “para adaptarlo culturalmente al receptor”, como si un algoritmo en otro continente entendiera mejor la temperatura social de un correo entre dos personas que trabajan en la misma ciudad, en el mismo país, en el mismo idioma, en la misma realidad. Lo que se vende como asistencia muchas veces es sustitución de criterio. Y la costumbre de ceder esas pequeñas decisiones será un día un agujero en la piedra hecho a punta de gotitas.
Se empieza delegando la forma. Luego se delega el fondo.
Lo ves todos los días. Correos impecables y muertos. Respuestas que suenan correctas, limpias, institucionales, perfectamente lavadas. Mensajes sin una aspereza, sin una respiración, sin una marca humana. Todo está bien puesto y nada está vivo. Como esas salas muestra de desarrolladora: cojines combinados, plantas en su lugar, libros falsos en la repisa y ni una sola señal de que ahí haya vivido un ser humano con prisa, carácter o mala leche. Mucha optimización, poca persona.
Eso es una forma más avanzada de pobreza. Pobreza mental.
Es curioso: vivimos en una época obsesionada con la personalización, pero cada vez escribe más gente con la misma lengua prestada. Todos contestan parecido. Todos agradecen parecido. Todos “esperan que este correo los encuentre bien” con una disciplina casi litúrgica. El resultado no es sofisticación. Es homogeneización con perfume de oficina global. Y encima, invasiva. Porque no basta con que la función exista. Tiene que asomarse. Tiene que interrumpir. Tiene que sugerirte que probablemente no puedas con la tarea básica de leer, entender y decidir.
Y si eso lo vemos en correos, no les quiero hablar del horror que es LinkedIn.
Ahí está lo verdaderamente irritante: la presunción. La presunción de incompetencia previa. La máquina parte de la idea de que necesitas ayuda antes de demostrar lo contrario. No espera a que la busques. Se te ofrece encima. Como esos vendedores que apenas cruzas la puerta y ya te preguntaron tres veces qué buscas, aunque uno solo quería entrar, ver y no ser perseguido por una cortesía que ya huele a vigilancia.
Eso cambia la relación con la herramienta. Antes uno entraba a trabajar. Ahora uno entra a negociar con sugerencias. A cerrar ventanitas. A decirle que no a la app. A recordarle que no, gracias, no necesito un resumen de un correo de doce líneas. No, gracias, no necesito que reescribas una invitación para volverla más cordial. No, gracias, no necesito convertir a PDF un archivo que ni siquiera he terminado de leer. Déjame en paz cinco minutos. Yo después te llamo.
No soy enemigo de la tecnología. Sería absurdo. Trabajo con ella, vivo con ella y muchas veces le debo velocidad, orden y hasta dinero. El punto no es jugar al romántico de la máquina de escribir. El punto es recordar quién manda. Una buena herramienta amplifica capacidad. No reemplaza criterio. No infantiliza al usuario. No lo acostumbra a que cada paso venga sugerido, acolchonado y preprocesado. Un buen sistema sirve. No pastorea.
Tal vez por eso irrita tanto esta nueva camada de ayudas: porque no se siente como apoyo, sino como tutela. Como una muleta silenciosa de la incapacidad del usuario. Lee menos. Piensa menos. Redacta menos. Decide menos. Nosotros te ayudamos. Nosotros resumimos. Nosotros corregimos. Nosotros suavizamos. Nosotros hasta te explicamos qué quisiste decir.
Y luego la gente se pregunta por qué tantos correos, posts, respuestas y mensajes ya suenan como comida de hospital: bien procesados, perfectamente presentables y con la textura emocional de una sopa instantanea.
Yo sí quiero hacer algo radical. Algo rebelde: leer el correo completo. Pensar la respuesta. Escribirla yo mismo. Corregirla con mis ojos propios. Mandarla y asumir algún error que se me fuera por… despistado. Sin resumen. Sin muletas. Sin nana digital. Sin que nadie nos lleve de la mano hasta el botón de enviar.
La adultez también debería existir en línea.


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