Este 15 de septiembre parece que, antes de servir el pozole, tendremos que aclarar nuestra posición política. Si celebramos, alguien entenderá que estamos satisfechos con el gobierno. Si señalamos un problema, arruinamos la fiesta; si disfrutamos la noche, demostramos una indiferencia imperdonable. Hasta al orégano le van a pedir antecedentes partidistas para dejarlo pasar a la mesa.
Entre quienes dicen que “no tenemos nada que celebrar” y quienes aseguran que “estamos mejor que nunca”, queda un país entero tratando de vivir. Personas que pueden querer su casa, disfrutar sus costumbres, preocuparse por el futuro y tener una opinión bastante mala de sus autoridades. Todo al mismo tiempo. La vida permite esas combinaciones, aunque resulten difíciles de acomodar en una consigna.
Las dos frases intentan terminar la conversación antes de que empiece. “No tenemos nada que celebrar” descarta cualquier motivo posible de alegría. “Estamos mejor que nunca” propone una satisfacción tan completa que las objeciones parecen impertinencias. Una convierte el desencanto en obligación colectiva. La otra quiere que acompañemos el entusiasmo y, de ser posible, salgamos sonriendo en la foto.
Quizá convenga preguntar qué celebra una familia cuando se reúne esta noche. Puede estar recordando una fecha histórica, siguiendo una costumbre o aprovechando la ocasión para verse. Puede estar preparando una receta que alguien aprendió de su madre y repitiendo una cena que organizaban unos abuelos. Ahora continúa gracias a quienes todavía saben dónde guardaban la olla grande.
Esa mesa tiene una historia que ha atravesado gobiernos distintos. Algunas sillas quedaron vacías. Llegaron otras personas. La receta sufrió ajustes que seguramente alguien considera una traición. Reducir todo eso a una expresión de respaldo presidencial concede al gobierno una propiedad extraordinaria sobre la intimidad de los demás. El poder ya ocupa suficiente espacio como para regalarle también nuestros recuerdos. Curioso. En años pasados los que decían que no había nada que celebrar son los que ahora señalan como traidores a la patria a los que no quieren gritar.
Si una canción, una comida o una celebración dejan de pertenecernos cuando gobierna alguien que nos desagrada, nuestra relación con México termina alquilada por sexenio. Cada elección nos obligaría a revisar qué podemos disfrutar sin comprometer nuestras convicciones. Sería una forma bastante agotadora de patriotismo, siempre pendiente de quién tiene las llaves de Palacio.
También existe quien llega a esta fecha sin ganas de celebrar. Puede estar atravesando una pérdida, una injusticia o una preocupación que vuelve insoportable el entusiasmo ajeno. Tiene derecho a apagar la televisión y pasar la noche como sus demonios internos le permitan. Nadie tendría que exigirle una sonrisa, una bandera en la ventana o una explicación de por qué prefiere quedarse al margen.
El problema comienza cuando esa decisión se convierte en una instrucción nacional. “Hoy no tengo ganas de celebrar” describe una experiencia que merece respeto. “Nadie debería celebrar” intenta gobernar las experiencias ajenas. Nuestro dolor, por legítimo que sea, difícilmente nos permite decidir qué deben sentir millones de personas cuya vida desconocemos. La empatía también exige reconocer ese límite.
La misma precaución vale para el entusiasmo. Quien se siente representado por un gobierno puede defenderlo y explicar por qué cree que el país lleva buen rumbo. Precisamente por eso debería poder escuchar preguntas. “Estamos mejor que nunca” necesita bastante más trabajo que una fotografía con banderas. ¿Mejor en qué? ¿Comparado con cuándo? ¿Para quién? ¿Qué evidencia permitiría corregir esa impresión?
Yo en lo personal, esquivando baches en todos lados, preocupado por la inseguridad, y con una Suprema Corte de Justicia, (entre otras instituciones), siendo tomada por gente a la que no le encargaría la redacción de una demanda inicial, no me siento tan fulguroso.
El ánimo personal merece consideración. Las afirmaciones generales necesitan pruebas. Una experiencia favorable puede ser verdadera y representar apenas una parte del panorama. Una experiencia dolorosa tampoco describe necesariamente la totalidad del país. Confundir ambas cosas vuelve imposible discutir: cualquier dato contrario se recibe como una agresión emocional. A esas alturas, el argumento ya está debajo de la mesa y alguien le puso encima la hielera.
Esto tampoco exige repartir responsabilidades en partes iguales para que todos terminen moderadamente satisfechos. Quien gobierna administra recursos, ejerce autoridad y toma decisiones que afectan a otras personas. Por eso debe rendir cuentas. Sus obligaciones pesan de manera distinta a las de quien prepara la cena, publica una crítica o sale a festejar. El entusiasmo de sus simpatizantes jamás cancela esas obligaciones.
El ciudadano debe aplicar criterios que sobrevivan a un cambio de partido. Si una conducta nos parece inaceptable cuando la comete un adversario, necesitamos suficiente entereza para señalarla cuando la comete alguien cercano. Querer a México puede hacernos más exigentes con sus autoridades. También debería permitirnos reconocer un acierto sin sentir que acabamos de entregar nuestras convicciones en una bolsa.
Me inquieta cuánto espacio entregamos a la política partidista. Una película, una canción o una celebración pueden convertirse en señales de pertenencia o sospechas de traición. Esa vigilancia empobrece la convivencia. Compartir una mesa permite recordar que conocemos al otro desde antes de su última publicación furiosa: sabemos cómo trabaja, a quién cuida y qué le preocupa. La persona completa suele ser bastante más interesante que su consigna.
Las tradiciones ofrecen uno de esos espacios de encuentro. Alguien compra, alguien cocina y alguien recoge cuando todos descubren que tienen sueño. Conservar una costumbre requiere trabajo y disposición para convivir. Cada generación decide qué mantiene y qué modifica. Esa conversación merece más atención que el concurso de pureza patriótica, porque una comunidad necesita personas capaces de encontrarse conservando sus diferencias.
Podemos disfrutar esta noche, recordar a quienes faltan y seguir inconformes con lo que ocurre. Después habrá que cuidar lo compartido, cumplir la palabra, trabajar con seriedad y exigir cuentas. Esta noche cada quien sabrá si tiene ánimo para celebrar. Podemos pedirnos suficiente honestidad para reconocer lo que funciona y mirar lo que duele, aunque incomode a los nuestros. El Grito nos pertenece con todas nuestras diferencias. Dura unos segundos. Mañana seguirá aquí el país, esperando que hagamos algo útil por él.
Y sí, por lo pronto ¡VIVA MÉXICO!
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