¿Otra vez?

“¿Otra vez esa? Pero si ya sabes lo que pasa”.

Siempre me ha parecido una objeción extraña. También sabemos que dice de inicio a fin nuestra canción favorita y nadie propone dejar de escucharla por falta de novedades en el último coro. Con las películas aparece esa obligación de avanzar: ver algo nuevo, aprovechar el catálogo, estar al corriente. Como si el entretenimiento fuera una lista de pendientes y alguien fuera a auditarnos el domingo.

Entre mis favoritas están Sospechosos comunes, El quinto elemento, El curandero de la selva, Seven, Gladiador, Contacto, Cloud Atlas y Colateral. Una selección que incluye asesinos, científicos difíciles, un general romano, vidas que se entrecruzan a través de los siglos y dos taxistas a los que les habría convenido descansar ese día. La tranquilidad viene presentada de maneras bastante particulares. Pero una película familiar puede resultar acogedora incluso cuando lo que ocurre dentro de ella es espantoso.

Conocer el desenlace permite mirar de otra manera. La primera vez seguimos la historia con la urgencia de averiguar qué sucede. Después podemos detenernos en una actuación, escuchar mejor una conversación o descubrir cuánto trabajo sostiene una escena que parecía sencilla. La sorpresa cede espacio a la atención. Y, mientras tanto, nosotros acumulamos años, preocupaciones y experiencias que terminan sentándose a ver la película.

Sospechosos comunes plantea una prueba especialmente interesante. Una historia tan asociada con su revelación final tendría que agotarse en cuanto conocemos el secreto. Pero volver a ella permite observar el relato de Verbal Kint, las preguntas de Kujan y la seguridad con la que el investigador acomoda lo que escucha dentro de una explicación. Ya sabemos hacia dónde va todo y podemos mirar cómo se construye el engaño.

Ahí aparece otro placer: reconocer el oficio. Una pausa, una mirada o una respuesta adquieren un sentido distinto cuando conocemos el conjunto. También podemos examinar nuestra propia disposición a aceptar una historia convincente. Kujan tiene experiencia y cree estar al mando de la conversación. Su confianza vuelve la película particularmente disfrutable para cualquiera que haya conocido a una persona convencida de ser la más inteligente del cuarto. Todos hemos conocido alguna. Conviene revisar de vez en cuando si éramos nosotros.

Seven permite un cambio de atención diferente. Mills llega con energía, impaciencia y ganas de actuar; Somerset está cerca del retiro y carga con el desgaste de su trabajo. La investigación los obliga a compartir un mundo que cada uno enfrenta desde un momento distinto de su vida. Esa diferencia estaba ahí desde el principio. El espectador puede tardar años en encontrarle todo el peso.

Con el tiempo resulta más fácil comprender ciertas reservas de Somerset. Su cautela puede parecernos menos distante cuando conocemos el costo de actuar por impulso. Tampoco hace falta convertirlo en un santo ni despreciar a Mills. Lo interesante es que nuestra simpatía puede desplazarse dentro de una película que permanece intacta. Un personaje que antes parecía frenar la acción empieza a decir cosas que necesitamos escuchar. Es incómodo descubrir que ahora entendemos perfectamente la actitud y personalidad del señor cansado.

Después está El quinto elemento, con su futuro saturado, sus colores y esa naturalidad para colocar a un taxista en medio de una amenaza cósmica. Korben Dallas entra en una aventura donde conviven Leeloo, sacerdotes, mercenarios, Ruby Rod y Zorg. La película se permite una exuberancia que forma parte de su encanto. Todo parece excesivo y, dentro de ese mundo, el exceso encuentra su lugar.

Volver a algo así también puede ser una forma de disfrutar sin presentar justificaciones. A veces queremos reencontrarnos con un ritmo, una música o un personaje que nos divierte. Podemos apreciar una película por su capacidad de inventar un mundo y dejarnos estar dentro de él durante un rato. Ser adulto ya exige suficientes explicaciones como para tener que redactar otra cada vez que Bruce Willis aparece intentando sobrevivir a una jornada de trabajo particularmente complicada.

Colateral ofrece al otro taxista de esta lista, aunque Max preferiría bastante el problema de Korben Dallas. Su noche comienza como tantas otras: manejar por Los Ángeles, conversar un poco con los pasajeros y regresar a una rutina que lleva años prometiéndose abandonar. Entonces Vincent se sube al taxi.

La primera vez es fácil seguir Colateral como un thriller: hay que sobrevivir a esa noche y averiguar hasta dónde llegará Vincent. Después resulta más interesante observar a Max. Habla de la empresa de limusinas que algún día tendrá, conserva una postal de las Maldivas y conoce su ciudad con la precisión de alguien que lleva demasiado tiempo recorriéndola sin llegar al lugar donde quiere estar. Vincent es un asesino, pero algunas de las cosas que le dice sobre esa vida aplazada resultan incómodas precisamente porque contienen algo reconocible.

Volver a la película cada cierto tiempo puede cambiar el peso de esa conversación. Los proyectos pendientes empiezan a sonar diferente cuando uno ya ha tenido algunos. También las excusas. Vincent sigue siendo Vincent y su filosofía no necesita convertirse en sabiduría para que algunas preguntas encuentren el blanco. Una película puede hacernos escuchar una verdad incluso cuando la pronuncia la última persona a la que deberíamos pedir consejo.

El curandero de la selva abre otra puerta. Robert Campbell y Rae Crane trabajan alrededor de un hallazgo médico en una selva amenazada por la destrucción. La aventura reúne descubrimiento, fricción entre los protagonistas y la posibilidad de perder algo cuyo valor apenas comienzan a comprender. Esa combinación permite que la misma historia cambie de énfasis según aquello que llevemos encima al verla.

Puede atraernos la búsqueda, la relación entre los personajes o la fragilidad de su trabajo. Con los años entendemos mejor cuánto cuesta construir algo y con qué facilidad puede desaparecer. Una investigación, una relación o un proyecto contienen tiempo que difícilmente se repone. El espectador llega con referencias propias para entender esa amenaza. La película ofrece las mismas imágenes; nosotros tenemos más cosas con las cuales relacionarlas.

En Gladiador, Máximo quiere regresar con su esposa y su hijo antes de que la traición y la violencia destruyan esa posibilidad. Las batallas, la arena y la venganza sostienen el espectáculo, pero el deseo de volver a casa atraviesa la historia. Es una aspiración pequeña frente al tamaño de Roma y enorme para quien ha perdido aquello que daba sentido al regreso.

Esa parte puede ganar espacio con cada revisión. Entendemos mejor que alguien quiera terminar su trabajo y regresar a donde pertenece. La ambición, el reconocimiento y las grandes responsabilidades conviven con deseos mucho más cotidianos. Podemos seguir disfrutando el combate mientras prestamos más atención a lo que Máximo recuerda. La familiaridad deja de empujarnos hacia la siguiente escena y nos permite permanecer un poco en ella.

Cloud Atlas parece construida expresamente para volver. Seis historias separadas por épocas, personajes que reaparecen bajo otros rostros, decisiones que encuentran ecos siglos después y una película que desde la primera visita nos pide recordar demasiado. Si no has leído el libro, (que tampoco es fácil), resulta algo complicado atraparla completa mientras todavía estamos intentando averiguar quién es quién, dónde estamos y si eso que acaba de aparecer convertido en algo que probablemente requería varias horas de maquillaje es Hugh Grant.

En una segunda o tercera vuelta, esa dificultad empieza a desaparecer y quedan las conexiones. Un gesto de bondad puede sobrevivir a quien lo hizo. Una cobardía también. Una persona toma una decisión sin saber que otra, mucho después, encontrará una consecuencia, un relato o simplemente una idea que nació de ella. La película insiste en que las vidas individuales pueden parecer pequeñas desde cerca y adquirir otra proporción cuando forman parte de una cadena.

También ahí cambia el espectador. En algún momento pueden interesarnos más la aventura o el mecanismo narrativo; después aparecen la memoria, el tiempo, las decisiones que dejamos detrás y las personas que nunca sabrán qué provocaron en nosotros. Cloud Atlas permanece igual, pero difícilmente encontramos la misma película dos veces porque nosotros tampoco llegamos iguales a ella.

Contacto lleva esa experiencia a un lugar especialmente delicado. La búsqueda de Ellie Arroway nace acompañada por la relación con su padre y por su ausencia. Cuando el viaje la conduce a un encuentro que adopta el rostro de él, la inmensidad del universo toma una forma íntima y reconocible. La película reúne una pregunta enorme con una necesidad profundamente humana: encontrar a alguien del otro lado.

Podemos llegar a ella interesados en la señal, el viaje y la posibilidad de otras civilizaciones. Podemos regresar prestando más atención a la soledad, a la necesidad de ser escuchados o al deseo de recuperar una conversación interrumpida. Todo eso ya estaba en la película. Algunas experiencias tardan en darnos las herramientas para reconocerlo. Y cuando ocurre, una escena conocida puede afectarnos con una intensidad completamente nueva.

Por eso me parece insuficiente explicar estas visitas únicamente mediante la nostalgia. Claro que puede existir el gusto de recordar otra época. También existe la curiosidad de comprobar qué seguimos encontrando ahí. Una película favorita puede conservar su lugar mientras cambian las razones por las que la queremos. Incluso podemos reconocer sus defectos con mayor claridad y seguir disfrutándola. El cariño admite una evaluación bastante más honesta que la devoción.

Tampoco cada revisión necesita producir una revelación sobre nuestra vida. A veces basta con pasarla bien. Con anticipar un diálogo, disfrutar una actuación o esperar esa escena que sabemos que viene. La familiaridad tiene un valor propio: permite descansar un rato de la obligación de elegir y descubrir. Durante esas dos horas conocemos el camino y podemos prestar atención a lo que antes atravesamos con prisa.

Quizá la pregunta interesante sea qué encontramos esta vez. A quién comprendemos mejor, qué conversación nos incomoda y en qué momento nos quedamos callados. La historia conserva sus decisiones y sus consecuencias. Nosotros llegamos con una vida un poco distinta.

Así que sí, otra vez esa. Ya sé cómo termina. Quiero ver qué me pasa durante el camino.

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