El eco en el vacío

Jordi Soler lo vio hace años con Fidel: el comandante, perdido totalmente por los odios y las voces de su cabeza, pasaba en sus escritos de mover ministros que caían en desgracia a hablar de béisbol, sin transición, como si ambos asuntos fueran la misma cosa. Soler identificó en ese salto algo más que una mala edición. Fidel parecía haber perdido la distancia entre el poder, el país y sus propias obsesiones. En su cabeza, la caída de un funcionario y el bateo de un pelotero cabían en el mismo monólogo.

López Obrador tuvo una voz que durante años encontró muy poca gente dispuesta a decirle que no. Macario Schettino fue uno de los visionarios que lo vieron tal cual era y ahora, pasado el toro, ayuda a entenderlo. Macario sí le plantó cara antes de que llegara al gobierno capitalino: rechazó trabajar con él y le dijo que se regresara a Tabasco. Más le habría valido a México que le hiciera caso.

Schettino cuenta una escena que parece escrita para explicar el «método presidencial». López Obrador anunció en una entrevista de radio que construiría el segundo piso del Periférico, después de que Gutierrez Vivó le preguntara por el tráfico. No era un proyecto del gobierno y no lo había consultado con nadie. El secretario de Obras ni siquiera conocía la noticia; se negó a hacerse cargo y el proyecto acabó en manos de Claudia Sheinbaum. La política pública había empezado con una ocurrencia al aire. El equipo recibió la orden después y tuvo que fingir que aquello era un plan.

“Se me ocurrió esto” resume una forma de gobernar. Si la idea era una pendejada, daba igual: la ocurrencia ya había salido de la boca del jefe y, por lo tanto, merecía presupuesto, discurso, ceremonia y una fila de subordinados ocupados en explicarla. Si alguien le dijo “eso no se puede”, la frase no llegó al micrófono. Si llegó, no logró detenerlo.

Hay una miriada de pendejadas que escupió López Obrador durante sus nefastos 6 años como presidente, pero hay algunas que no solo han sido corruptas, sino que de una u otra forma, han costado vidas.

El Tren Maya es la mayor muestra de esa mente faraónica. López prometió desarrollo, turismo y prosperidad para el sureste. Después de todo lo que ha costado, hay poca gente que lo usa como en la cabecita de López lo veía. Ha sido una obra cara, devastadora, con sobre costos y con contratos corruptos. La estupidez repetida hasta el cansancio de «No se tirará ni un árbol» jamás fue verdad.

El tren existe y lleva pasajeros. Su rendimiento económico, en cambio,es magro y tardaremos años en pagar el juguetito del anciano.

El AIFA cuenta una historia parecida, con una estación de tren agregada tarde al guion. El aeropuerto abrió en 2022 y tuvo que esperar cuatro años para recibir una conexión directa del Tren Suburbano. La tarifa promocional desde Buenavista fue de 45 pesos; desde el 10 de octubre de 2026, el recorrido completo cuesta 110. Uno puede llamar conectividad a pagar más del doble por una obra que llegó cuando el aeropuerto ya llevaba años funcionando.

La Megafarmacia tampoco fue lo que dijo. Sigue en Huehuetoca, pero su gran promesa —resolver el desabasto en todo el país con una sola bodega monumental— se fue encogiendo hasta convertirse en un un triste pretexto para haber gastado miles de millones de pesos en una bodega casi inutil. Tanto dinero para tener una farmacia que surtía 6 recetas al día.

La descentralización de las secretarías fue otra de esas ideas que desde que la dijo, alguien con 3 dedos de frente podría ver que era una pendejada. Al final del sexenio, Presidencia reportó cuatro reubicaciones completas y cuatro parciales. La mayoría de las dependencias seguían en la capital; otras describieron sus mudanzas como procesos incompletos o futuros. La promesa quedó en oficinas sueltas, comisiones a medias y costos que nadie supo ordenar. Si alguien advirtió que semejante mudanza no se podía ejecutar en los términos anunciados, la evidencia sugiere que el jefe se metió los dedos en los oídos y gritó «La, la, la, la, la… Aquí mando yo».

Carlos Urzúa fue el secretario de Finanzas de López Obrador en el GDF entre 2000 y 2003. Macario los presentó. Años después, como secretario de Hacienda federal, renunció tras denunciar que se tomaban decisiones de política pública sin suficiente sustento y que se imponían funcionarios sin conocimiento de la materia. Su carta dejó constancia de algo que el círculo presidencial prefería tratar como insolencia: las ocurrencias también cuestan, y gobernar exige justificar las decisiones.

Esa falta de discusión reaparece en el Pueblo de López Obrador. Raúl Trejo Delarbre encuentra 740 páginas que dicen narrar la historia de la gente y terminan concentradas en los presidentes. Señala pasajes tomados de otros textos sin crédito, referencias mal armadas y errores en las citas. Cualquier editor de medio pelo, vería que un Frankenstein de semejantes proporciones fue hecho como misa de Resurrección, a 8 manos.

Tengo la sospecha de que López Obrador mandó algunas instrucciones y un puñado de sus minions le mandaron sus aportaciones. El resultado final está al nivel de un trabajo de secundaria hecho en casas diferentes.

La lista de posibles minions ocultos circula desde hace tiempo: Pedro Miguel, el de “Navegaciones”; Pedro Salmerón, señalado por exalumnas por acoso sexual; y Fabrizio Mejía, a quien sus críticos llaman “Plagízio” después de las acusaciones de plagio que publicó Guillermo Sheridan. Si bien Trejo no identifica a ninguno como autor de Pueblo, tenemos suficientes razones para pensar que lo que mandaron fue solo medi oeditado por un señor con la cabeza llena de obsesiones. El estilo del Pueblo permite discutir una escritura con más de una mano; los nombres de la lista siguen siendo una sospecha, pero dicen que pienses mal y acertarás.

Con Fidel, la columna brincaba del Consejo de Ministros a la pelota porque todo cabía en la voz del comandante. Con López, una ocurrencia podía convertirse en aeropuerto, tren, farmacia, mudanza nacional o libro de historia. Cada proyecto agrandó la caja de resonancia. Cada fracaso añadió otro eco. El Tren Maya necesitó una narrativa de hazaña; el AIFA, una defensa interminable; la Megafarmacia, una promesa cada vez más pequeña; la descentralización, un archivo de traslados incompletos. En esa caja cabían todos los proyectos, menos una voz que respondiera: “Eso no funciona”.

Al final quedan dos ancianos encerrados en la versión del mundo que fabricaron para sí mismos. Fidel podía pasar del ministro caído al bateador como si la isla entera fuera una extensión de su columna; López podía anunciar una ocurrencia y pedirle al país que la confundiera con destino. Los dos miraban el mundo como querían que fuera, mientras la gente tenía que vivirlo como era. La caja de resonancia creció alrededor de ellos; adentro, cada vez había menos realidad y más eco.

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