Un absoluto HDP

Durante años, Carmen Aristegui le dio espacio a Andrés Manuel López Obrador cuando todavía era candidato y jefe de la oposición. Lo entrevistó, lo puso frente a sus preguntas y permitió que sus «ideas» y «propuestas» llegaran a una audiencia amplia. A algunos les pareció tanta cercanía que la bautizaron “Chairístegui”. La entrevista de 2018, cuando López Obrador ya era presidente electo, quedó incluso publicada completa en el sitio de la periodista.

Ese apodo decía más de la mirada de quienes lo usaban que del trabajo de Aristegui. Un periodista puede entrevistar a un político, darle espacio y escuchar sus argumentos sin firmarle un cheque en blanco. El micrófono no crea lealtades. Mucho menos garantiza silencio cuando el personaje llega al poder.

Carmen fue ferrea contra Calderón. (Incluso un poco laxa en la estupidez de Noroña y de aquellos ue insisten en acusar a Calderón de alcohólico, aún cuando el idiota de Federico Arreola dijo que él había iniciado el rumor y que era falso. Con PEña otro tanto, al destapar el escándalo de La Casa Blanca. ¿Qué le hizo pensar al viejo idiota que no buscaría también en sus múltiples casos de corrupción?

El 30 de septiembre, al reaparecer en un video para presentar su libro Pueblo, el viejo idiota volvió a criticar a varios periodistas. A Aristegui la llamó “vocera de la derecha” y afirmó que había engañado a la gente. Después habló de “neofascismo” para describir las prácticas que atribuye a sus adversarios políticos y mediáticos. Aristegui respondió que esas acusaciones eran graves y pidió que cuidara sus palabras.

Conviene decirlo con precisión: López Obrador no tuvo los huevos “neofascista” de manera directa. La llamó vocera de la derecha y luego usó el término “neofascismo” para referirse a sus críticos y adversarios. Así de cobarde es. Y así de cobades son sus seguidores. Él ya hizo lo único que sabe hacer: descalificar a quien cuestiona, atribuirle intenciones y convertir una discusión sobre hechos en una pelea entre bandos.

Eso es lo que resulta tan miserable. Cuando Aristegui le servía como plataforma, su espacio era útil. Cuando dejó de tratarlo con la deferencia que él esperaba, se volvió sospechosa, engañadora y vocera de alguien más. Para el anciano idiota, la independencia de un periodista parece respetable mientras no se ejerza contra él.

Ahí está la trampa del caudillo: confunde la atención pública con obediencia y la crítica con traición. Si un periodista lo entrevista, quiere cobrarlo como una deuda; si lo cuestiona, lo acusa de formar parte de una conspiración. No entiende que el trabajo periodístico consiste precisamente en preguntar, contrastar y volver a preguntar, también cuando el entrevistado se presenta como dueño de la verdad y representante exclusivo del pueblo.

López Obrador pasó años denunciando a los medios que, según él, levantaban un cerco informativo. Pero cuando tuvo el poder y una tribuna diaria desde la cual señalar a periodistas, repartió etiquetas, exhibió adversarios y respondió a preguntas incómodas con ataques personales. Ahora, desde su retiro, vuelve a hacer lo mismo. Cuándo se nace siendo un hijo de puta, ni estar retirado en La Chingada se lo quita.

Llamar a Aristegui “vocera de la derecha” no responde a sus preguntas ni demuestra que haya engañado a nadie. Solo intenta colocarla en una casilla para que sus seguidores sigan odiándola. Es una maniobra vieja: si no puedes refutar el cuestionamiento, desacredita a quien lo hace.

Eso es lo que hace de López Obrador un hijo de puta político: no la vulgaridad de una grosería, sino la mezquindad de exigir libertad para hablar cuando está en campaña y tratar la libertad ajena como una ofensa cuando alguien lo confronta. Le abrió el micrófono cuando era oposición. Él creyó que eso le daba derecho a cerrárselo después.

Conversación

Deja un comentario

Comparte tu punto de vista. Tu correo no se publicará.

Escribe tu comentario

Descubre más desde Alfredo Mancera

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo