Morena acaba de terminar buena parte de su reparto rumbo a las gubernaturas de 2027 y, técnicamente, todavía no estamos hablando de candidatos registrados. El partido los llama “coordinadores estatales de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”, un título suficientemente largo para engañar a los aplaudidores y pasarse la ley por donde no les da el sol. En Guerrero quedó Beatriz Mojica; en Nuevo León, Clara Luz Flores; en Nayarit, Jasmín Bugarín; y en Chihuahua, Cruz Pérez Cuéllar. Las decisiones dejaron fuera a Abelina López, Tatiana Clouthier, Geraldine Ponce y Andrea Chávez, entre otros aspirantes que llevaban meses trabajando para quedarse con esas posiciones.
Lo interesante no está únicamente en quién ganó. Está en cómo reaccionaron quienes perdieron y en lo que esas reacciones dicen de un partido que, desde sus propios documentos fundacionales, quiso evitar uno de los grandes problemas que terminaron despedazando al PRD: las corrientes.
El estatuto de Morena es bastante explícito. Habla de elecciones internas ajenas a “grupos o intereses de poder, corrientes o facciones”; prohíbe “facciones, corrientes o grupos que vulneren la soberanía del partido” y establece que tampoco se admitirá presión o manipulación de los militantes por grupos internos. No es una interpretación de sus críticos. Está escrito ahí desde hace años.
La intención tenía lógica. El PRD terminó convertido durante años en una confederación de corrientes con nombres, dirigentes, cuotas y candidatos propios. Morena nació alrededor del movimiento de Andrés Manuel López Obrador después de robarle a ese partido su ideología, estructura, corrientes, militantes, cuadros y dirigentes que se doblegaron a la voluntad del caudillo. Estudios sobre los primeros años de Morena ya señalaban la contradicción: formalmente no debía haber corrientes, pero en la práctica existían grupos internos y liderazgos reconocibles.
Quizá pensar que una cultura política desaparece porque un estatuto la prohíbe era demasiado optimista.
Las tribus del PRD no surgieron porque a sus militantes les encantara ponerles nombres. Surgieron porque dentro de un partido grande existen intereses regionales, dirigentes, carreras políticas, alianzas, adversarios y varias personas convencidas de que el siguiente cargo les corresponde. Mientras todos están peleando por conquistar el poder, esas diferencias pueden convivir. El problema comienza cuando el poder ya está ahí y solamente hay una candidatura disponible.
Y 2026 nos está dejando ejemplos bastante entretenidos.
Guerrero y la encuesta verdaderamente verdadera
En Guerrero, Morena eligió a Beatriz Mojica. Abelina López, alcaldesa con licencia de Acapulco, recibió el resultado con una interpretación flexible de aquello de respetar las encuestas.
“Yo tengo la encuesta real”, respondió, y explicó que más de cien mil personas habían caminado con ella. También dijo que quienes festejaban el nombramiento de Mojica estaban festejando “la crónica de una muerte anunciada”.
Es una concepción fascinante de las encuestas y las elecciones que no es más que la ideología de López hecha forma de vida: cuando la medición coincide conmigo, tenemos una encuesta; cuando no coincide, la encuesta verdaderamente verdadera es la cantidad de personas que yo logré reunir.
Abelina llegaba a esa competencia con otro asunto mucho menos simpático detrás. Durante meses estuvo en disputa la revisión de 898.6 millones de pesos de recursos federales ejercidos por Acapulco. La Suprema Corte del Acordeón, fiel al mandato del pueblo, (de Macuspana), determinó finalmente que la Auditoría Superior del Estado de Guerrero no tenía facultades para fiscalizarlos porque se trataba de recursos federales. O sea… igual y sí se los robaron, pero será la Federación la que verifique. Abrase otra carpeta.
El escándalo creció hasta que Abelina dijo que no se acordaba y que tenía el dinero “en el clóset”. La frase es magnífica como meme, si no fuera porque hablamos casi de mil millones de pesos. Tengo curiosidad de conocer ese closet.
La otra ironía está en la vencedora. Beatriz Mojica viene del PRD y en 2018 apoyó la candidatura presidencial de Ricardo Anaya. Ella misma ha defendido aquella decisión y su posterior incorporación a Morena como parte de su trayectoria dentro de la izquierda.
Así terminó Guerrero: un partido que nació en buena medida de la ruptura con el viejo perredismo escogió a una antigua dirigente perredista, mientras otra aspirante de Morena explicaba que la encuesta utilizada por Morena no era la encuesta real.
Los polvos empiezan a parecerse bastante a los lodos.
Nuevo León y el apellido Clouthier
Nuevo León tiene una carga distinta porque ahí aparece un apellido que lleva casi cuarenta años formando parte de la política nacional.
Manuel J. Clouthier, Maquío, fue candidato presidencial del PAN en 1988 y una de las figuras más reconocibles de la oposición al PRI de aquella época. Tatiana siguió después un camino político completamente distinto: terminó coordinando la campaña presidencial de López Obrador en 2018 y se convirtió en una de las figuras más visibles de su movimiento.
Durante años defendió que aquello no significaba traicionar el legado de su padre. Desde su perspectiva existían coincidencias entre algunas de las causas que había defendido Maquío y las que representaba López Obrador. Quienes llegamos a escuchar a Maqui en vida, nos damos cuenta que eso que dice «La tía Tatis» es una forma bastante burda de querer darle atole con el dedo a la gente. Maquio sería uno de los primeros que escupiría en la cara a López y si legado. Su hermano Manuel Clouthier Carrillo tiene, evidentemente, una lectura parecida.
Antes de llegar a la pelea familiar de 2026 hay una pequeña joya arqueológica en Twitter: En 2011, Tatiana preguntó si alguien conocía a una persona que supiera de economía. Diez años después, Andrés Manuel López Obrador la nombró secretaria de Economía.
Tatiana no es economista. Es licenciada en Lengua Inglesa y tiene una maestría en Administración Pública, además de estudios complementarios en gobernanza, cultura de la legalidad y perspectivas económicas y políticas. Eso no demuestra por sí mismo si alguien puede o no desempeñar una secretaría de Estado; pero resulta muy curioso como cuándo Videgaray fue puesto en Relaciones Exteriores, los que ahora están en Morena se rargaron las vestiduras, porque el tipo «iba a aprender».
Tatiana además, carga con la pesada losa de tener una ortografía y gramática que ni de chiste empata con una estudiante de Lengua Inglesa. La señora escribe como piensa… si es que a esa bola de estambre que tiene en el cerebro se le puede llamar pensamiento. Y aún así, es celebrada por muchos por haberle dicho en un debate al impresentable de Javier Lozano que era un «analfabeta funcional». Ese chistecito, (del nivel del de Ricky Riquín Canallín), bastó para que muchos de sus minions la pintara como una lumbrera y lo más granado de la intelectualidad política de México y planetas circunvecinos.
Entre sus minions más abyectos, podemos encontrar a Alberto Lujambio, integrante del equipo creativo de la campaña presidencial de López Obrador de 2018. Famoso por decir que el ITAM le regaló la carrera de Derecho por ser wero y de apellido español, y por decir que Tatis «Ilumina la habitación donde se encuentra». Eran los años en que buena parte de los personajes de la Cuarta Transformación todavía recibían retratos considerablemente más épicos de sus seguidores.
Cinco años después llegó la encuesta de Nuevo León y ganó Clara Luz Flores.
Tatiana aceptó formalmente el resultado, pero cuando los reporteros le preguntaron si respaldaría a Clara Luz fue exquisitamente precisa: “Yo acompaño el proyecto de nuestra presidenta”. Insistieron. Respondió que respaldaba el proyecto de Claudia Sheinbaum. El nombre de Clara Luz logró atravesar toda la conversación sin conseguir entrar en la respuesta. Todo esto con un maquillaje que reflejaba la luz del sol y con una mueca apretada. Todos los que hemos estado enojados y aguantando las ganas de insultar a alguien, sabemos perfectamente cómo se ve esa tensión en la mandíbula.
Entonces apareció su hermano.
Manuel Clouthier escribió que la presidenta, Morena y la 4T le habían puesto un “chingadazo” a Tatiana al no seleccionarla y resumió el mensaje que él veía en la decisión con un contundente “tú no”. Después publicó otro mensaje agradeciendo a Morena por impedir que su hermana continuara ayudándolos, según él, “en la destrucción del país”.
Sé que un hermano te puede pendejear en público cuándo te quiere mucho y sabe que no vas a entender de otra manera. Al querer honrar el legado de su padre Tatiana lo llevó durante años hacia el lopezobradorismo y su hermano aprovechó la primera gran derrota interna para regresar y pasar la factura.
Y todavía queda una ironía adicional: Clara Luz Flores ya fue candidata a gobernadora en 2021 y terminó en cuarto lugar. Morena decidió volver a apostar por ella.
Nayarit: política en versión coleccionable
Geraldine Ponce siguió otra estrategia.
Aquella presidenta municipal que encantó a muchos por su belleza, y que levantó más de una ceja al notar que López viajaba más a Tepic y a Badiraguato que a cualquier otro municipio del país.
Su imagen personal ha formado parte central de su comunicación política desde hace años y durante 2026 recorrió Nayarit en busca de la candidatura. La campaña produjo uno de los objetos políticos más extraños de la temporada: las “Geraldinitas”.
Eran muñecas hechas a su imagen, (así como los que se vendían de López en su momento). Geraldine comenzó a repartirlas durante sus recorridos y asambleas por el estado. En un evento de agosto fueron entregadas a niñas y niños como muestra de agradecimiento a las familias que la apoyaban. Incluso en televisión terminaron convertidas en material de sátira política.
No hay nada ilegal en que un político tenga una muñeca. Tampoco deja de resultar extraordinario que una aspiración a gobernar un estado llegue al punto de producir su propia versión coleccionable.
La construcción de Geraldine llevaba tiempo apoyándose mucho en la imagen: juventud, presencia en redes, fotografías cuidadas y reconocimiento personal. Todo eso puede ser útil para una carrera electoral. El problema aparece cuando se confunde notoriedad con control político.
Porque finalmente la candidatura no fue para Geraldine.
Morena y sus aliados eligieron a Jasmín Bugarín, del Partido Verde. Nayarit formó parte de las posiciones que terminó obteniendo el PVEM dentro del reparto de gubernaturas de la coalición, mientras el PT salió del proceso bastante menos satisfecho.
Las Geraldinitas podían generar fotografías, conversación y hasta cariño entre simpatizantes. Ninguna muñeca participa en una negociación de coalición.
Ahí la política, por más asquerosa que sea, vuelve a parecer política.
Chihuahua: hacerse más güera tampoco alcanzó
Andrea Chávez protagonizó probablemente la construcción de candidatura más visible de todas.
Durante meses recorrió Chihuahua y fue acumulando controversias alrededor de una campaña que, mucho antes de la definición formal, ya funcionaba como una campaña. En abril apareció el video que terminó resumiendo involuntariamente una parte importante de ese esfuerzo por identificarse con el estado.
“Pa’ que los chihuahuitas me quieran, me tengo que hacer más güera”, dijo durante una visita a una mueblería en Delicias.
La expresión provocó críticas tanto por la referencia al color de piel como por el uso de “chihuahuitas”, término que algunos habitantes del estado consideran despectivo. Y miren que tengo familia que sí puede llegar a preguntar «¿De quién eres?» en alguna reunión familiar.
A eso se sumó durante meses la conversación en redes sobre su manera de hablar y un acento norteño cada vez más perceptible en algunos discursos. Igual que el camaleónico Andy, su acento podía pasar de fresa aburrida a «Shile Shilaca Osho Oshenta» en cuestión de segundos.
Después de todo aquello, Morena eligió a Cruz Pérez Cuéllar. Andrea quedó fuera.
Así que, por lo menos durante este ciclo electoral, ya no tendrá que preocuparse por cuánto más güera necesita hacerse para que la quieran los “chihuahuitas”. Tampoco habrá que convertir cada vocal en prueba de residencia norteña. Podrá hablar como quiera, que probablemente sea una noticia estupenda para todos.
Pero la reacción verdaderamente ilustrativa llegó por otro lado.
Pedro Salmerón, historiador, casi embajador, (de no ser por unos pequeños problemas referentes a diversas acusaiones de acoso y episodios de ebriedad y escándalo público) y simpatizante de la Cuarta Transformación, publicó después del resultado que Chihuahua tendría una visita menos durante los próximos seis años.
Es difícil encontrar una demostración más sencilla del funcionamiento real de las lealtades políticas. Tu partido realiza un procedimiento interno, gana otro compañero del mismo movimiento y la respuesta consiste en declarar una especie de embargo turístico personal por todo el sexenio.
Recordemos nuevamente que las corrientes están prohibidas.
El pleito de Chihuahua llevaba meses mostrando que aquello estaba lejos de ser una simple competencia entre individuos. Andrea Chávez ha estado políticamente vinculada con el grupo de Adán Augusto López, mientras Cruz Pérez Cuéllar construyó una estructura territorial poderosa desde Ciudad Juárez. Con la decisión final no perdió únicamente una persona; perdió un conjunto de apoyos que había invertido tiempo y capital político en ella.
Por eso la reacción de Salmerón es tan buena para entender el asunto. No importa cómo quiera llamarse el grupo. Lo importante es que existe.
No nos meteremos aquí con la cuestión de una posible relación extra marital entre Chávez y López. Baste decir que el respaldo siempre fue visible y que la campaña de la niña Andreíta no debió ser en absoluto económica. Se tienen muestras de MILES de espacios con su cara y las famosas ambulancias y clínicas móviles que, de acuerdo con su dicho, las puso de corazón y con el apoyo de algunos empresarios. Seguramente seguirán aunque ya no pueda contender para la gobernatura.
Y no son cuatro casos aislados
Sería cómodo atribuir todo esto a las personalidades de Abelina, Tatiana, Geraldine o Andrea. El resto del proceso demuestra que el asunto es bastante más profundo.
Zacatecas generó otra disputa después de la selección de Verónica Díaz. El PT cuestionó el método utilizado por Morena y acusó al partido de incumplir los acuerdos que, según su dirigencia, se habían establecido para realizar las encuestas entre los integrantes de la coalición. La tensión llegó al punto de que Morena prometió hacer públicas las mediciones utilizadas para seleccionar a sus aspirantes después de que aparecieran inconformidades en varios estados.
El Verde salió mucho mejor parado. Entre otras posiciones, consiguió Nayarit y Baja California Sur. El PT, en cambio, terminó esta ronda sin encabezar ninguna candidatura a gobernador y con diferencias públicas respecto al mecanismo utilizado por Morena.
Es decir, la tensión ya no ocurre únicamente dentro de Morena. También se manifiesta entre los partidos de la coalición.
Y aquí volvemos al PRD.
López Obrador “se robó” la estructura del PRD: dirigentes, cuadros, estructuras y militantes. Con ellos llegaron experiencias, relaciones, métodos de operación y formas de entender la competencia interna.
Durante años hubo un elemento capaz de mantener aquello razonablemente ordenado: López Obrador.
Morena podía albergar diferencias enormes porque existía una autoridad política capaz de resolver buena parte de ellas. Mientras él encabezaba el movimiento, la discusión sobre quién tenía la última palabra era mucho menor. Las aspiraciones seguían existiendo, pero había un centro de gravedad clarísimo.
Ese escenario cambió.
Morena es ahora un partido tremendamente inflado. Controla la Presidencia, numerosos gobiernos estatales, alcaldías, bancadas legislativas y una estructura territorial nacional. Tiene gobernadores con grupos propios, legisladores con aspiraciones, secretarios que quieren ser gobernadores, alcaldes que quieren ser gobernadores, senadores que quieren ser gobernadores y aliados que también quieren gubernaturas.
El problema ya no puede solucionarse escribiendo en un estatuto que las corrientes no existen. Y a todo esto añádanle el éxodo de todos aquellos príistas y panistas que han encontrado la luz, luego de ser tremendamente corruptos.
Quizá no quieran llamarlas corrientes. Tampoco tienen obligación de recuperar aquellos nombres casi barrocos de las tribus perredistas. Pueden llamarlas equipos, proyectos, liderazgos regionales, grupos de compañeros o simples coincidencias políticas entre personas que apoyan al mismo aspirante, operan juntas, comparten adversarios y se molestan exactamente al mismo tiempo cuando su candidato pierde.
La discusión semántica empieza a ser lo menos importante.
En Guerrero, Abelina descubrió que había una encuesta más real que la encuesta. En Nuevo León, Tatiana respaldó cuidadosamente a Claudia Sheinbaum sin mostrar el mismo entusiasmo por Clara Luz, mientras su hermano celebraba desde fuera el golpe político. En Nayarit, una campaña llegó al punto de producir Geraldinitas y acabó viendo cómo la candidatura pasaba al Verde. En Chihuahua, meses de posicionamiento, recorridos, polémicas sobre ser “más güera” e identidad regional terminaron con Cruz Pérez Cuéllar como elegido y Pedro Salmerón anunciando seis años sin visitar el estado.
Todo esto ocurre dentro de una organización cuyos estatutos siguen diciendo que no permitirá facciones, corrientes o grupos que vulneren la soberanía del partido.
La contradicción podría dar risa, pero en un grupo como Morena, da más bien pena y asco.
Morena quiso aprender de los problemas que terminaron consumiendo al PRD y escribió reglas para evitar que se reprodujeran. Lo que ninguna regla podía eliminar era la causa que había producido aquellas corrientes: un partido grande acumula poder; el poder atrae aspiraciones; las aspiraciones forman grupos y, cuando varias personas quieren la misma candidatura, alguien inevitablemente se queda fuera.
Durante un tiempo, una figura política dominante pudo administrar esas tensiones. Ahora estamos viendo qué ocurre cuando los grupos empiezan a administrarse entre ellos.
Los polvos eran conocidos. Los lodos también. Sólo faltaba decidir cómo llamarlos.
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