Venganza con copiloto

Mi abuelo —mi abuelo Mancera, me refiero— tenía una pequeña biblioteca. En ese librero recuerdo haberme perdido entre los libros de colores de Time-Life y las enciclopedias que alguna vez me sacaron de apuros con alguna tarea. También había una copia de Los hornos de Hitler y, curiosamente, una de las pocas copias en español de Mi lucha que recuerdo haber visto.

Otro de los libros que conocí ahí fue Carrie, de Stephen King. Lo leí antes de cumplir 18 y me dejó una huella profunda. Sí, King es uno de los autores más queridos de mi niñez. Por eso, cuando vi que Amazon había hecho una nueva serie, no dudé en verla. Me la eché casi de corrido.

La serie encuentra una forma fresca de volver a contar una historia que ya conocíamos en pantalla —en 1976, 2002 y 2013—. El ciberacoso ocupa el centro de la trama y sigue a Carrie fuera de la escuela, hasta su casa. Las redes convierten una humillación en algo que crece, se replica y termina deformando la vida de todo el pueblo. La temporada de ocho episodios aprovecha bien esa idea.

También me gustó el modo en que conocemos a Carrie. Al principio es una niña inocente, apenas descubriendo un mundo que su madre mantuvo lejos de ella. Su evolución se siente gradual: aprende a responderle a su bully y a entender el alcance de sus poderes. Esa confianza nueva resulta emocionante y, al mismo tiempo, inquietante. Summer H. Howell —a quien al principio insistía en confundir con Isabella Sermon— sostiene bien el cambio. Vemos a una chica que empieza a reconocer su fuerza, aunque todavía no sepa qué hacer con ella.

Las actuaciones ayudan a mantener el drama en tierra firme. Nadie parece empeñado en sobreactuar el horror. Amber Midthunder, a quien muchos ubicamos por Prey, le da a Miss Desjardin una presencia firme y cercana. La culpa del personaje, cruzada con la trama del depredador sexual de la escuela, abre una línea incómoda que sí me interesó.

También me dio gusto encontrar a Tim Bagley como el orientador escolar gay. Tiene una calidez que le viene bien a un adulto que intenta acercarse a Carrie y defender su curiosidad. Quienes lo recuerden por su papel cómico en Shit My Dad Says quizá agradezcan verlo en un registro más sereno; el buen timing sigue ahí, aunque ahora lo use con suavidad.

Matthew Lillard, como el director de la escuela, también está muy bien. Le da al personaje el cansancio de un adulto que quiere responder a los problemas, pero no siempre sabe cómo. Cuesta no recordar que Lillard fue Stu Macher, uno de los asesinos de Scream. Aquí deja atrás la energía desquiciada de aquel papel y consigue que el director parezca una persona, no una caricatura de autoridad escolar. Hasta Michael Trucco, el infame Dave Underhill de The Big Bang Theory, resulta más que aceptable como el papá de Chris.

En general, las cosas metidas “para las audiencias modernas” están mucho mejor resueltas que en otras producciones. Algunas sí pertenecen al mundo de la historia; otras parecen quedarse en la superficie. La bandera del orgullo y el beso entre dos chicas en el pasillo, justo cuando llega Carrie, no cambian nada para ella ni para el relato. La escena pasa y se queda ahí. La serie no vuelve a ella ni la conecta con algo que afecte a los personajes.

El problema mayor está en la cantidad de hilos que abre la historia y luego deja colgando. La relación entre Carrie y su madre debía ser el centro emocional, pero compite con tantas subtramas que a ratos pierde fuerza. Margaret también tiene una historia con su gerenta, a quien trata como una auténtica cabrona. La serie invierte bastante tiempo —con escenas demasiado gráficas— en esa dinámica y después la abandona sin llevarla a un desenlace que importe.

Algo parecido ocurre con el padre muerto. La escena inicial muestra su muerte y pone el piso sobre el que se levantan otras subtramas, como los problemas financieros del padre de Chris y la explicación de la paranoia de Margaret. La muerte también obliga a Carrie a salir de la burbuja en la que vivía y entrar a la preparatoria. Chris incluso la lleva al lugar donde murió su padre. Después, ese vínculo se desvanece. La serie parecía preparar una herida más profunda o una pieza clave de la transformación de Carrie, pero el tema simplemente deja de aparecer.

Y luego está el intento de convertir Carrie en el inicio de un universo compartido. La niña que por momentos parece una alucinación termina siendo Emaline, una proyeccionista astral vinculada con un grupo secreto de mujeres con poderes. La serie confirma que Emaline toma control de Carrie durante el baile y deja abierta la puerta para que ambas sigan juntas después de la masacre.

De verdad detesté este cambio. Le quita a Carrie el peso de la venganza. Carrie ya está cruzando una frontera moral: es víctima, sí, pero también usa sus poderes contra otros. La serie podría sostener esa incomodidad y dejar que cada espectador decida hasta dónde la compadece. La intervención de Emaline vuelve borrosa la responsabilidad de Carrie justo cuando la historia debería mirar de frente las consecuencias. Flanagan ha dicho que Carrie mata a Chris por sí misma, pero, al ver la escena, la idea de que otra voluntad la conduce durante la masacre termina debilitando la tragedia.

El aquelarre tampoco me convence. Su presencia promete una organización con planes, reglas y un conflicto propio. Por ahora, sirve sobre todo para vigilar a Carrie, aparecer en el baile y resolver el destino de su madre. Una integrante del grupo termina matando a Margaret y se queda con una decisión que, para mí, debió pertenecerle a Carrie o tener una consecuencia emocional mucho más trabajada. La historia abre una puerta enorme y luego apenas asoma la cabeza.

La subtrama de Amanda —la mamá de la niña que se proyecta astralmente, a lo Luke Skywalker— y su pistola me sacó todavía más de quicio. Llevar un arma al baile para matar a Carrie ya plantea una pregunta: la escuela había mostrado detectores de metal en las entradas. ¿Cómo pasó el arma? Y cuando llega el momento de usarla, la gran inútil no puede disparar. La tensión depende de que aceptemos una logística que la propia serie nos había pedido tomar en serio.

Con todo, Carrie tiene una mirada propia y varias escenas bien logradas. Su retrato del ciberacoso se siente actual; el reparto mantiene el drama contenido y el crecimiento de Carrie ofrece un centro emocional sólido. El lastre aparece cuando la serie quiere que cada personaje cargue con su propia miniserie y que cada misterio anuncie un universo más grande. Algunos caminos enriquecen la historia. Otros la distraen y prometen más de lo que entregan.

King ya es experto en crear sus miniuniversos. El cuatroojos Teddy Duchamp de Cuenta conmigo tiene una conexión con la gasolinera de Teddy’s Amoco que Carrie hace volar en la novela; aquí ese guiño no aparece. Me parece un buen lugar para ir a buscar el nuevo multiverso, ahora que el de Marvel parece destinado a fenecer.

Mi calificación: cuatro Chicken Popcorn de cinco.

P.D. No me agradaron los intros del estilo «A todos los hombres les gusta ver caer a una mujer». Siento que fue alguna escritora sacando el trauma, pero no llegó a hacerlo insufrible.

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