Bancomer, la queja legítima del usuario y el valor de pausar antes de “arreglar”

Hace unos días, Bancomer —sí, Bancomer, porque casi nadie le dice BBVA— lanzó una actualización de su aplicación. Lo que debía ser una mejora se convirtió en una experiencia confusa. Lo que antes era intuitivo se volvió torpe, y lo que antes se resolvía con dos toques ahora parecía exigir paciencia y suerte. En pocas horas, las redes se llenaron de reclamos. Y con ellos, apareció el personaje inevitable: el experto de LinkedIn que no puede resistirse a sermonear a los demás por “quejarse sin proponer”.

Decía, con aire de superioridad, que los usuarios no aportaban soluciones. Como si para opinar sobre una app bancaria hubiera que tener un máster en UX. Como si la queja solo valiera si llega acompañada de un wireframe y una tesis doctoral. El problema con esa postura es que ignora lo más básico: el usuario no tiene que ser experto para notar que algo dejó de funcionar. No necesita un título para decir “esto se volvió incómodo”. Su experiencia es el dato. Su frustración es la métrica. Su molestia, el feedback más honesto que puede recibir una marca.

Aunque al principio el CEO de Bancomer salió en reacción a decir que «Los usuarios la van a amar», la realidad lo abofeteó brutalmente. Bancomer reaccionó rápido. Demasiado rápido, quizá. En cuestión de días, lanzó otra actualización para corregir lo anterior. Esta vez, los productos aparecían en la pantalla de inicio. Y otra vez, las críticas se encendieron. Algunos usuarios celebraron la rapidez; otros, con razón, alertaron sobre los riesgos de seguridad. Porque mostrar información sensible desde el primer vistazo, sin modo discreto ni control de privacidad, puede ser una comodidad peligrosa.

Lo interesante de este episodio no es el fallo técnico, sino lo que revela sobre cómo las empresas entienden —o no entienden— la relación con sus usuarios. La queja no es una agresión. Es una señal. Es el sistema de alarma más valioso que tiene una marca. Es lo que evita que la distancia entre “me gusta” y “ya no confío” se convierta en un abismo. Pero para eso hay que escucharla, no descalificarla.

En banca digital, la costumbre es una forma de claridad. Los usuarios entran todos los días a hacer lo mismo: consultar su saldo, transferir dinero, pagar servicios. No buscan sorpresas, ni juegos, ni experiencias inmersivas ni menús que aprendan por IA del comportamiento del usuario. Buscan eficacia, familiaridad y seguridad. Cambiar eso sin un motivo sólido es como mover las señales de tránsito de una autopista: todos terminan frenando. A veces la innovación no está en reinventar la ruta, sino en pavimentar mejor el camino que ya existe.

Hay una creencia peligrosa en ciertos equipos de producto: que el cambio constante es sinónimo de progreso. No siempre. Hay transformaciones que suman, y otras que solo distraen. Lo difícil no es cambiar, sino saber cuándo detenerse. Saber cuándo una actualización aporta valor y cuándo solo cumple con una agenda interna o con la ansiedad de “hacer algo nuevo”. Y ahí es donde la velocidad se confunde con inteligencia.

Bancomer corrigió rápido, y eso se agradece. Pero la prisa tiene un precio. A veces conviene respirar, revisar la lógica completa, escuchar más y moverse después. Porque cuando una marca con millones de usuarios toca una app de uso diario, no está modificando un diseño: está tocando una costumbre colectiva. Y las costumbres no se rediseñan en caliente.

Durante días, leí testimonios de gente mayor que no encontraba sus movimientos, jóvenes que entraban a pagar una tarjeta y terminaban navegando entre menús desconocidos, padres que temían que sus hijos vieran sus saldos en la pantalla inicial. No eran quejas técnicas. Eran expresiones de algo más profundo: la sensación de haber perdido control sobre un espacio que antes les resultaba claro. Esa pérdida de control —aunque sea temporal— erosiona confianza. Y la confianza es el verdadero producto de un banco.

Lo irónico es que Bancomer tiene un historial sólido en innovación digital. Fue pionero en transferencias ágiles, en pagos QR, en funcionalidades que otros bancos tardaron años en igualar. Por eso la frustración fue tan grande: cuando una institución que lidera en experiencia digital se equivoca en lo básico, el golpe se siente más fuerte. No porque decepcione técnicamente, sino porque rompe una relación emocional.

Y esa relación, aunque parezca intangible, se construye con gestos concretos. Con la sensación de que el banco “te entiende”, de que su app habla tu idioma y respeta tu ritmo. Es un vínculo que se gana en silencio, cada vez que una transacción sale bien, cada vez que no hay fricción. Pero también es un vínculo que puede resquebrajarse con una sola actualización mal pensada.

Hubo algo curioso en la reacción de algunos diseñadores y tecnólogos. Muchos defendían el cambio apelando a “la necesidad de evolucionar”. Pero la verdadera evolución de un producto no está en hacerlo más complejo, sino más humano. En anticiparse a la incomodidad antes de que aparezca. En entender que cada icono que se mueve y cada flujo que cambia puede alterar la seguridad emocional del usuario. Lo digital, cuando se usa todos los días, deja de ser tecnología y se convierte en rutina. Y alterar una rutina tiene consecuencias.

Lo más sensato que puede hacer una empresa en momentos así es reconocer la falla, no maquillarla. Decir “nos equivocamos, volveremos a lo anterior mientras lo mejoramos” no es debilidad: es una muestra de respeto. Nadie pierde reputación por escuchar. Se pierde por fingir que no pasó nada. La humildad, en estos casos, vale más que la innovación.

La reacción de Bancomer fue veloz, pero también reveló algo que muchas compañías olvidan: la velocidad no siempre sustituye a la prudencia. En un entorno donde todo se mide en tiempo real, la pausa se volvió un acto revolucionario. Parar un lanzamiento, tomarse una semana más para entender al usuario, probar con calma, explicar con claridad… eso no es lentitud, es profesionalismo.

La queja del usuario no es el enemigo. Es la brújula. Si algo incomoda a muchos, el problema no está en la sensibilidad del público, sino en la ceguera del diseño. Y por más algoritmos que tengamos, la empatía sigue siendo la herramienta más precisa para arreglar un producto.

Quizá por eso este episodio vale más de lo que parece. Porque nos recuerda que la experiencia de usuario no vive en los manuales de estilo, sino en los hábitos de la gente. Que no hay algoritmo que reemplace al sentido común. Y que la confianza, una vez perdida, no se recupera con una actualización más, sino con una actitud distinta.

Bancomer, en el fondo, hizo lo correcto: reaccionó, corrigió y ajustó. Pero ojalá que la lección no sea “arreglar más rápido”, sino arreglar mejor. Ojalá que la próxima versión no solo sea una interfaz distinta, sino una experiencia más clara, más discreta y más respetuosa. Porque, al final, el derecho del usuario a quejarse es también su manera de recordarle a las marcas algo que a veces olvidan: que detrás de cada pantalla hay una persona. Y que escucharla no retrasa el progreso. Lo garantiza.

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