¡Pelea de Monstruos!

Cuando Kenneth Branagh estrenó su versión de Frankenstein en 1994, muchos críticos la calificaron de excesiva, teatral y desbordada. Lo era, sin duda. Pero también era una adaptación ambiciosa, respetuosa con la obra de Mary Shelley y consciente de la tragedia humana que había detrás de aquel monstruo de carne, costura y culpa. Treinta años después, Guillermo del Toro presenta su propia visión: una pieza más íntima, más emocional, menos de laboratorio y más de confesionario. Ambas películas son espejo de sus autores, y verlas en contraste es casi asistir a una conversación entre dos generaciones de cineastas que, desde lugares distintos, buscan responder la misma pregunta: ¿qué significa crear vida?

Branagh aborda la historia con un respeto casi reverencial. Su película se titula Mary Shelley’s Frankenstein, y no es casual. Él mismo interpreta a Víctor Frankenstein, ese científico arrebatado que desafía a la muerte en un impulso de arrogancia disfrazada de amor. Desde el inicio, el tono es operático: los cuerpos reviven bajo la electricidad, los gritos resuenan en sótanos húmedos y las cámaras giran en círculos que evocan el vértigo de un hombre que ha ido demasiado lejos. Es excesiva, sí. Pero ese exceso tiene propósito. Branagh entiende que Shelley no escribió una historia gótica para asustar, sino una tragedia moral sobre el límite de la razón humana. Y en ese sentido, su película es más fiel a la obra original que cualquier otra adaptación previa o posterior.

Del Toro, en cambio, se aleja de la literalidad. Su Frankenstein no pretende recrear la novela palabra por palabra. Lo que hace es tomarla como pretexto para hablar de algo más: la paternidad, el abandono, la culpa de quien da vida sin saber acompañarla. Su criatura no es tanto un experimento como un hijo rechazado. No es el resultado de una obsesión científica, sino la consecuencia emocional de un amor que no se completa. En la versión de Branagh, el monstruo nace del exceso de ambición. En la de Del Toro, del exceso de vacío. Ambas son tragedias, pero con lenguajes distintos.

Robert De Niro, en el papel de la criatura de Branagh, construye un personaje que genera repulsión y compasión a partes iguales. No es un monstruo de laboratorio con tornillos y maquillaje grotesco. Es un ser orgánico, hecho de piel mal cosida, movimientos torpes y mirada atormentada. Hay algo profundamente humano en su fealdad. Shelley escribió que la criatura era “horrible más allá de las palabras”, pero también capaz de sentir ternura y deseo de compañía. Branagh lo entendió y lo filmó así: como un espejo deformado de la humanidad. Verlo provoca incomodidad, y esa incomodidad es esencial. Porque Frankenstein, antes que una historia de terror, es una advertencia sobre el deseo de dominar la naturaleza sin comprenderla.

Del Toro, en contraste, ofrece un monstruo más emocional. Su criatura no busca venganza, sino consuelo. La cámara no lo persigue con miedo, sino con empatía. En sus manos, el horror se transforma en melancolía. La monstruosidad deja de ser castigo y se convierte en condición. Es un enfoque coherente con su filmografía, donde los monstruos son siempre almas heridas, marginadas, incomprendidas. Desde El espinazo del diablo hasta La forma del agua, Del Toro ha insistido en que la fealdad no anula la belleza interior. Y su Frankenstein no es excepción. El problema es que esa mirada, aunque poética, se aleja de la raíz filosófica de Shelley: la advertencia moral, el Prometeo castigado por su arrogancia. En Del Toro, la culpa se sustituye por melancolía. La tragedia se convierte en confesión. La creatura Del Toro parece una estatua de cera y alabastro qué apela más al niño abandonado, (hay un momento en que los ojos suplican al espectador un abrazo).

La ambientación es otra de las grandes diferencias entre ambas películas. La de Branagh tiene ese toque orgánico, húmedo, visceral que recuerda que la historia ocurre entre cadáveres y experimentos. Sus escenarios son oscuros, dominados por el movimiento circular y por una escalera monumental que funciona casi como símbolo: ascender hacia el conocimiento y descender hacia el infierno. Esa escalera es una de las grandes decisiones visuales de Branagh, porque materializa el conflicto central: la creación como caída. Todo en su película tiene textura: el vapor, la sangre, los instrumentos metálicos. No hay artificio que no huela a carne.

Del Toro, por su parte, apuesta por la grandilocuencia visual. Sus escenarios son vastos, góticos, con ecos de La cumbre escarlata. Y aquí aparece el mayor problema: Del Toro bebe de sí mismo. Sus techos cayendo a pedazos, las mansiones góticas, las estatuas y los ángeles torcidos parecen extraídos de su propio catálogo estético. No hay duda de que es un maestro en la construcción de atmósferas, pero a veces su perfección plástica se vuelve su peor enemigo. El set domina la historia. El entorno es tan bello que el drama parece una excusa para contemplarlo. Si Branagh filma un laboratorio, Del Toro pasa de filmar una galería de arte, a lograr la vuelta a la vida de la creatura en un altar. Si el primero busca que sientas el olor del formol, el segundo quiere que te pierdas en la mirada petrificada de la Medusa qué contempla muda al Frankenstein rock star de Oscar Isaac, (brutal en su actuación).

Y sin embargo, sería injusto negar la belleza de su puesta en escena. La ambientación en Del Toro es una sinfonía visual: texturas barrocas, luces que parecen pintadas por Caravaggio, un uso del color que transforma cada plano en un cuadro. Su Frankenstein es un poema visual sobre la pérdida, sobre el intento de crear algo puro en un mundo que ya está corrupto. Pero en esa búsqueda de lo sublime, se aleja del horror esencial. Shelley escribió desde el miedo. Del Toro filma desde la nostalgia, el castigo y el abandono. La diferencia no es menor: una apela al estremecimiento, la otra a la ternura.

En el fondo, lo que separa ambas películas es la mirada sobre la creación. Branagh ve en Víctor Frankenstein al científico loco, al hombre que quiere ser Dios y paga el precio. Del Toro ve a un padre fallido. En la versión de 1994, la creación es una transgresión. En la de 2025, una herida. El primero muestra el delirio de la razón. El segundo, la incapacidad de amar. Ambos tienen razón, pero representan polos distintos de una misma angustia: la de quien se enfrenta a su propia obra y no la reconoce.

Ese cambio de foco también transforma la relación entre el creador y la criatura. En Branagh, hay un enfrentamiento físico y moral. Frankenstein ve a su creación como un error, algo que debe desaparecer. En Del Toro, hay una tensión más emocional. El científico no solo teme al monstruo: lo lamenta. El intentar ocultarlo de Elizabeth y William en una visita sorpresa, muestra que aunque orgulloso del logro, siente pena del resultado.Hay una distancia de amor no correspondido, una culpa que recorre toda la película. Esto convierte la historia en un relato de paternidad fallida, casi bíblica. Del Toro no habla del castigo de jugar a ser Dios, sino de la soledad de no saber ser padre. Y ahí reside tanto su originalidad como su distancia con el texto original.

Hay una escena clave en la versión de Branagh: el momento en que el monstruo observa su reflejo por primera vez. Se mira y entiende que su propia existencia es una ofensa a la belleza del mundo. Esa toma, casi muda, concentra la esencia de Shelley. La criatura no es malvada: es consciente. Comprende que su creador lo ha traído a un mundo que no lo acepta, y ese conocimiento lo condena. De Niro interpreta ese instante con una contención brutal. Es un monstruo que piensa, no un animal. Es el momento en que el espectador entiende que el verdadero horror no está en la ciencia, sino en el rechazo.

En Del Toro, el espejo se sustituye por la mirada del ángel, en este universo, una Elizabeth qué detesta y desea a Victor, el futuro cuñado que repele y con el que coquetea en un juego extraño. La inclusión del “ángel de la guarda” es una invención propia del director, y se nota. Es una figura recurrente en su cine: el ángel terrible, el guardián que no protege sino que castiga, el símbolo de la divinidad que no consuela. Esa criatura celestial funciona como conciencia y como amenaza. Representa la mirada divina sobre el pecado de la creación. Es una metáfora interesante, pero también muy “deltoriana”: barroca, ambigua, más cercana al catolicismo fantástico de El espinazo del diablo que al racionalismo de Shelley. En su intento por añadir capas, Del Toro reinterpreta el mito desde su imaginario personal. Y aunque el resultado es hermoso y poético, se siente menos universal.

En términos de actuación, también hay diferencias notables. Branagh, como Víctor, es todo intensidad. A veces se le va la mano, pero esa sobreactuación encaja con el tono operático de la película. De Niro, por su parte, encuentra la medida exacta entre monstruo y víctima. Es una criatura que habla con dificultad, pero cuyos ojos revelan inteligencia y dolor. Y Helena Bonham Carter, en el papel de Elizabeth, le da a la historia una dimensión trágica que la versión de Del Toro no alcanza a igualar. Bonham Carter tiene algo de fantasma en su interpretación: es amor y advertencia, musa y castigo. Su presencia equilibra la furia de Branagh con una melancolía contenida que sostiene la película.

En la versión de Del Toro, la Elizabeth reinterpretada tiene un peso más emocional, menos idealizado. Perfectamente vestida y exquisitamente enjoyada, y coronada con una sólida, humana, creíble. Pero carece de la fuerza mítica que Bonham Carter imprime a cada escena. La Elizabeth de Del Toro ama y sufre, pero no trasciende. Es un personaje sensible, bien interpretado, pero no inolvidable. Y eso, en una historia como Frankenstein, se nota. Porque la tragedia necesita contraste: la luz que ilumina al monstruo también debe arder. Isacc como un hijo abandonado qué no sabe ser padre mueve más a la conmiseración que a la condenación, pero haciendo un papel notable también.

Otro punto en que las películas divergen es el ritmo. Branagh filma como si temiera que el tiempo se agotara. Todo ocurre rápido, con música intensa, cámara en movimiento y una urgencia constante. Esa energía puede agotar, pero también transmite el vértigo del descubrimiento. Frankenstein no es un científico sereno: es un hombre consumido por su idea. En cambio, Del Toro prefiere la calma. Su película respira. Cada plano está calculado, cada silencio pesa. No hay prisa, pero a veces tampoco hay impulso. Es una historia contada desde la contemplación más que desde el desbordamiento. Y aunque esa serenidad le da belleza, también le resta tensión.

Donde ambos coinciden es en la tragedia. En las dos películas, el creador paga por su osadía. Pero el castigo difiere. En Branagh, la caída es física y moral: Frankenstein pierde a todos, incluso a sí mismo, y muere perseguido por su creación. En Del Toro, el castigo es espiritual: la criatura sigue viva, el creador se disuelve, y el ángel observa. Es un final más simbólico que narrativo, más místico que humano. Y esa diferencia define su distancia. Branagh cierra con tragedia griega. Del Toro, con rezo fúnebre no carente de redención all hacer qué la creatura libere el barco.

La comparación entre ambas películas no es una competencia de técnica, sino de propósito. Branagh quiso rendir tributo a Mary Shelley y su dilema ético: ¿qué ocurre cuando el hombre quiere ser Dios? Del Toro quiso dialogar con sus obsesiones: ¿qué ocurre cuando el amor fracasa, incluso en el acto de crear? Los dos llegan al mismo punto, pero por caminos distintos. Branagh sube la escalera hacia el conocimiento y se cae. Del Toro mira hacia el cielo y se pregunta si hay alguien ahí.

Lo interesante es que, a pesar de las diferencias, ambas películas comparten una verdad: el monstruo no es el enemigo. Es la consecuencia. Lo terrible no es la criatura, sino el vacío moral que la engendra. Branagh lo muestra en la carne cosida. Del Toro, en la mirada perdida. Ambos, al final, nos devuelven al mismo sitio: a la conciencia de que todo creador, tarde o temprano, debe enfrentarse a lo que hizo. Shelley escribió: “Maldito el día en que recibí la vida”. Casi dos siglos después, el eco sigue vigente.

Si tuviera que elegir, me quedo con la de Branagh. No porque la de Del Toro carezca de mérito —al contrario, es una obra de gran belleza y hondura emocional—, sino porque la versión de 1994 conserva algo que se ha vuelto raro en el cine contemporáneo: el respeto por la fuente, el coraje de mirar el horror sin suavizarlo, la voluntad de que el espectador sienta repulsión antes que ternura. Mary Shelley’s Frankenstein es imperfecta, pero auténtica. Tiene esa mirada orgánica que se pega a la piel, ese olor a muerte que recuerda que la creación, cuando se hace sin responsabilidad, siempre apesta un poco.

Aprecio profundamente la mirada de Del Toro. Su Frankenstein tiene corazón, alma y una fotografía deslumbrante. Pero cuando el ángel aparece —ese ángel de la guarda terrible, propio de su universo—, sé que estoy viendo a Del Toro más que a Shelley. Es su película, su visión y su cultura. Y eso, aunque bello, también la distancia del texto original. Por eso, entre la escalera acrofóbica de Branagh y los ángeles del mexicano, elijo la primera. Porque la ciencia sin culpa puede ser peligrosa, pero el arte sin límites también. Porque en esa escalera se resume toda la tragedia: subir buscando la gloria y terminar cayendo por tu propia creación.

Gracias, Guillermo, sigues siendo un cabrón.

Conversación

Deja un comentario

Comparte tu punto de vista. Tu correo no se publicará.

Escribe tu comentario