El entretenimiento ya no sorprende, solo se repite
Esperé a ver Fantastic Four en casa. No por falta de interés, sino por instinto de conservación. A estas alturas, después de tantos “multiversos”, “historias de origen” y “vueltas a casa”, sentarse a ver una película de Marvel ya no se siente como un evento, sino como una obligación cívica. Como pagar impuestos emocionales a Disney.
La película es… entretenida. No mala, pero tampoco… Fanstástica. Cumple con todos los requisitos de la fórmula Marvel post-Endgame: efectosun poco más aceptables que Thor: Love and Thunder, humor enlatado, drama de laboratorio y una banda sonora que intenta recordarte cómo te sentías en 2018. El problema no es Fantastic Four en sí, sino el peso que carga: intentar revivir una emoción que murió con End Game.
Las primeras fases del MCU tenían un sentido de descubrimiento. Todo era nuevo, incluso lo predecible. Iron Man sorprendía por su tono, Thor por su seriedad en tono de Shakespeare y The Avengers por su ambición. Pero después de Endgame, la emoción se convirtió en nostalgia, y la nostalgia en negocio. Ya no esperamos historias: esperamos la promesa de que algo vuelva a sentirse igual.
Ver Fantastic Four hoy es como escuchar una banda que alguna vez amaste tocando su mismo éxito de hace quince años… solo que ahora con más luces, menos alma y un baterista reemplazado por Pedro Pascal. Porque, hablando de omnipresencia, ya no sé si me pareció verlo en el los videos del concierto de Oasis en México. No sé si actúa en todas las producciones o si la industria lo clonó para cumplir con la cuota de “carisma masculino melancólico”.
Y por si la experiencia no fuera suficientemente extraña, Disney+ decidió mejorarla con su ya clásica interrupción publicitaria. Cuatro bloques de comerciales. Tres de ellos promocionaban la misma película que yo estaba viendo. Es decir, me vendían Fantastic Four mientras veía Fantastic Four. Una metáfora perfecta del estado actual del entretenimiento: consumir el omercial dentro de la película, mientras una app te recuerda que no eres espectador, sino cliente cautivo.
Lo que salva a esta nueva versión, en parte, es Vanessa Kirby. Por fin se le ve viva, con matices, sin esa expresión de “shock perpetuo” que parecía contrato en la saga de Misión Imposible. Kirby consigue que Sue Storm no sea solo “la mujer del grupo”, sino alguien que sostiene la historia sin necesidad de salvarla.
En resumen: Fantastic Four no es un desastre, pero tampoco un renacimiento. Es un eco bien producido de algo que ya vimos y ya sentimos. Marvel sigue vendiendo familiaridad, no sorpresa. Y lo peor es que seguimos comprándola, esperando que alguna vez, entre los cameos y las escenas postcréditos, vuelva la magia que se fue con el chasquido de Tony Stark.

Etiquetas: Cine, Marvel, Crítica, Cultura Pop
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