Hubo un tiempo en que insultar era un arte. No una reacción de teclado ni una estrategia de “engagement”, sino una muestra de ingenio, carácter y descontento. El insulto tenía contexto, ritmo y, sobre todo, riesgo. Se decía en la cara. En una sobremesa, en la calle o en un debate, con la posibilidad de que el otro respondiera con la misma elegancia… o con un puñetazo. Hoy, en cambio, el insulto vive encerrado en lo digital: sin tono, sin consecuencia y, por eso mismo, sin valor.
Insultar desde la comodidad del excusado —literal y metafóricamente— se ha convertido en el pasatiempo nacional. Cada scroll es un desfile de valentía desechable: gente que se siente gladiadora detrás del vidrio de su pantalla, repartiendo juicios como si fueran argumentos. Es fácil sentirse valiente cuando el otro no puede alcanzarte. Difícilmente le dirías lo mismo frente a frente, sin emojis ni testigos.
Las redes están llenas de insultos que no buscan ofender, sino existir. Porque insultar hoy es una forma de hacerse notar, de confirmar que uno “opina”. No se insulta solo a los políticos —que, dicho sea de paso, casi siempre lo tienen bien ganado—, sino a cualquiera que respire distinto. Personas random, desconocidos, gente que no pidió estar en la línea de fuego. Todo vale mientras genere una reacción, aunque sea la rabia de un desconocido.
Y luego está el insulto industrializado: las granjas de bots. Ese ejército anónimo que aparece como si alguien hubiera jalado una palanca. Cada vez que un periodista revela una corrupción, una falla o un abuso, de pronto surge un mar sincronizado de cuentas que repiten las mismas frases, los mismos “argumentos”, el mismo veneno prefabricado. No discuten: agreden. No refutan: atacan. El objetivo de defender al poder, quiere ser logrado ahogando la conversación con ruido, erosionando una credibilidad, sin aportat un dato en contra y desgastar emocionalmente al que se atrevió a decir algo incómodo.
A su lado, desfilan los jilgueros digitales: personajes reales, bien acomodados, que repiten la línea oficial con entusiasmo casi religioso. Los Poncho Gutierrez, los Callos de Hacha, los Fernando Rivera Calderón, los Jairo Calixto Albarrán. Quieren sonar ingeniosos, filosos, punzantes. Pero terminan siendo un eco torpe, y evidentemente pagado de un libreto mal escrito. Insultan sin pudor y sin creatividad, como si la agresión automática los convirtiera en estrategas. Más que defender ideas, ejecutan un baile torpe y macabro en el que todos dicen lo mismo con pequeñas variaciones, intentando venderlo como pensamiento propio.
Lo paradójico es que nunca hubo tantos insultos y tan poca fuerza en ellos. Antes, un buen insulto revelaba ingenio; hoy, solo revela ansiedad. Es el rugido del que no tiene voz propia, la descarga emocional del que necesita que el algoritmo lo vea. Se confunde agresividad con pensamiento crítico, sarcasmo con superioridad moral, y así, entre hilos de indignación y likes automáticos, el lenguaje pierde filo.
El insulto bien usado es una obra de precisión. Pero el insulto digital es ruido: se lanza, rebota y desaparece sin dejar huella. Es cobarde porque no se sostiene, porque depende del “enviar” y no del valor de enfrentar una réplica. Lo que antes era un duelo verbal, hoy es un monólogo de impotencia.
Quizá por eso el insulto se ha vuelto un lujo perdido. No por escasez de palabras, sino de valentía. La capacidad de decir algo incómodo, frente a frente, sin refugiarse en la pantalla, es una forma de coraje que ya no abunda. Porque insultar con ingenio implica pensar, y pensar cuesta más trabajo que escribir en mayúsculas.
El insulto, bien usado, era espejo y el espejo duele. Pero lo que tenemos ahora son pantallas: reflejan todo, menos a nosotros mismos.
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