Voz sin talento

Hubo un tiempo en que abrir un micrófono implicaba traer algo. Una idea. Una voz. Una historia propia. Una obsesión. Una mirada que justificara la molestia de pedirle una hora a la gente. Ese tiempo no desapareció del todo, pero hoy vive rodeado de imitaciones.

Antes, el micrófono cargaba una pequeña responsabilidad: quien se sentaba frente a él debía llevar algo de casa. Jordi Soler no llegaba vacío; llevaba literatura, una cabeza formada entre la radio y la escritura, una obsesión verbal que incluso lo vinculó con la devoción por Joyce y con una idea de la radio como espacio donde todavía se podían decir cosas. Ilana Sod traía otra clase de equipaje: cine, arte, libros, conversación cultural, esa costumbre ya rara de hablarle al oído a la audiencia como si todavía mereciera referencias y contexto. Idzi Dutkiewicz tenía un estilo reconocible, oficio de cabina y cápsulas propias; no necesitaba fingir personalidad porque ya la tenía. Mariano Osorio, con otro registro, aportó algo que también vale: la reflexión, el tono, la pausa, la sensación de que acompañar a alguien no significaba rellenarle el tiempo con ruido. Todos, cada uno a su manera, ponían un grano de arena.

La llegada del podcast fue como la promesa de lo que sería el «periodismo ciudadano”: empezó como una promesa de apertura y terminó degradando el oficio, confundiendo acceso con talento, presencia con voz. Así se prostituyó el micrófono: dejó de ser herramienta de comunicación para volverse atajo de fama, y volvió a hacer celebridades a personas que no necesariamente tienen mundo, ni forma, ni talento, pero sí el volumen suficiente para que el algoritmo las confunda con relevancia.

El podcast en México creció, se volvió negocio, armó comunidad, atrajo marcas y le dio a mucha gente una salida natural a su necesidad de hablar. El problema no fue el crecimiento. El problema fue la facilidad. Ahora basta una cámara, un set con luces tibias, dos sillones, una mesa bonita y una convicción desproporcionada para que alguien se crea figura cultural. El país ya venía fuerte en consumo de podcasts y la industria encontró un terreno fértil: según datos divulgados en 2025 sobre la audiencia mexicana, 68% de los oyentes dijo que los podcasts son parte esencial de su rutina y 42% pensaba aumentar su consumo ese año. Spotify, por su lado, hasta lanzó sus primeros Podcast Awards en México en 2025. Había dinero, atención y ansiedad por ocupar un lugar. La combinación era perfecta para la abundancia. También para la mediocridad.

La consecuencia está frente a nosotros. Ya cualquiera con micrófono se siente estrella. Cualquiera cree que conversar es crear. Cualquiera supone que tener una comunidad equivale a tener una voz. Y no. Una comunidad puede ser real, afectuosa y fiel. También puede convertirse en la muleta perfecta para no escribir, no pensar y no arriesgar. Ahí empieza el vicio que hoy contamina a buena parte del podcast de comedia, chisme y sobremesa: dejar de producir contenido propio para administrar el contenido que manda la audiencia. El creador ya no crea. Filtra correos. Ya no llega con una tesis, una observación o un hallazgo. Llega con una carpeta. “Mándennos sus historias.” “Hoy vamos a leer lo que nos mandaron.” “Escogimos los mejores chismes.” Ese formato, usado una vez, funciona. Usado cien veces, revela la pobreza del aparato. No hay autor detrás del micrófono. Hay un operador de buzón.

Niñas Bien me parece el ejemplo más claro de esa decadencia adornada con branding simpático. Su propia presentación dice que no son expertas en nada y que les encanta hablar de todo. Su jingle diciendo «El mejor podcast del internet» suena ambicioso para un programa cuyo principal talento es abrir correos y fingir que eso cuenta como creatividad Ahí ya estaba la advertencia, solo que muchos la tomaron como encanto. En Apple Podcasts aparecen con 221 episodios activos entre 2020 y 2026 y una premisa que presume ligereza como si fuera virtud. El problema no es que no sean expertas. El problema es que esa falta de especialidad tampoco se compensa con mirada, estructura o imaginación. Cuando un podcast se instala durante años en la lógica del “Chisme Ajeno”, lo que ofrece ya no es una voz: es una ventanilla. Basta ver la cantidad de entregas recientes bajo esa misma etiqueta: “Chismotrón”, “Chismes de verano”, “Chismes de screenshots”, “Chismes de músicos”, “Chisme bien escogidito”, “Chisme Selecto”, “Chisme de Policías”, “Chisme ENCUERADO”, “Chisme Mix”, “Chismes de Piscis”. Cambia el disfraz; el mecanismo es idéntico. La audiencia produce la materia prima. Las conductoras le ponen reacción, tono, carcajada y monetización.

Ese formato, presentado como cercanía, es outsourcing creativo. Porque una cosa es incorporar la voz del público y otra muy distinta hacer que el público haga el trabajo. El podcast se volvió receptor de anécdotas ajenas y caja de resonancia de desgracias, infidelidades, capturas de pantalla, exes, vecinos, policías, músicos, mamados, reptiles emocionales y la fauna completa del drama digital. El talento ya no consiste en construir un universo propio. Consiste en tener el descaro suficiente para leer lo que otros vivieron y venderlo como episodio. El oyente cree que participa. En realidad está redactando gratis para el siguiente jueves.

Lo más irritante de Niñas Bien no es siquiera el chisme. El chisme, bien usado, puede ser una vía de observación social. Puede revelar códigos de clase, vanidad, miseria, deseo, crueldad o simple estupidez humana. Sin embargo, la falta de talento de las conductoras solo lo deja en la reacción, la risa, el «Se pasaron» con expresiones y muecas exageradas». El problema aquí es el uso industrial del chisme sin una transformación real. No lo trabajan. No lo exprimen. No lo convierten en algo más complejo. No lo vuelven literatura oral, sátira o comentario de época. Lo consumen. Y lo consumen como se consume todo hoy: rápido, ruidoso y con la seguridad de que siempre habrá otra historia entrando por la bandeja.

Por eso estos podcasts terminan pareciéndose tanto entre sí, aunque juren tener personalidad propia. Envinadas, en su descripción oficial, se vende como “un vino entre amigas” donde Mariana Botas, Daniela Luján y Jessica Segura “hablamos de todo y de nada”, con experiencias y opiniones sobre un tema específico. Eso suena más honesto, y a ratos lo es. Hay algo más reconocible en su mesa: trayectorias previas, química real, oficio televisivo, un ritmo de conversación que no depende siempre del morbo barato. Aun así, también cae en la tentación de exprimir formatos de historias ajenas, como “Expedientes secretos Godínez” o “Historias Godínez 2”, donde el material vuelve a salir de experiencias enviadas o relatadas desde el molde comunitario del drama de oficina. El punto no es señalar pecado individual. El punto es ver el patrón. Todos entendieron muy rápido que la audiencia no solo escucha: también escribe. Y muchos decidieron explotar eso hasta vaciarse.

Las Alucines representa otra variante del mismo problema. Su descripción oficial no esconde el juego: son dos amigas que se ríen de situaciones y anécdotas de su vida, “unas son verdad y otras mentira”. En 2025 ya encabezaban rankings diarios de Spotify en México y para marzo de ese año aparecían arriba de otros podcasts de enorme tamaño. También generaron algunos videos de clickbait donde decían la sandez más grande posible, para hacerse viral.

El formato funciona. Tiene ritmo, carisma, familiaridad y una ligereza que entiende muy bien el consumo actual. Ahí no hay necesariamente el mismo nivel de dependencia del buzón que en Niñas Bien, pero sí existe otra renuncia: la renuncia a la exigencia. El episodio se sostiene con estados de ánimo, listas de cosas que aman, odian, hacen a escondidas, no saben o no les importan. Es un contenido diseñado para acompañar, no para dejar marca. Y acompañar no tiene nada de malo. El problema llega cuando ese acompañamiento se celebra como si fuera una gran obra de ingenio. No todo lo que entretiene merece reverencia. Hay contenido que sirve para pasar el rato. Hay contenido que construye algo. Confundir ambos niveles es uno de los deportes favoritos de esta época.

Luego está enKamados, que de entrada ya pone las cartas sobre la mesa: confesiones, risas, sexo, discreción y “buen chismecito”. Su página en Apple Podcasts dice con claridad que ahí los famosos favoritos “se desnudan… el alma”, con Karen Villanueva como host. Yo agradezco esa sinceridad. No intenta vender profundidad donde no la hay. Vende intimidad blanda, morbo liviano y cercanía aspiracional. El problema es que esa lógica también abona a la misma inflación del medio: el podcast entendido como sala de espera emocional para celebridades que necesitan hablar sin que nadie les exija demasiado. Todo termina convertido en confesión amable. Todo es vulnerable, sexy, divertido y compartible. Pasa un rato y nada queda.

Ahí entra otra plaga del ecosistema: el crossover como respirador artificial. Cuando el formato base ya no da para sostener novedad, llega el intercambio de oxígeno. Invitan a otro podcast, a otra dupla, a otro personaje del mismo circuito, y el episodio se vende como “evento”. La realidad suele ser más prosaica. No hay tema fuerte. No hay apuesta formal. No hay investigación. Hay mezcla de públicos. Hay química prestada. Hay algoritmo. Es una táctica comprensible y a veces útil. También se ha vuelto sospechosamente frecuente. El crossover dejó de ser un lujo narrativo. Ahora parece recurso de mantenimiento. Cuando no tienes mucho que decir, invitas a alguien que tampoco trae mucho, pero trae gente. Y entre las dos audiencias se arma la ilusión de contenido.

Esto no significa que todos esos podcasts sean inútiles. Significa algo más incómodo: muchos son exitosos sin ser especialmente buenos. Y esonos duele a quienes todavía creemos que el trabajo creativo debería exigir algo más que simpatía, timing y una comunidad que mande historias. El éxito no purifica el vacío. Solo lo maquilla. Un programa puede llenar teatros, vender merch y dominar clips en TikTok mientras ofrece una dieta constante de ocurrencias débiles y fórmulas recicladas. El problema de la época es que confundimos impacto con valor. Si genera conversación, asumimos que tenía algo que decir. A veces solo hizo ruido.

Por eso me interesa Gente de Mierda. No porque sea una obra maestra. No porque Ricardo O’Farrill se vuelva filósofo profesional al prender la cámara. No hace falta adornarlo. Me interesa porque ahí sí aparece algo que escasea: una voluntad de partir de una idea incómoda y estirarla hasta volverla conversación. En el canal de YouTube de O’Farrill, Gente de Mierda aparece junto con La Logama y Dalia Castella, y los títulos ya muestran una intuición más viva que la del simple buzón sentimental: “¿Por qué la Navidad es una mierda?”, “Hacer ejercicio es para deprimidos”, “Juanga es mejor que Bowie”, “AGUA DE LIMÓN: ¿el azúcar va antes o después?”, “Confronta más a tu vecino”, “Tantito bullying hace bien”, “Estableciendo una opinión de mierda”. Podrán sonar absurdos, irreverentes o necios. Justo por eso funcionan mejor. Arrancan desde una hipótesis, una provocación o una tontería con dientes. Ahí ya hay un motor. Hay algo que defender, pelear o desmontar.

Eso lo vuelve más fresco. No porque sea más fino. Porque se arriesga a tener una postura. El humor mejora cuando no solo acompaña; cuando perfora. La charla mejora cuando no depende de que un seguidor te mande una historia de su ex novio, de su roomie o de su jefe pasivo-agresivo. Gente de Mierda, al menos en su mejor versión, agarra asuntos que parecen banales y les exprime un fondo raro: el gusto como marcador de identidad, la neurosis social, la falsa superioridad moral, la vida cotidiana como campo de batalla ridículo. No siempre llega lejos. Tampoco importa. Lo relevante es que intenta pensar desde el desorden, no solo reaccionar al correo de la semana.

Hay algo más. O’Farrill ya trae callo de stand-up, de crisis pública, de exposición, de haber sido celebrado y despedazado. Eso no le da automáticamente razón. Sí le da una relación menos ingenua con el ridículo. Y el ridículo es materia prima valiosa cuando se usa bien. El problema con muchos podcasts del circuito amable es que quieren caerle bien a su comunidad todo el tiempo. Por eso dependen tanto del envío de historias, del tono confidente, del “a todos nos pasó”. Evitan el filo. Evitan la antipatía. Evitan la posibilidad de ser verdaderamente incómodos. Gente de Mierda, en cambio, se permite empezar desde un juicio, una exageración, una terquedad o una idea tonta sostenida con total seriedad. Ahí aparece una fricción que los otros formatos no tienen. Y la fricción, aunque hoy le teman tanto, sigue siendo una mejor madre del pensamiento que la pura afinidad.

Eso no salva al género ni absuelve a O’Farrill de sus propias irregularidades. Solo demuestra una cosa muy sencilla: todavía se puede abrir un micrófono y traer algo más que historias enviadas por la audiencia. Todavía se puede usar el formato para jugar con una idea, tensar un tema, llevar una tontería al extremo y, en ese trayecto, decir algo sobre nosotros. El listón no está altísimo. Justo por eso resulta tan triste que tantos no lo pasen.

Porque ese es el verdadero problema del boom del podcast en México. No que haya muchos. Que demasiados nacieron sin hambre de forma, de tema ni de oficio. Nacieron con hambre de presencia. Querían estar. Querían salir. Querían ser vistos como voces de su generación sin hacer el trabajo desagradable de construir una voz. Y una voz no se improvisa con dos cámaras y un patrocinio de colchones. Se construye con criterio, con selección, con disciplina, con capacidad de cortar lo fácil y con la humildad suficiente para entender que hablar mucho no es lo mismo que tener algo que decir.

Niñas Bien puede seguir llenando horas con “Chisme Ajeno”. Las Alucines pueden seguir sacando una lista nueva de cosas que aman, odian o les dan igual. Envinadas puede seguir refinando la sobremesa eterna y de vez en cuando pedirle a la oficina mexicana que le mande sus pecados. enKamados puede seguir ofreciendo celebridades que se “desnudan el alma” sin arriesgar ni una uña. Todos encontrarán audiencia porque el mercado es grande, la rutina pide compañía y el oído humano tolera mucho más de lo que uno desearía admitir. La pregunta relevante no es si van a seguir funcionando. Por supuesto que lo hará. La pregunta es si vamos a seguir llamando contenido a cualquier cosa que llene tiempo.

A mí me cuesta hacerlo. Me cuesta porque crecimos en una cultura que todavía suponía que entretener implicaba cierto oficio. No hablo de solemnidad. Hablo de trabajo. De selección. De una mínima vergüenza ante la repetición. Hoy esa vergüenza escasea. Se volvió más rentable exprimir la familiaridad. Se volvió más rentable volver comunidad cualquier reflejo. Se volvió más rentable parecer cercano que ser interesante. Y ahí estamos: aplaudiendo a gente que, sin mala fe pero con muy poca exigencia, convirtió la lectura de historias ajenas en identidad artística.

Tal vez por eso tantos podcasts actuales duran mucho y pesan poco. Acompañan, distraen, ambientan, rellenan el tráfico, hacen más tolerable la caminadora o la oficina, pero se evaporan en cuanto terminan. No dejan frase, no dejan imagen, no dejan rabia, no dejan pregunta. Dejan ruido… Y muchas veces, cuándo el ruido se apaga, el cerebro descansa.

El podcast mexicano no necesita menos micrófonos. Necesita más vergüenza creativa. Necesita más gente dispuesta a llegar con una idea en lugar de una bandeja de entrada. Necesita menos culto a la personalidad inflada y más respeto por la forma. Necesita recordar que una conversación grabada no es automáticamente una obra. Y que el público, aunque a veces parezca conformarse con cualquier cosa, también sabe reconocer cuando alguien de verdad trajo pensamiento al cuarto.

Por eso, entre el océano de mesas, risas, chismes y ocurrencias recicladas, Gente de Mierda al menos se siente como alguien que entra con una pregunta incómoda bajo el brazo. Los demás, demasiadas veces, entran con historias prestadas y una seguridad excesiva de que eso basta. Y quizá basta para vender. Para crear, ya es otra cosa.

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