Sí se puede.

México abrió el Mundial en el Estadio Azteca con una victoria limpia, necesaria y emocional: 2-0 contra Sudáfrica. Julián Quiñones rompió el partido con el primer gol del torneo y Raúl Jiménez puso el segundo en el segundo tiempo, con ese cabezazo que hizo rugir al estadio como si todavía cupieran ahí todas las infancias del país. Hubo ceremonia, gritos, lluvia de colores, tensión, expulsiones y esa vieja sensación mexicana de que durante noventa minutos podemos creer en algo sin pedirle permiso a la estadística, al gobierno ni al cinismo. Ganó México. Ganó bien. Y durante un rato, el país respiró como respiran los países cuando la bola entra: con alivio, con ruido y con una peligrosa tentación de confundir alegría con absolución.

Sí se puede.

Esa frase, tan gastada por campañas, spots, discursos y playeras sudadas, volvió a servir. No como promesa de transformación nacional ni como consigna de autoayuda para vender suplementos sabor mango. Sirvió en su sentido más simple: sí se puede ver un partido, celebrarlo, apagar el cerebro noventa minutos mientras rueda la bola y después volver a prenderlo sin perder humanidad.

Sí se puede gritar un gol y seguir sintiendo empatía por las mamás buscadoras que caminaron con fichas, nombres, fotos y ausencias. Y además en inglés, para que los visitantes también lo supieran.

Sí se puede aplaudir una inauguración y seguir oliendo la mezcla de pintura fresca, obra inconclusa, valla metálica, patrulla, negocio privado y simulación pública alrededor del Estadio Azteca.

Le pueden cambiar el nombre por contrato, por patrocinio o por vanidad administrativa. Para millones sigue siendo Estadio Azteca. Los nombres comerciales envejecen rápido. Los templos populares no obedecen tan fácil. Y justo por eso lo que pasó afuera importa tanto como lo que pasó adentro.

Durante semanas, vecinos alrededor del estadio sufrieron obras, ruido, falta de agua, aumento de rentas, predial más alto, construcciones con permisos opacos y la sospecha razonable de que el Mundial no trajo ciudad, trajo negocio. Quien vive ahí no recibió la postal. Recibió el tráfico, la reja, el policía en la esquina, el camión movido, el paso cerrado y la obligación de demostrar que su casa es su casa.

Ese detalle debería dar vergüenza. El vecino tiene que acreditar su domicilio para entrar a la zona donde ya vivía antes de que la FIFA descubriera el código postal. El aficionado llega con boleto y pulsera. El residente llega con comprobante. El turista recibe indicaciones. El habitante recibe filtros. El barrio pone el cuerpo para que otros pongan la foto.

Sí se puede disfrutar el partido y entender que algo se pudrió cuando la modernización se mide por la comodidad del visitante y no por la vida diaria del vecino. Una ciudad seria se arregla para quienes la sostienen, no solo para quienes la transmiten. Una ciudad decente no espera a que llegue el Mundial para barrer, pintar, pavimentar, retirar cables, liberar banquetas o fingir que el transporte público merece respeto.

La escena del trabajador del Metro acostado sobre bultos de cemento, mientras usuarios pasaban a su lado, sirve como metáfora cruel de la ciudad completa. No porque el trabajador sea culpable. Justo al revés. Sabemos que no es su culpa. Sabemos que ese cuerpo rendido sobre el material de obra es también consecuencia de un sistema donde los de abajo cargan los errores de los de arriba.

Ese hombre no diseñó la mala planeación. No asignó contratos. No prometió fechas imposibles. No inauguró obras incompletas. No decidió cerrar pasos peatonales ni improvisar soluciones a unos días del silbatazo inicial. Estaba ahí, tirado sobre cemento, como si la ciudad hubiera dicho en silencio lo que sus discursos no aceptan: alguien siempre termina pagando con el cuerpo la incompetencia ajena.

Lo mismo pasa alrededor del Azteca. El enojo encuentra al policía, al trabajador de chaleco, al empleado de seguridad privada, al de tránsito, al vendedor que intenta sobrevivir, al vecino que quiere pasar, al maestro que marcha, a la madre que busca, al aficionado que solo quiere entrar. La responsabilidad real suele estar más arriba, en oficinas con aire acondicionado, organigramas hermosos y una habilidad casi olímpica para repartir culpas hacia abajo.

Por eso las protestas le incomodan tanto al gobierno. No porque arruinen la fiesta, sino porque impiden que la fiesta funcione como anestesia total. Afuera del estadio no había una sola causa. Había capas. La CNTE con su conflicto laboral y de pensiones. Familias de desaparecidos intentando que el mundo viera los rostros que el país aprendió a caminar de largo. Colectivos estudiantiles. Vecinos hartos. Grupos antimundialistas. Personas que vieron en el foco internacional una oportunidad para decir: aquí también pasa esto.

La pregunta fácil es por qué protestar justo ese día. La respuesta incómoda es otra: ¿cuándo querían que protestaran? Las causas sin escaparate se quedan hablando solas. La tragedia mexicana aprendió, a golpes, que la atención internacional dura poco y que a veces hay que pararse frente al espectáculo para que alguien mire el dolor.

Claro que también hay oportunismo. Claro que algunos grupos aparecen cuando hay cámaras. Claro que existen profesionales del agravio, militantes con megáfono propio y encapuchados que convierten cualquier reclamo en coartada para romper cosas. Los cuales, por cierto, antes eran afines a los que ahora se esconden cobardemente de las protestas.

Decirlo no cancela lo demás. La existencia del oportunista no borra a la madre que busca a su hijo. La piedra lanzada por un idiota no borra la ficha de una persona desaparecida. El abuso de una protesta no absuelve al abuso del Estado.

Sí se puede celebrar un gol y seguir sintiendo asco de la corrupción de TODOS los gobiernos. Todos. De los que se envolvieron en tecnocracia, de los que rezaron desarrollo mientras repartían contratos, de los que prometieron honestidad como si fuera jabón, de los que llegaron con estampita popular y terminaron defendiendo a sus propios intocables. La corrupción en México no tiene ideología estable. Tiene apetito, familia, operador, notario, prestanombres y discurso de ocasión.

Sí se puede sufrir un tiro al poste y seguir pensando en los desplazados de sus casas por una ciudad que decide mejorar solo cuando viene la televisión extranjera.

Cada gobierno cree que sus obras sí son históricas y las del anterior fueron saqueo. Cada administración descubre auditorías cuando le conviene y olvida archivos cuando le toca explicar. Cambian los colores, cambian los himnos, cambian las palabras. La maquinaria se queda. Por eso molesta tanto que intenten vendernos la fiesta como prueba de virtud pública. Un Mundial puede organizarse bien y aun así dejar preguntas graves. Una inauguración puede emocionar y aun así estar rodeada de abusos.

La ceremonia tuvo ese encanto raro de México: belleza, exceso, contradicción y una habilidad única para convertir la historia en escenografía. Hubo bailarines precolombinos pintados con los colores de una bandera que sería usada como símbolo nacional 205 años después. La imagen era hermosa y absurda a la vez, como casi todo lo que hacemos cuando queremos explicarnos ante el mundo.

México es capaz de poner a danzantes antiguos vestidos con una nación que todavía no existía y aun así conmover. Esa licencia estética no mata a nadie. Hasta puede funcionar. El problema empieza cuando usamos la misma libertad creativa para maquillar el presente. Una cosa es pintar de verde, blanco y rojo a un cuerpo ceremonial. Otra muy distinta es pintar de orden una zona cercada, de progreso una obra atrasada, de seguridad una detención denunciada como arbitraria y de paz social una ciudad contenida con vallas.

Sí se puede disfrutar una inauguración así. Sí se puede verla con una sonrisa y, al mismo tiempo, preguntarse quién decidió hacer esas mamarrachadas de vestidos típicos con hoodie. Indignarse con los bailarines de un tipo que osó llamarse Danny Ocean y que parecían secuaces de El Guasón de la serie sesentera.

Dentro, la postal. Fuera, el expediente. Dentro, la coreografía. Fuera, la madre con una foto. Dentro, el patrocinador. Fuera, el vecino mostrando grietas en la casa. Dentro, la transmisión impecable. Fuera, el reclamo tratando de no ser molido por la logística.

Y dentro el asiento vacío que correspondía a la Presidenta y que no fue llenado por la niña futbolista a la que le regaló su boleto en una ceremonia tan cantada como estéril.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos fue otro horror. Como lo ha sido desde que fue atrapada por el gobierno, con una persona a la que le tuvieron que mover la mano para juramentar. Si hubo detenciones denunciadas como arbitrarias fuera del estadio, la pregunta no es si había personal tomando nota. La pregunta es para qué sirve una institución de derechos humanos cuando su presencia no alcanza para contener el abuso en tiempo real.

Rosario Piedra Ibarra, por apellido y por cargo, parece escrita para la metáfora. En una jornada así, la CNDH corre el riesgo de parecer una convidada de piedra, pero de piedra porosa. Está ahí, sin peso, ocupando espacio, presumiendo misión, pero si no protege termina erosionando la confianza pública. Una piedra puede servir para construir un muro de defensa o para tropezar en medio del camino. La diferencia la marca el valor de plantarse frente al poder, aunque el poder invite, pague la mesa y escoja el menú.

La CNDH no necesita ser simpática. Necesita ser útil. Y así como con «La Ministra del Pueblo», solo se han dedicado a defender a un gobierno cada vez más rebasado e inútil. Una comisión de derechos humanos existe para intervenir moral y jurídicamente cuando el ciudadano queda solo frente a la fuerza pública.

Aquí aparece la trampa emocional de estos días. Hay quien quiere convertir cualquier crítica al Mundial en amargura. Hay quien quiere convertir cualquier celebración en complicidad. Ambas posturas son absurdas. La gente tiene derecho a la alegría. La gente también tiene derecho al enojo. Un país que solo sabe indignarse se vuelve inhabitable. Un país que solo sabe festejar se vuelve ciego.

La madurez cívica consiste en sostener las dos cosas sin hacer teatro. Se puede abrazar al desconocido tras el gol de Quiñones y después preguntar por qué una madre tiene que pegar la foto de su hijo en una barda mundialista para que alguien la mire. Se puede comprar una playera y después exigir cuentas por los pagos de las artesanas que la firma contrató para los bordados. Se puede querer que México gane y también querer que el gobierno no use esa victoria como cortina, perfume o absolución.

El futbol tiene una virtud que la política perdió hace mucho: durante noventa minutos se entiende la regla básica. La pelota entra o no entra. El árbitro se equivoca o acierta, pero todos vimos la jugada. Hay marcador. Hay tiempo. Hay consecuencias. La política mexicana, desde el sexenio pasado, en cambio, vive en el VAR eterno: revisan, congelan la imagen, cambian el ángulo, narran otra cosa y al final siempre es culpa del director técnico de hace 4 mundiales.

Por eso el “sí se puede” importa. No como grito ingenuo de estadio, sino como método para no perder la cabeza. Sí se puede querer al país y seguir criticando al gobierno. Sí se puede defender la fiesta popular sin tragarse la propaganda. Sí se puede reconocer el esfuerzo de miles de trabajadores que sacaron adelante la inauguración sin absolver a quienes los hicieron correr a destiempo. Sí se puede agradecer el espectáculo y cobrar la factura política.

México ganó. Eso cuenta. El Azteca volvió a abrir una Copa del Mundo y eso también cuenta. En un país golpeado, cansado, rabioso y profundamente sentimental, la alegría no es poca cosa. A veces un gol acomoda algo por dentro. A veces una tribuna cantando recuerda que todavía existe un nosotros, aunque sea breve, ronco y con cerveza tibia.

Pero la alegría no debe pedirnos silencio. La emoción no exige ceguera. La bandera no tapa a los desaparecidos. El estadio no borra a los vecinos. La transmisión no pavimenta las banquetas. El gol no limpia la corrupción. El Mundial no cancela el derecho a reclamar. Y si alguien insiste en que para disfrutar hay que callarse, conviene contestarle con la misma frase que gritó el estadio, pero mejor usada: sí se puede. Sí se puede celebrar. Sí se puede exigir. Sí se puede mirar el partido y mirar el país.

Noventa minutos para la pelota. Todo lo demás para la memoria.

Conversación

Deja un comentario

Comparte tu punto de vista. Tu correo no se publicará.

Deja un comentario

Descubre más desde Alfredo Mancera

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo