“Me engenté” es una de esas frases mexicanas que parecen pequeñas hasta que uno las mira bien. Suena ligera, casi simpática. Parece una forma elegante de decir “ya me quiero ir”, “había demasiada gente” o “necesito silencio”. Pero en los últimos años empezó a cargar otra cosa. Ya no describe solamente el cansancio de estar rodeado de personas. También nombra el fastidio de tener que convivir sin filtros, sin pausa, sin edición y sin poder poner el celular como escudo frente a la cara.
La palabra viene de antes. Nuestros padres también se engentaban. Uno podía salir del Centro Histórico, de un mercado, de una boda, de una fiesta de quince años o de una reunión familiar con la cabeza como matraca y decir: “me engenté”. Nadie necesitaba diagnóstico. Había ruido. Había empujones. Había niños corriendo. Había tíos con la bocina a todo volumen. Había señoras preguntando por tu vida sentimental con la discreción de una auditoría fiscal. El cuerpo pedía tregua. Punto.
Conviene empezar por una distinción justa. Hay personas introvertidas que siempre han vivido así. No les gusta el contacto constante con la gente. No disfrutan las fiestas largas. No quieren hablar con desconocidos. No sienten placer en estar rodeadas de ruido. No están fingiendo. No son arrogantes. No se creen especiales. Simplemente procesan el mundo de otra manera.
El introvertido auténtico no necesita convertir su cansancio en marca personal. Sabe que necesita espacio. Lo comunica cuando puede. Se retira cuando debe. Aprende a convivir hasta donde le alcanza. Muchas veces tiene mejores modales que el extrovertido profesional, porque sabe cuánto cuesta estar presente. La introversión merece respeto. La pose no.
La diferencia está en la contradicción.
Una cosa es ser introvertido. Otra, muy distinta, es construir una vida pública sobre la atención de los demás, hablar todos los días de “mi comunidad”, pedir likes, vender cercanía, monetizar intimidad y luego sufrir cuando esa misma gente aparece en vivo, con voz, cuerpo, entusiasmo, preguntas y cero respeto por el encuadre.
La escena fue pequeña, pero reveladora. Con el ambiente del Mundial, vi un video de un influencer que se estaba grabando entre aficionados, ruido, camisetas, vendedores, saludos, empujones y emoción. Todo lo que hace que un Mundial sea un Mundial y no un render institucional con música épica. En algún momento, el influencer dijo “Ya me engenté” con algunas interacciones mientras intentaba grabar su contenido.
La escena tenía algo casi perfecto. Una persona que vive de la atención de otros se incomodaba cuando esos otros aparecían en carne y hueso. Una persona que habla de “su comunidad” parecía no saber qué hacer cuando la comunidad dejaba de ser una cifra en pantalla y se convertía en voces, interrupciones, miradas y entusiasmo real. La comunidad servía mientras daba vistas, likes, reproducciones, comentarios, dinero o validación. Cuando pedía una mínima fricción social, ya estorbaba.
Ah, la perra realidad.
“Comunidad” se volvió una de las grandes mentiras dulces de internet. Los influencers la usan con una facilidad admirable. “Mi comunidad”, “esta comunidad tan bonita”, “gracias por ser parte de esta familia”, “los amo”, “ustedes son todo”, «amistades», «mi culto». La frase sale con música emocional, luz cálida y un link de afiliado en la descripción. Suena humana, pero muchas veces significa otra cosa: audiencia monetizable.
Una comunidad real implica reciprocidad. Implica paciencia, límites, gratitud, presencia y roce. La comunidad no solo aplaude. También pregunta. También interrumpe. También se equivoca. También se acerca demasiado. También quiere una foto. También cuenta una anécdota larga. También se atraviesa en la toma y arruina el contenido. Una comunidad real no cabe limpia en una métrica de engagement.
El influencer moderno suele querer los beneficios simbólicos de la cercanía sin pagar el costo humano. Quiere decir “somos familia” sin lidiar con la familia. Quiere tribu sin ruido tribal. Quiere cariño sin roce. Quiere aplauso sin conversación. Quiere presencia sin presencia. «¡Véanme y ámenme!» Pero de lejecitos y de preferencia desués de que los haya podido monetizar.
El Mundial vuelve más visible esa contradicción porque el futbol todavía es uno de los últimos espacios donde la gente se junta sin pedir permiso al algoritmo. Se grita con desconocidos. Se abraza a extraños. Se discute con el de atrás. Se canta mal. Se camina apretado. Se suda. Se espera. Se come parado. Se pierde la señal. Se escucha la misma frase cien veces. Se comparte una emoción que no está personalizada para nadie. El estadio no protege tu burbuja emocional. El estadio la revienta.
Por eso muchos descubren que la comunidad era comodísima cuando estaba ordenada por comentarios.
El problema no es engentarse. Todos nos engentamos. A veces por cansancio. A veces por edad. A veces porque la música está a un volumen diseñado por alguien que odia la conversación. A veces porque uno tuvo una semana larga y el alma ya no trae batería. Engentarse no es pecado. Tampoco vuelve a nadie más profundo, más sensible o más inteligente. Solo indica que el cuerpo llegó a su límite antes que el evento.
El problema aparece cuando “me engenté” se vuelve una coartada para no convivir.
Ahí entran ciertos millennials y los que vinieron después. Generaciones que crecieron con la promesa de administrar la vida desde una pantalla. El mensaje se responde después. La videollamada se apaga. El chat se silencia. El grupo se archiva. La historia se salta. La conversación se abandona con una excusa mínima. La interacción se mide, se edita y se corrige. Entonces una fiesta común empieza a parecer una prueba de resistencia.
Porque en una fiesta no se puede tener el celular en la cara todo el tiempo sin admitir derrota. En una fiesta alguien te habla sin avisar. Alguien te pregunta algo que no preparaste. Alguien espera que escuches. Alguien cuenta una historia malísima. Alguien no entiende tu ironía. Alguien quiere bailar. Alguien quiere brindar. Alguien se sienta a tu lado y no trae subtítulos. Qué abuso.
Ahí se nota el músculo atrofiado de la convivencia. Muchos ya no saben estar en un lugar sin revisar notificaciones cada tres minutos. No saben sostener una conversación sin buscar una salida en la pantalla. No saben aburrirse con elegancia. No saben mirar a alguien a los ojos sin sentir que están perdiendo el control de la escena. La fiesta deja de ser fiesta y se vuelve un espacio hostil donde no pueden editarse a sí mismos.
La vida física tiene una grosería maravillosa: sucede completa. No pregunta si estás listo. No te da opción de recortar silencios. No te permite repetir la frase hasta que salga natural. No te deja escoger tu mejor ángulo. La calle no edita. El estadio no espera. La gente no sigue el guion.
Por eso el contacto real asusta. Quita poder.
Quien controla su imagen en cada segundo puede sentir la espontaneidad como amenaza. Quien vive de presentarse bien puede sufrir cuando la vida le arruga la camisa. Quien convirtió su personalidad en producto puede entrar en crisis cuando el consumidor quiere tocar el empaque. Suena duro, pero el mercado de la autenticidad produce estas ironías. Se vende cercanía hasta que alguien se acerca.
También hay algo de clasismo disfrazado de sensibilidad. A veces “me engenté” quiere decir “había demasiada gente que no se comportaba como yo quiero”. Gente que grita, que empuja, que habla fuerte, que come en la calle, que celebra sin estética, que no entiende el ritual del contenido. La multitud popular siempre incomoda a quienes aman al pueblo como concepto, pero lo sufren como presencia.
En el Mundial esa tensión se vuelve clarísima. Muchas campañas, creadores y discursos hablan de pasión, afición, barrio, orgullo, calle, familia, raza, tribu y celebración. Luego aparece la afición real, con todo su exceso, y de pronto ya no era tan pintoresca. El pueblo queda bien en el spot, en la foto y en la narrativa de marca. En vivo suda, estorba y pide selfie.
La palabra “comunidad” necesita recuperar peso. Una comunidad no es una audiencia que compra tu curso, usa tu código de descuento o te infla las métricas. Una comunidad implica memoria compartida, reglas, cuidado, roce y responsabilidad. También implica soportar al otro cuando deja de ser útil. Si solo existe mientras deposita atención, no es comunidad. Es clientela con apodo emocional.
Y no tiene nada de malo tener clientela. Lo indecente es llamarla familia para venderle algo y tratarla como plaga cuando aparece en persona.
Sería cómodo dejar el asunto solo en los influencers, pero ellos exageran un mal de época. No lo inventaron. Todos hemos preferido el mensaje al encuentro. Todos hemos sentido alivio cuando se cancela un plan. Todos hemos usado el cansancio como salida elegante. Todos hemos confundido paz con aislamiento. Todos hemos sentido que la gente estorba, cuando muchas veces la gente es la materia misma de la vida.
La pregunta es cuánto de ese retiro nos cuida y cuánto nos empobrece.
La introversión sana puede dar profundidad, silencio, observación y criterio. El aislamiento cómodo puede volvernos intolerantes, suspicaces y torpes. Una cosa es necesitar descanso. Otra muy distinta es perder la habilidad de estar con los demás sin sentir que nos violentan por existir cerca.
Quizá por eso “me engenté” pega tanto. Porque suena simpática, pero esconde una pregunta incómoda: ¿me cansó la gente o ya perdí práctica para convivir?
El Mundial, con toda su maquinaria, sus contradicciones, sus marcas, sus excesos y su teatro, todavía tiene una virtud antigua: obliga a la gente a mezclarse. Por noventa minutos, o por varias horas alrededor del estadio, el mundo no se adapta a la burbuja individual. Hay que caminar, esperar, escuchar, esquivar, negociar, celebrar, tolerar y respirar junto a otros. A veces se disfruta. A veces agota. A veces uno sale diciendo “me engenté” con toda razón.
Pero si alguien construyó su vida pública sobre la palabra comunidad, quizá le convenga recordar que la comunidad también hace ruido. También interrumpe. También se acerca. También pide algo. También existe fuera de la pantalla.
Y si eso resulta insoportable, el problema no es la gente. El problema es haberle llamado comunidad a una caja registradora con comentarios.
Conversación
Deja un comentario
Comparte tu punto de vista. Tu correo no se publicará.