Sí, ¿diga? ¿Qué busca?

Woman typing on laptop at wooden desk with notebook, coffee, and lamp at night

Después del post sobre la narrativa del gobierno y sus múltiples ridículos, alguien intentó entrar a este sitio.

No a una página de gobierno. No a un banco. No a un medio nacional. No a una plataforma con millones de visitas. A este sitio. A un blog de tráfico modesto, escrito desde una computadora común, con café, terquedad y una alergia cada vez menos discreta al boletín oficial disfrazado de verdad histórica.

WordPress hizo lo suyo: mandó el correo de restablecimiento de contraseña. Ese correo que aparece cuando alguien intenta forzar la puerta con la delicadeza de quien cree que Internet todavía es un terreno baldío. Pondré aquí las imágenes, porque a veces conviene dejar que el sistema hable solo.

No tengo forma de probar desde qué escritorio salió el intento. Tampoco voy a fingir que tengo un mapa con flechas rojas, música de documental y un becario de inteligencia digital confesando entre lágrimas. Pero sería una ingenuidad deliciosa pensar que ciertos textos pasan inadvertidos para quienes viven de vigilar la conversación pública.

México tiene un gobierno muy poco dado a tolerar la crítica. Mucho menos cuando esa crítica no viene de una ocurrencia, sino de números, contradicciones, promesas rotas, muertos contados con calculadora y obras defendidas con saliva. La opinión la descalifican. El dato les incomoda. La memoria les estorba.

Por eso hacen lo de siempre. Primero minimizan. Luego ridiculizan. Luego etiquetan. Luego buscan cómo intimidar. Si el texto no pesa, lo ignoran. Si pesa un poco, lo registran. Si pesa demasiado, intentan ensuciar la puerta.

La parte más absurda es que este sitio no es una amenaza. No mueve multitudes. No organiza marchas. No tiene presupuesto público, pauta oficial ni ejército de cuentas con foto de prócer en baja resolución. Apenas tiene lectores, ideas y una necedad muy antigua: llamar a las cosas por su nombre.

Quizá fue un bot. Quizá fue un curioso. Quizá fue uno de esos operadores digitales que creen que defender al poder consiste en olfatear cualquier crítica como perro de rancho ante ruido extraño. No lo sé. Lo que sí sé es que el intento llegó después de publicar un texto incómodo.

Y eso dice mucho.

Porque cuando una crítica fundamentada provoca que alguien intente entrar al sitio, la discusión deja de estar solo en el terreno de las ideas. Ya no hablamos únicamente de narrativa. Hablamos de control. De esa tentación vieja, torpe y autoritaria de revisar quién habla, desde dónde habla y cómo se le puede bajar el volumen.

Aquí está el problema para ellos: este blog no necesita permiso.

No lo necesitó para señalar el desastre de la pandemia. No lo necesitó para hablar de muertos, desaparecidos, obras fallidas, eufemismos oficiales o propaganda con sonrisa de mañanera. No lo necesita ahora para decir que algo huele mal cuando, justo después de una crítica, alguien toca la cerradura digital.

Tal vez no pase de una anécdota. Tal vez sea apenas una señal menor. Pero las señales menores también sirven para entender el clima. En un país sano, el gobierno responde a la crítica con información. En un país enfermo de poder, alguien intenta entrar a un sitio de WordPress.

El correo de restablecimiento no asusta. Al contrario: confirma que el texto pegó donde debía pegar.

Y si alguien en una granja digital del gobierno llegó hasta aquí, bienvenido. Puede leer gratis. Para entrar… Eso no lo van a lograr.

No se pierdan el texto que les incomodó.

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