Hay una nueva obsesión en internet: detectar textos escritos con inteligencia artificial. Está en LinkedIn, en X, en columnas, comentarios y grupos de WhatsApp. Alguien publica algo medianamente bien escrito y aparece el perito digital: “esto está hecho con IA”. Si preguntas cómo lo sabe, llega la explicación definitiva: “se nota por el escaneo visual”. Hemos desarrollado una generación de forenses literarios capaces de identificar el origen de un texto mirando tres párrafos mientras esperan el elevador.
Lo curioso es que casi todas las famosas “trazas de IA” existían mucho antes de ChatGPT. Párrafos ordenados, preguntas retóricas, enumeraciones, frases contundentes, argumentos con cierta lógica y conclusiones que cierran una idea. Entrenamos a las máquinas con millones de textos humanos y ahora sospechamos de los humanos cuando escriben parecido a las máquinas. Es como comprar algo que se ve como queso, huele a queso y sabe a queso, para después quejarse porque se parece demasiado al queso.
Paul Lara toca un punto mucho más interesante en su columna “El engaño de los libros sintéticos”, publicada en Excélsior: esa pequeña industria de aspirantes a escritores que descubrió que puede fabricar manuscritos completos con IA en unos 45 minutos y ponerlos a la venta. Ahí sí hay algo que vale la pena discutir. No estamos hablando de corregir una coma, ordenar ideas o pedirle a una herramienta que señale repeticiones. Estamos hablando de confundir la capacidad de producir páginas con el acto de escribir un libro.
Porque escribir debería costar algo. No necesariamente sufrimiento romántico frente a una máquina de escribir, con whisky y tormenta golpeando la ventana. Cuesta tiempo, disciplina, investigación, correcciones, páginas que terminan en la basura y tardes enteras descubriendo que ese párrafo que parecía maravilloso el martes era bastante malo el jueves.
Tengo una referencia cercana. Homo Scrollopitecus acumuló 6,481 minutos de edición. Son poco más de 108 horas, equivalentes a cuatro días completos trabajando sin dormir. Dicho así incluso parece poco. El pequeño detalle es repartir esas horas durante meses, entre trabajo, pendientes y vida cotidiana: sentarse una noche, regresar dos días después, corregir el sábado, releer semanas más tarde y descubrir que algo sigue sin funcionar. Cuatro días completos extendidos durante meses suenan mucho más fáciles de lo que realmente son.
Eso es justamente lo que desaparece en el libro de 45 minutos: el proceso. Puedes generar capítulos, portada, sinopsis y hasta una descripción preciosa para Amazon. Lo que no puedes generar retrospectivamente son los meses que alguien pasó tratando de entender qué quería decir.
Y aquí aparece otra cuestión interesante: la continuidad entre la persona y el texto.
Patricia Armendáriz es un ejemplo divertido. Basta escuchar algunas de sus entrevistas y después leer varios de los textos que aparecen bajo su nombre en LinkedIn. Oralmente, (siendo generosos), puede construir argumentos con la estabilidad y estructura de un andamio a medio armar: empieza por aquí, salta para allá, regresa, mete otra idea y eventualmente, si tenemos suerte, aterriza en algún sitio. Luego uno abre LinkedIn y encuentra una prosa perfectamente ensamblada, con gancho inicial, desarrollo ordenado, ejemplos, enumeraciones, frases de cierre y llamada a la conversación. Una catedral donde hace cinco minutos había tubos y tablones. Su actividad reciente muestra precisamente ese formato muy pulido y estructurado.
¿Eso demuestra que sus textos están escritos con IA? No. Tampoco demuestra que los escriba otra persona. Puede tener un equipo, un editor, trabajar muchísimo sus publicaciones o utilizar inteligencia artificial para ordenar su pensamiento. No tengo forma de saber cuál. Pero la diferencia entre ambas voces es tan grande que resulta perfectamente legítimo preguntarse cuánto del texto final pertenece realmente a la escritura espontánea de quien lo firma.
Y esa pregunta me parece muchísimo más interesante que buscar guiones largos o contar cuántas veces alguien escribió “sin embargo”.
Porque utilizar IA tampoco elimina automáticamente la autoría. Si alguien lleva una idea a la herramienta, discute el argumento, cambia párrafos, elimina lugares comunes, verifica datos y termina apropiándose intelectualmente del resultado, seguimos teniendo una persona trabajando sobre un texto. Si alguien escribe “hazme un libro de 200 páginas sobre liderazgo”, recibe el archivo y esa misma tarde aparece convertido en “autor”, tenemos otra cosa. El problema tiene un nombre bastante anterior a ChatGPT: flojera.
La inteligencia artificial también dejó al descubierto cuánto contenido humano ya era genérico. Muchos comunicados empresariales parecían escritos por ChatGPT veinte años antes de ChatGPT. Una buena parte de los discursos políticos podría producirse mezclando al azar “el pueblo”, “los retos”, “el futuro” y “nuestro compromiso”. Hay textos académicos diseñados aparentemente para castigar a cualquiera que intente terminarlos. La máquina no inventó la prosa aburrida. Tuvo excelentes maestros.
Mientras tanto, la paranoia produce resultados maravillosos. Buena ortografía: sospechoso. Ideas ordenadas: sospechoso. Una introducción que desemboca en una conclusión: artificial. A este ritmo, el certificado definitivo de humanidad será escribir mal. Un typo será prueba de vida, una coma perdida funcionará como huella digital y una repetición innecesaria demostrará que detrás del teclado existe una persona real, probablemente cansada y con 37 pestañas abiertas.
Estamos entrando en una épocaextraña en la que algunos humanos empiezan a escribir peor para demostrar que son humanos.
La discusión debería ser bastante más sencilla. ¿Quién tuvo la idea? ¿Quién construyó el argumento? ¿Quién verificó lo que afirma? ¿Quién tomó las decisiones? ¿Quién puede defender lo escrito cuando alguien lo cuestiona? Y, en el caso de un libro, ¿hubo realmente un proceso creativo detrás o solamente alguien descubrió cómo convertir un prompt en 200 páginas vendibles?
Paul Lara tiene razón en preocuparse por esos libros sintéticos. Un archivo generado en 45 minutos puede tener portada, ISBN y 200 páginas. Nada de eso garantiza que alguien haya escrito un libro. Las máquinas ya pueden producir palabras a una velocidad absurda; precisamente por eso empezará a valer más saber quién tenía algo que decir.
Y quizá podamos dejar de acusar a cualquiera de usar IA simplemente porque aprendió dónde poner las comas.
Esto fue escrito completamente con mis manitas
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