La presa invisible

A veces uno no está triste. O, por lo menos, no está conscientemente triste. Se levanta, trabaja, contesta mensajes, revisa pendientes, discute por alguna estupidez, piensa qué va a comer y consigue terminar el día con esa satisfacción modesta de haber sobrevivido otra jornada sin que nada importante ardiera en llamas. Estresado, sí. Cansado, probablemente. Preocupado por varias cosas. Pero triste, triste… no.

Uno está “bien”.

Las comillas importan porque hemos reducido bastante los requisitos para considerarnos bien. Mientras podamos levantarnos de la cama, trabajar, mantener una conversación razonablemente coherente y no arrojar el teléfono por la ventana, asumimos que la maquinaria funciona. Puede haber ruidos raros, algunas luces encendidas en el tablero, un pequeño dolor atribuíble a latensión y a las horas sentados, o una vibración ocular sospechosa de vez en vez, pero uno funciona.

Quizá cargamos todos, en mayor o menor medida, una especie de depresión semi grave que termina confundiéndose con el paisaje. No hablo necesariamente de depresión clínica ni intento convertir un mal día en diagnóstico. Me refiero a esa capa gris que se acumula con los años: pérdidas, decepciones, preocupaciones, cuentas, noticias, problemas familiares, cansancio, incertidumbre y pequeñas derrotas que jamás alcanzan individualmente el tamaño suficiente para obligarnos a detenernos. Lo que en estos tiempos solemos meter, con bastante alegría, dentro del costal del burnout.

Pero aquí, en el rancho, no nos rajamos. (O en La Condesa, vaya).

Y un día el vecino pone música a todo volumen. Juan Gabriel: Abrázame muy fuerte. Y te derrumbas.

Eso me pasó.

No estaba pensando en alguien muerto. No acababa de recibir una mala noticia. No estaba revisando fotografías antiguas ni revolcándome deliberadamente en recuerdos. Ni siquiera había escogido yo la canción. Llegó atravesando una pared, cortesía de esa extraña convicción vecinal de que compartir mood por la música es un servicio comunitario.

Reconocí la canción y seguí haciendo lo mío.

Hasta que sentí esa presión detrás de los ojos que uno conoce perfectamente. El aviso… Normalmente basta parpadear un poco, tragar saliva, distraerse y continuar con la respetable simulación de estabilidad emocional.

Esta vez no.

En cuestión de segundos estaba llorando como plañidera judía a la que le habían dado un siclo y no un denario.

Pero llorando de verdad. Nada de esa lágrima cinematográfica que baja lentamente por una mejilla mientras uno conserva una expresión digna y fotogénica. Fue un caudal. Una tormenta que comenzó gota a gota, poco a poco y terminó como cubetadas una tras otra. La cara empapada, respiración entrecortada, mocos, espasmos y ese intento bastante inútil de volver a controlar el cuerpo cuando el cuerpo ya decidió que la sesión la dirige él.

Me sorprendió la violencia del llanto. He estado en velorios de familiares relativamente cercanos sin soltar una cantidad semejante de lágrimas. He recibido noticias objetivamente peores que escuchar a Juan Gabriel por la bocina del vecino. He atravesado momentos que, puestos sobre una hoja, tendrían argumentos mucho más sólidos para provocar aquel desastre.

Nada. Y luego una canción que he escuchado decenas de veces encuentra algo. Creo que ahí está la clave. A veces el dardo no produce la herida. Simplemente encuentra el punto débil de una presa que no sabíamos que estaba ahí.

Los adultos desarrollamos una extraordinaria habilidad para administrar emociones. Digo administrar porque “resolver” sería concedernos demasiado crédito. Muchas veces simplemente archivamos. Algo duele, pero hay trabajo. Una pérdida pesa, pero hay que pagar los recibos. Una preocupación aparece, pero tenemos una reunión a las nueve, otra a las once y un correo que lleva tres días esperando respuesta.

Metemos aquello en algún cajón interior y seguimos. Funciona. De hecho, funciona tan bien que terminamos confundiendo silencio con ausencia.

Creemos haber superado ciertas cosas porque podemos hablar de ellas sin quebrarnos. Suponemos que una muerte está procesada porque ya podemos pronunciar el nombre. Pensamos que una decepción dejó de doler porque llegaron otras preocupaciones más urgentes. Una relación parece completamente atrás porque hace años que no pensamos conscientemente en ella.

Pero la memoria no vive únicamente en aquello que decidimos recordar. El cuerpo parece llevar una contabilidad paralela. Y tiene una pésima política de destrucción de archivos.

La cabeza, en cambio, es práctica. Tiene cosas que hacer. El refrigerador hace un ruido raro. El coche necesita servicio. Alguien no contestó un mensaje. Alguien sí contestó y resultó peor. Hay que comprar comida, cumplir fechas, recordar contraseñas, revisar estados de cuenta y fingir que entendemos por qué otra aplicación necesita actualizar sus términos y condiciones.

En medio de eso resulta difícil reservar una tarde para preguntarnos exactamente cuánto nos dolió algo ocurrido hace seis, ocho o quince años. Por eso algunos recuerdos no regresan como pensamientos. Regresan disfrazados de estímulos insignificantes.

Una canción.
Un olor.
Una frase.
Una calle.
Una fotografía encontrada accidentalmente.
La voz de alguien que se parece durante un segundo a la voz de otra persona.
Un platillo que no comíamos desde niños.
Un saco viejo dentro de un clóset.

Cualquier cosa puede convertirse en detonador porque el detonador importa mucho menos que la carga de dinamita emocional que llevaba años esperando detrás de una pared resanada con más ganas que destreza.

La música tiene una habilidad particularmente inquietante para hacer esto. Entra sin pedir permiso. Podemos evitar una conversación, cerrar un álbum, dejar de frecuentar un sitio o desarrollar una explicación muy sofisticada sobre por qué cierta etapa ya está completamente superada. Una melodía ignora todo ese trabajo defensivo y se mete por una puerta cuya existencia habíamos olvidado. Bastan unas notas.

Lo curioso de Abrázame muy fuerte es que no podría señalar a una cuestión concreta y decir: lloré por esto. Fue más amplio.

La canción habla del abrazo como refugio frente al tiempo. Del miedo a perder. De esa necesidad casi desesperada de retener durante unos minutos lo que sabemos que inevitablemente terminará cambiando o desapareciendo.

Cuando uno es joven entiende esas ideas intelectualmente. Sabemos que las personas mueren, que las relaciones terminan, que los padres envejecen y que nosotros mismos somos temporales. Pero ese conocimiento se atrinchera detrás de la esperanza de que esa realidad está muy lejos. Tiene una consistencia parecida a saber que Saturno tiene anillos: cierto, interesante y emocionalmente remoto.

Luego pasan los años.

La muerte empieza a tener nombres.

Las ausencias tienen sillas.

Los recuerdos comienzan a pertenecer a personas con las que ya no podemos hablar.

Hay llamadas telefónicas que dividen la vida entre antes y después. Amigos que se alejan. Familiares que envejecen. Relaciones que terminan incluso sin una gran pelea. Versiones de nosotros mismos que simplemente dejaron de existir porque elegimos otros caminos. Y entonces una canción romántica puede transformarse, sin previo aviso, en una auditoría completa de todo lo que alguna vez quisimos y podemos perder. Tal vez yo no estaba llorando por una persona. Quizá estaba llorando por muchas cosas que nunca habían coincidido en el mismo momento.

Por quienes ya no están. Por quienes todavía están, pero han cambiado. Por la conciencia de que también nosotros vamos cambiando. Por decisiones correctas que tuvieron costos inesperados. Por errores cuyo precio comprendimos demasiado tarde. Por planes que alguna vez parecieron inevitables y simplemente nunca ocurrieron. Por aquellos que vemos que se van marchitando poco a poco y nos reconocemos impotentes para detener esa muerte en pedazos.

Vivir también implica despedirse constantemente de futuros posibles. Elegimos una cosa y dejamos morir otras diez.

Normalmente no pensamos demasiado en ello porque sería agotador. La vida exige seguir avanzando y, hasta cierto punto, está bien que así sea. La capacidad de continuar después de una pérdida o una decepción es una virtud. El problema aparece cuando confundimos fortaleza con impermeabilidad. Quizá por eso también lloramos de maneras aparentemente incoherentes.

En un velorio puede no salir una sola lágrima. Hay familiares, trámites, gente que llega, abrazos, café muchas veces espantoso, conversaciones repetidas, recuerdos conjuntos de la persona finada, decisiones y la extraña formalidad que rodea a la muerte. Alguien tiene que funcionar. Alguien tiene que contestar. Alguien tiene que preocuparse por la persona que parece estar peor. El cuerpo puede posponer.

Y lo que no salió ahí aparece seis meses después mientras abrimos un cajón. O tres años después en un restaurante. O una década y media más tarde porque el vecino puso una canción. Creemos que estamos llorando por lo que acaba de ocurrir, cuando quizá estamos pagando una deuda emocional atrasada.

También hemos desarrollado una obsesión bastante contemporánea con explicarlo todo. Si lloramos queremos identificar inmediatamente la causa, ponerle nombre, encontrar el trauma, comprender el mecanismo, saber qué significa y, de ser posible, convertirlo en aprendizaje antes de cenar.

No todo necesita una tesis. A veces uno llora porque necesitaba llorar. Eso puede ser suficiente. Después del episodio vino algo que tampoco esperaba: calma.

No felicidad. Tampoco tristeza. Más bien una especie de silencio interior, como el que queda después de una tormenta cuando ya dejó de llover pero todavía caen gotas de los árboles. Estaba agotado. También un poco sorprendido. ¿De dónde demonios había salido todo aquello? La respuesta más sencilla quizá sea la correcta: ya estaba ahí. No lo había visto porque la presa parecía estable.

Me gusta esa imagen porque una presa, vista desde afuera, puede parecer tranquila, segura e imponente. Agua casi inmóvil, una estructura firme y poco drama. Lo importante ocurre en la presión que existe detrás del muro. Nosotros construimos algo parecido con rutina, trabajo, humor, obligaciones, disciplina, entretenimiento y, de vez en cuando, una saludable dosis de cinismo. Todo ayuda a contener.

Hasta que algo encuentra una grieta. No hace falta un martillo. Puede bastar un dardo. Y no tendría sentido culpar al dardo por toda el agua acumulada detrás.

Quizá por eso no sentí vergüenza después. Más bien cierta curiosidad. Aquella reacción exagerada decía algo que yo no había sabido escuchar de otra manera. Había más cansancio, nostalgia, miedo o necesidad de afecto de la que conscientemente reconocía.

Tampoco me interesa romantizarlo. No hace falta convertir cada llanto en una ceremonia de sanación, prender una vela aromática y publicar en Instagram que “el universo me obligó a soltar”.

A veces basta lavarse la cara, tomar agua, respirar y seguir…

Solo que ahora sabemos algo que antes ignorábamos: había agua detrás de esa pared.

También entendemos un poco mejor a la persona que de pronto se queda callada frente a una canción. Al hombre que llora con una película que ha visto veinte veces. A quien tiene que estacionarse porque escuchó una melodía mientras manejaba. A la mujer que encuentra una camisa que todavía conserva un olor conocido.

No siempre reaccionamos únicamente a lo que está frente a nosotros. A veces responde nuestra historia completa. Y la historia pesa.

Quizá ésa sea una de las cosas menos cómodas de aceptar sobre la vida adulta. Podemos estar genuinamente bien y llevar tristeza dentro. Podemos sentir gratitud por nuestra vida actual y nostalgia por otra etapa. Podemos amar a quienes tenemos cerca y extrañar profundamente a quienes dejaron de respirar. Podemos estar satisfechos con nuestras decisiones y todavía preguntarnos qué habría ocurrido si hubiéramos tomado otra ruta.

Nada de eso tiene que cuadrar perfectamente. Las emociones rara vez obedecen nuestras necesidades administrativas. Y quizá Juan Gabriel entendió algo muy sencillo: frente al tiempo, el abrazo importa. No la explicación. No la teoría. La cercanía. El abrazo. Saber que alguien está ahí ahora, precisamente porque algún día no estará.

Tal vez por eso aquella canción encontró con tanta facilidad el punto débil de la presa. No hablaba únicamente de una pareja o de un amor romántico. Tocaba esa certeza mucho más grande y bastante más incómoda: todo aquello que queremos está sometido al tiempo. El tiempo pasa y él nunca perdona. El tiempo es malo y muy cruel amigo. Ha hecho estragos en todo el mundo. Nosotros incluidos.

Y gracias, Juan Gabriel. Por las lentejuelas, por el exceso, por la voz y por esa manera de plantarte frente a un país que durante décadas confundió hombría con dureza. Tomaste buena parte de ese machismo, lo obligaste a cantar contigo y, casi sin pedir permiso, lo convertiste en otra cosa: despecho, ternura, deseo, ausencia, amor. Muchos quizá nunca aceptaron tus lentejuelas, pero terminaron cantando tus canciones con la mano en el pecho. Y eso, para un país como México, fue una pequeña revolución.

Seguimos creyendo que nuestras emociones deberían llegar ordenadas, etiquetadas y en el momento correspondiente. Que deberíamos llorar en el funeral. Estar tristes durante el duelo. Recordar cuando decidimos recordar. Olvidar cuando dijimos que ya habíamos olvidado. Pero no funciona así. A veces uno aguanta durante años. Y un jueves cualquiera escucha una canción. Una nota. Una frase. Un recuerdo. Una voz. Algo se mueve. Algo cede.

Y sale una lágrima.

Luego otra.

Después otra.

Hasta que ya no sabemos exactamente por quién estamos llorando.

Por alguien que murió.

Por alguien que se fue.

Por agradecer que alguien siga aquí.

Por quienes todavía están.

Por quienes ya envejecieron.

Por nosotros.

Por lo que fuimos.

Por lo que no ocurrió.

Por lo que quizá nunca ocurra.

Por todo lo que aún tenemos y sabemos que un día tendremos que soltar.

Y esas ideas se van agolpando como lo hacen las lágrimas en las mejillas…

Así.

Súbitas.

Una tras otra.

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