Subidos en el diccionario

Hay una forma muy contemporánea de presumir inteligencia sin pasar por la incómoda tarea de demostrarla: aprender una docena de palabras académicas, convertirlas en categorías morales y utilizarlas para decidir quién merece hablar antes siquiera de escuchar qué está diciendo.

El procedimiento es sencillo. Tomas una idea que cualquier adulto puede comprender —la gente discrimina, existen prejuicios, algunos cánones de belleza son crueles, las circunstancias personales pueden acumular desventajas— y la sometes a una transformación lingüística. Ya no existen personas gordas tratadas con desprecio, sino «corposentires históricamente subalternizados». Ya no hay presión para adelgazar, sino «mandatos de delgadez». Una preferencia estética se convierte en «régimen político». Una grosería pasa a ser «violencia» y una diferencia de opinión termina siendo una forma de «discurso de odio». La frase se hace más larga. La idea no necesariamente se hace más inteligente.

El mejor truco llega cuando aparece el culpable universal: «los señores blancos», «el hombre cishetero», «los vatos cis», «las mujeres blancas», «los cuerpos normativos» o cualquier combinación confeccionada para la ocasión. Porque eso sí… si la que está hablando es una morra barrializada con un poco más de grasa corporal que el promedio, quiere callar a la morra blanquita, flaquita que también sufre violencia, con el enorme argumento de «Cállate Blanca». Ahí ocurre algo maravilloso: gente que presume haber superado los prejuicios descubre que puede saber qué tan valiosa es una opinión mirando sexo, color de piel y orientación sexual del interlocutor. Pero progresivamente, claro, porque hacerlo a la antigua sería discriminación.

Lo hemos visto tantas veces que ya parece una estructura argumental aceptable: «¿Por qué tendría que escuchar la opinión de un señor blanco heterosexual sobre esto?». Pues por la misma razón por la que escuchamos cualquier argumento: para averiguar si tiene razón. No existe un cromosoma del razonamiento masculino, una melanina epistemológica ni una orientación sexual que determine el funcionamiento del silogismo. Si un hombre blanco heterosexual dice que la Tierra tarda aproximadamente un año en dar una vuelta al Sol, el dato no se vuelve sospechoso porque el pobre cabrón tenga demasiados privilegios acumulados.

Y si está equivocado, se demuestra. Ese detalle parece haberse vuelto sorprendentemente exótico.

Porque «eres un señor blanco cishetero» no refuta absolutamente nada. Es una falacia ad hominem con certificado de responsabilidad social. Suena sofisticada porque previamente se redactaron quinientas páginas explicando por qué, en este caso particular, juzgar la credibilidad intelectual de una persona mediante categorías colectivas constituye una brillante forma de pensamiento crítico.

La misma persona que consideraría escandaloso responderle a una mujer «tu argumento no vale porque eres mujer» puede escribir sin pestañear «otra vez un hombre cishetero explicándonos…». La operación lógica es idéntica. Lo único que cambió fue quién recibió permiso moral para practicarla.

Y aquí aparece una de las partes más irritantes de cierta cultura activista: la condescendencia intelectual. Esa actitud de quien parece convencido de haber descubierto mecanismos secretos del universo porque aprendió las palabras «interseccional», «capacitista», «racializado», «heteronormativo» y «subalternizado». El resto somos pobres salvajes epistemológicos. Nosotros vemos a una señora insultando a otra por su peso; ellos detectan «la reproducción de dispositivos disciplinarios sobre corporalidades no hegemónicas atravesadas por sistemas interseccionales de opresión».

Perdón por interrumpir, pero ¿entonces la señora fue culera o no? Porque podíamos haber empezado por ahí.

La interseccionalidad, por ejemplo, parte de una intuición perfectamente sensata: las circunstancias se combinan. Una persona pobre con discapacidad puede tener problemas distintos a los de una persona rica con la misma discapacidad. Una mujer indígena de una comunidad rural puede enfrentar obstáculos diferentes a los de una ejecutiva rica de una gran ciudad. Entendido.

El problema surge cuando esa observación se transforma en una contabilidad moral donde cada identidad concede o retira autoridad para hablar. Entonces la sociedad empieza a parecer la pantalla de Fallout armada por el departamento de Estudios Culturales:

+8 opresión histórica.
+4 diversidad corporal.
+3 identidad minoritaria.
-7 hombre.
-6 heterosexual.
-12 blanco.
Penalización adicional si usa mocasines.

Al final nadie escucha el argumento porque estamos demasiado ocupados revisando la ficha del personaje.

Llegados a ese punto ya no analizamos ideas. Administramos castas discursivas.

La palabra «capacitismo» ofrece otro ejemplo. Si significa tratar injustamente a alguien porque tiene una discapacidad, estupendo. Es una conducta real que merece reproche. También disponíamos de «discriminación por discapacidad», pero admitamos que no luce igual en una diapositiva de PowerPoint.

«Violencia estética» puede referirse a humillaciones continuas relacionadas con el físico, algo que también existe. Todos conocemos personas dañadas durante años por comentarios sobre su peso, su cara, su estatura o alguna característica corporal. La precisión se va al carajo cuando cualquier presión estética pasa a llamarse violencia, porque entonces una golpiza y un comentario desagradable empiezan a pertenecer verbalmente a la misma familia. El concepto gana dramatismo y pierde resolución. Es una alarma de incendios programada para sonar también cuando alguien prende el tostador: después de veinte alarmas, nadie sabe dónde está el fuego.

Con la «gordofobia» sucede algo parecido. Burlarse de alguien por ser gordo es miserable. Negarle oportunidades exclusivamente por su aspecto puede constituir discriminación. Convertirlo constantemente en objeto de humillación resulta cruel. No hace falta inventar una metafísica de la hamburguesa para entenderlo.

Pero cierta retórica consigue transformar el acto de comer en una cuestión de soberanía corporal y resistencia política. Una mujer que se come una hamburguesa ejerce su «derecho soberano al apetito». Si alguien menciona que determinados patrones alimentarios pueden tener consecuencias para la salud, corre el riesgo de convertirse instantáneamente en agente del «régimen político de la delgadez». A este ritmo, pedir las papas grandes será desobediencia civil.

El problema intelectual aparece cuando palabras como «régimen», «violencia», «opresión» y «mandato» hacen el trabajo que debería hacer la evidencia. Si yo digo «existe una preferencia social por determinados cuerpos», todavía tenemos una discusión interesante. Podemos preguntar cuánto influye la publicidad, cuánto la biología, cuánto la cultura, cómo ha cambiado el ideal corporal con el tiempo y cuáles son sus consecuencias. Si empiezo diciendo «vivimos bajo un régimen gordofóbico que disciplina los cuerpos mediante mandatos hegemónicos», ya he introducido la sentencia dentro de la acusación.

Y ahora demuestra que eres inocente.

Peor todavía: en algunos de estos sistemas retóricos, negar la acusación confirma la acusación. «No creo formar parte de ese sistema». Claro, eso demuestra hasta qué punto lo has interiorizado. «No considero que eso sea violencia». Exactamente lo que diría alguien que normalizó la violencia. «Creo que estás exagerando». Tu reacción defensiva demuestra tu privilegio. Es intelectualmente precioso: una teoría que explica cualquier respuesta posible nunca pierde. También explica bastante poco.

Y entonces llegamos al sacerdocio de la identidad, donde algunas personas parecen utilizar sus etiquetas como si fueran grados académicos. «Como mujer…», «como hombre gay…», «como persona gorda…». Perfecto. Tienes una experiencia, y puede aportar información que otros quizá no tenemos. Lo que no otorga es infalibilidad.

Ser víctima de una injusticia puede darte conocimiento privilegiado sobre lo que experimentaste. No te entrega automáticamente un doctorado honoris causa en economía, medicina, sociología, historia, nutrición y teoría política. Ni convierte en imbécil al «señor blanco» sentado enfrente.

Este punto debería resultar especialmente evidente para cualquiera que realmente deteste los prejuicios: la dignidad de una persona no depende de su identidad y la validez de una proposición tampoco. Una mujer puede decir una estupidez y un hombre puede tener razón. Una persona trans puede construir un argumento excelente y otra puede construir uno pésimo. Un hombre blanco heterosexual puede ser el más preparado de la mesa o el más bruto. Tendremos que soportar la insoportable tarea de escuchar lo que dicen antes de decidirlo.

Eso era precisamente uno de los grandes avances de la civilización liberal: sustituir la pregunta «¿quién eres?» por «¿qué puedes demostrar?». Resulta curioso ver cómo cierta cultura que habla obsesivamente de diversidad ha recuperado el viejo reflejo tribal de clasificar al hablante antes que su argumento. Cambió las categorías, actualizó el vocabulario y añadió una bandera muy bonita al perfil. El mecanismo humano sigue siendo antiquísimo: los nuestros entienden; los otros deben callarse.

Luego está la cuestión estética del asunto, porque también existe una moda intelectual. Decir «discriminación» parece vulgar. «Subalternización» tiene más cuerpo. «Presión social» sabe a poco. «Violencia estructural» entra en la habitación con música de Wagner. Y «corposentir»… bueno, en algún momento también debemos aceptar que juntar dos palabras no necesariamente produce una tercera idea.

El resultado de toda esta inflación verbal es paradójico. Problemas auténticos quedan enterrados debajo de una jerga que invita a la caricatura. La discriminación existe. La crueldad existe. Los prejuicios existen. Las personas con discapacidad encuentran barreras absurdas. Las mujeres reciben presiones estéticas brutales. Las personas gordas pueden sufrir humillaciones que nadie merece. Son asuntos demasiado serios para convertirlos en un concurso de quién maneja mejor el diccionario de Instagram.

Pensar exige distinguir entre insulto y argumento, preferencia y coerción, enfermedad e identidad, desigualdad y discriminación, incomodidad y violencia. También exige una disciplina que suele resultar mucho menos satisfactoria que llamar privilegiado al contrario: aceptar que alguien que nos cae mal puede tener razón, incluso un hombre, incluso uno heterosexual, incluso uno blanco, incluso —Dios nos ampare— un señor blanco heterosexual de mediana edad.

Cuando necesitas diecisiete palabras nuevas para explicar que está feo burlarse de una gorda, quizá no hayas descubierto una nueva estructura de dominación.

Quizá simplemente te hace falta un diccionario.

Y uno normal.

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