¿Quieren quitarles el voto?

En algunos rincones de la derecha religiosa estadounidense ha comenzado a circular una propuesta llamada household voting: un voto por hogar, ejercido por el jefe de familia. En sus versiones más cavernícolas, cuando el matrimonio no logra ponerse de acuerdo, el esposo tendría la última palabra.

La idea es estúpida. El voto siempre debe ser, indivudual, libre y universal. No, tampoco debe hacerse exámen o tener cierto nivel educativo para poder ejercerlo, (paren de joder también con eso).

Una familia puede compartir casa, apellido, hipoteca, deudas y hasta la contraseña de Netflix, pero no necesariamente comparte criterio político. Ningún adulto debe perder su voz porque decidió casarse.

Quienes denuncian que esta propuesta busca quitarles el voto a las mujeres no están inventando su contenido. Algunos de sus promotores dicen exactamente eso. La manipulación aparece cuando toman las declaraciones de un grupo de influencers, pastores y activistas ultraconservadores y las presentan como el proyecto general de “la derecha”.

Hasta ahora, el voto familiar no forma parte de una iniciativa legislativa ni aparece en la plataforma nacional republicana. La plataforma electoral habla de identificación, ciudadanía, boletas de papel y controles electorales. El voto por hogar permanece en el terreno de las ocurrencias extremas. En mi entorno familiar se les llama estupideces, cuando hay niños presentes.

Traslademos el disparate a México.

En 2022 había 37.6 millones de hogares. De ellos, 12.4 millones —casi uno de cada tres— estaban encabezados por mujeres. Para finales de 2023, 11.5 millones de madres se identificaban como jefas de hogar.

El dato resulta todavía más claro en las familias monoparentales. De 5.65 millones de hogares de este tipo registrados por el INEGI, 4.79 millones tenían jefatura femenina: casi 85%.

Esto no significa que todos esos padres hayan abandonado a sus hijos, aunque en México todos conocemos un papá que fue por cigarros o alguno que otro con complejo de Pedro Páramo. La ausencia del cónyuge puede responder a separación, divorcio, viudez, migración o muchas otras circunstancias. El punto es que aún si Morena, (quienes tienen el poder en este momento para torcer las leyes a conveniencia), lleva a cabo esta imbécil propuesta de que soolo vote el “jefe de familia”, millones de mujeres mexicanas conservarían el voto.

La propuesta seguiría siendo inaceptable. Solo sería menos parecida a la caricatura que se difunde.

Podemos aplicar el mismo método a otra idea estúpida y muy recurrente de la izquierda de internet: quitarles todo a los grandes multimillonarios y repartirlo entre la humanidad. Acabamos con la pobreza antes del desayuno y todavía llegamos a tiempo para marchar contra el capitalismo después de comer.

Hagamos la cuenta.

En la consulta realizada el 15 de julio de 2026, las cinco mayores fortunas estimadas por Forbes pertenecían a Elon Musk, Larry Page, Sergey Brin, Jeff Bezos y Michael Dell. Entre los cinco acumulan 1 millón 779 mil millones de dólares.

Supongamos que podemos confiscar cada acción, empresa, propiedad y activo sin provocar una caída en su valor. Supongamos también que podemos convertir toda esa riqueza en efectivo sin costos, impuestos, juicios, fuga de capitales ni desplome bursátil.

Si repartimos 1 millón 779 mil millones de dólares entre 8,300 millones de personas, cada habitante recibiría aproximadamente 214 dólares.

Una sola vez.

Después de repartir el dinero, las empresas perderían propietarios, las acciones cambiarían de precio y el problema de la pobreza seguiría ahí. Pero durante unas horas las redes sociales tendrían una infografía preciosa.

Aquí está el verdadero asunto.

Toda corriente política produce idiotas. La derecha tiene personas dispuestas a entregar el voto individual al patriarca del hogar. La izquierda tiene personas convencidas de que una fortuna estimada funciona como una montaña de billetes guardada en una bóveda.

Una sociedad adulta escucha esas ideas, se ríe un momento y regresa a los problemas serios: los feminicidios que quedan impunes, la violencia sexual que rara vez llega a sentencia y la sumisión química, un delito tan ignorado que México ni siquiera cuenta con estadísticas oficiales para medirlo. Una sociedad dominada por el algoritmo toma la mayor tontería del adversario, la amplifica y la convierte en prueba de una conspiración nacional.

La discusión deja entonces de tratar sobre lo que realmente proponen partidos, legisladores o gobiernos. Empieza a girar alrededor de videos de quince segundos, capturas sin contexto y personajes cuya única relevancia proviene del escándalo que generan.

Las ideas estúpidas siempre existirán. El problema comienza cuando les concedemos categoría de programa político, las presentamos como representativas de millones de personas y organizamos todo el debate público alrededor de ellas.

La estupidez puede ser marginal. El peso que decidimos darle ya es responsabilidad nuestra.

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