Un buen villano cambia la temperatura de una película. Cierra rutas de escape y obliga al héroe a descubrir que todavía no está listo. Puede perder al final. Antes debe imponer un precio.
Darth Vader entendía esa función. No necesitaba gritar para dominar una habitación. Caminaba despacio, hablaba poco y administraba la violencia como una herramienta. En El Imperio contraataca no derrota únicamente a Luke: le quita una mano y una certeza.
Compararlo con Kylo Ren resulta casi cruel. Kylo comienza con una imagen formidable: detiene un disparo en el aire. Pronto se convierte en un adolescente furioso que destruye consolas mientras los soldados evitan su berrinche. Hasta el secreto de su identidad es desechado en la primera película. Se quita el casco y el misterio muere.
Al final de The Force Awakens, Rey lo vence en su primer duelo con un sable de luz. Estaba herido, sí, pero la historia usa esa derrota para reducirlo. Snoke se lo recuerda en The Last Jedi: fue vencido por una joven que empuñaba el sable por primera vez. El villano perdió autoridad antes de terminar su primera película.
La derrota también perjudica a Rey. Si puede superar al heredero de Vader, ¿qué queda por aprender? La trilogía responde dándole más poder. Nunca construye una debilidad profunda que deba dominar.
Ese problema aparece cuando Hollywood escribe protagonistas mujeres. Los estudios parecen aterrados ante la posibilidad de mostrarlas equivocadas, inmaduras, cobardes, egoístas o derrotadas. Las protegen tanto que les quitan el derecho a crecer. Una heroína perfecta desde el principio funciona como cartel publicitario. Como personaje dramático tiene poco espacio para moverse. El arco del héroe se vuelve imposible y sin emoción.
Ripley y Sarah Connor tuvieron miedo, cometieron errores, y trabajaron por su fuerza.
Captain Marvel lleva el problema al extremo. Yon-Rogg manipula a Carol Danvers, controla su entrenamiento y sostiene la mentira sobre su pasado. Podía representar una amenaza intelectual y emocional. En cuanto ella descubre todo su poder, deja de existir como rival.
En el enfrentamiento final intenta retarla a pelear sin poderes. Carol lo derriba de un disparo y lo manda de regreso a Hala. Además, lo elimina con la frase «No tengo nada que demostrarte». Supremo. Nunca hubo una pelea posible. Carol no supera una falla ni paga por una mala decisión. Solo recuerda que ya era invencible.
Wonder Woman 1984 presenta dos villanos y no construye uno completo. Cheetah funciona como obstáculo físico. Maxwell Lord provoca un caos mundial, pero cae cuando Diana convence a la humanidad de renunciar a sus deseos y él recuerda a su hijo. La escala es enorme; la amenaza, pequeña. Tampoco ayudó el quererlo meter a fuerza en la representación de Donald Trump. Parecía la cucaracha de Men In Black con la piel del granjero muerto.
Diana renuncia a Steve Trevor, aunque la película trata esa decisión como confirmación de su bondad previa. La heroína correcta aprende que debe seguir siendo correcta. Dramáticamente, corre cien kilómetros para terminar en el mismo lugar.
Las Cazafantasmas de 2016 ofrece otro ejemplo. Rowan es pobre hombre patético. Un técnico resentido que busca romper la barrera entre vivos y muertos y vengarse de un mundo que lo ve hacia abajo. Podía ser un villano inquietante: un hombre insignificante que convierte su rencor en una catástrofe. La película lo vuelve un niño furioso con acceso a internet y después una versión gigantesca del logotipo de la franquicia. De esa película lo más memorable es lo monumentalmente idiota que se esforzaron por hacer a Kevin.
Rowan no reta las ideas, los métodos ni la amistad del grupo. Sirve para activar la batalla final. Las protagonistas ya son valientes, listas, leales y moralmente superiores. El villano no encuentra una grieta porque el guion nunca permitió que existiera.
Marvel se perdió después del shock que causó en Infiniti Wars. Ver a gente furiosa y confundida salir del cine porque el malo ganó fue una señal personal de una buena película. Me hizo sentir como en Empire Strikes Back o The Usual Suspects. Kang debía convertirse en el nuevo gran terror de Marvel. Quantumania lo presenta como un conquistador que ha destruido mundos. Luego unas hormigas tecnológicamente avanzadas lo debilitan antes del enfrentamiento final con Ant-Man y Wasp.
Marvel quería que el público temiera su regreso después de haber hecho una burla de su amenaza. Un villano serial necesita acumular victorias, misterio y autoridad. Kang acumuló variantes y derrotas. Algunas francamente imbéciles.
Parte del Hollywood actual teme permitir que el héroe parezca débil. Lo protege de fracasos claros y evita que se equivoque durante demasiado tiempo. Esta protección se vuelve más rígida con muchas protagonistas mujeres, como si mostrar una falla humana fuera una concesión machista a un enemigo imaginario.
El resultado produce personajes planos. La grandeza necesita una medida. Crecimiento. Dudas. Llanto y desesperación. Ripley llora cuando ve a un colono siendo machacado desde dentro por un Chestbuster. Sarah llora al enfrentarse a la decisión de acabar con la vida de Miles Dyson. Luke llora con un desesperado «Noooooooooooooo!» después de una revelación brutal. Sin un rival competente, el protagonista queda reducido a poderes, poses y frases diseñadas para el tráiler.
The Batman entendió la regla.
Su Acertijo es un hombre aislado, resentido y alimentado por comunidades digitales. También es disciplinado, paciente y más inteligente que el Batman novato. Marca el ritmo de la investigación, expone la corrupción que Bruce no vio y convierte su captura en otra etapa del plan.
Batman resuelve varios acertijos, pero no descubre a tiempo el objetivo final. Las bombas destruyen el muro de contención y Gotham queda inundada. El Acertijo transforma la ciudad y demuestra que estuvo varios pasos adelante.
Su victoria más importante ocurre dentro de Batman. Uno de sus seguidores repite “soy la venganza” antes de intentar matar inocentes. Bruce comprende que su cruzada inspiró miedo, resentimiento e imitadores. El Acertijo creyó que ambos trabajaban juntos y, en cierto sentido, tenía razón.
El villano obliga al héroe a crecer. El murciélago al inicio de la película quiere castigar a Gotham. El que sale comienza a entender que también debe salvarla.
Un gran villano obliga al héroe a perder orgullo, seguridad, una relación o la versión infantil de sí mismo.
Vader hizo crecer a Luke. El Acertijo hizo crecer a Batman. Los villanos olvidables apenas retrasan al protagonista antes de recibir un rayo de distinto color.
Por eso tantas películas recientes se evaporan al terminar los créditos. Sus héroes nunca estuvieron realmente en peligro. Sus villanos nunca parecieron capaces de vencer.
Y cuando nadie puede caer, el abismo en la pantalla deja de dar miedo. Deja de inspirarnos a crecer.
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