Stuart sí logró salvar algo

Advertencia: este texto contiene spoilers del primer episodio de Stuart Fails to Save the Universe.

Llegué a Stuart Fails to Save the Universe con más curiosidad que entusiasmo. La idea parecía escrita durante una junta de ejecutivos sobrecaergados de chai latte que todavía reciben presupuesto y con tres ideas que inundan el ambiente actual: franquicia, multiverso y nostalgia. Debo decir que me ahorré activamente Young Sheldon y Georgie & Mandy’s First Marriage. Los ejecutivos lo notaron y pensaron que faltaba un movimiento más peligroso: poner el destino de la realidad sobre los hombros de los personajes secundarios y esperar que Stuart Bloom pudiera cargar una serie.

Después del primer episodio, no me pareció tan mala apuesta.

No porque la serie haya reinventado la televisión ni porque haya presentado una tesis profunda sobre el destino humano. Funcionó porque entendió algo mucho más básico y más difícil: tenía que ser divertida. El episodio refresca personajes conocidos, abre posibilidades narrativas, aprovecha un presupuesto visible y recupera una clase de humor nerd que llevaba tiempo desaparecida. Varios chistes sí me dieron risa. Parece una observación pequeña, pero en una comedia moderna casi cuenta como efecto especial.

La serie se estrenó el 23 de julio en HBO Max, (o cualquiera que sea el nombre que tenga esta semana la lataforma) y es la primera continuación directa situada después de The Big Bang Theory. Su temporada inicial tendrá diez episodios. (Adiós a aquellas temporadas de 24 capítulos. ¡Malditos Zennials y su rango de atención de 4 segundos!). Los nuevos protagonistas son el equipo B, (y uno que otro C), de la serie original: Stuart, Denise, Bert y Barry Kripke en una aventura entre realidades alternas.

Ese cambio era necesario. Reconstruir The Big Bang Theory con sustitutos habría sido una sentencia de muerte. Nadie necesitaba un nuevo Sheldon, un Leonard de descuento o una Penny fabricada en laboratorio. Stuart Fails to Save the Universe cambia el género, la escala, el lenguaje visual y hasta la clase de violencia. (Me encontré un gore MUY divertido y extraño en un programa donde mencionan a Sheldon y a Leonard). Y todo eso lo logra conservando el ADN nerd y lo coloca dentro de las historias que aquellos personajes habrían consumido sin pensarlo.

El episodio abre en una Pasadena devastada. Hay vehículos quemados, criaturas gigantes, supervivientes, armas improvisadas y una tienda de cómics que, de manera muy Stuart, sigue abierta cuando la civilización ya dejó de funcionar. Bert entra como si todavía fuera un cliente habitual y negocia alimento enlatado por un cómic de Batman. Incluso después del apocalipsis, dos clientes discuten si Hawkeye merece ser un Avenger. La escena resume bien el tono: el universo puede colapsar, pero un nerd jamás abandonará una discusión inútil cuando todavía le queda oxígeno.

Los guiños a Fallout, The Last of Us y las películas de zombis funcionan porque aparecen dentro del diseño del mundo, no como nombres gritados para que el público aplauda. El polvo, la ropa, los refugios, las criaturas y la organización absurda de los sobrevivientes construyen una realidad reconocible. El episodio sabe que hemos visto cien apocalipsis en pantalla y usa ese cansancio como parte del chiste. Stuart vive dentro de un género que conoce demasiado bien, aunque el conocimiento de cómics y videojuegos no lo convierta automáticamente en un héroe competente.

Aquí aparece una de las mejores decisiones del estreno: Stuart sigue siendo Stuart, pero deja de ser una colección de enfermedades, fracasos comerciales y comentarios depresivos. Kevin Sussman conserva la pausa, la mirada cansada y esa capacidad de decir algo terrible con el tono de quien pregunta la hora. También recupera una dignidad que The Big Bang Theory le había quitado poco a poco. Stuart apareció como artista competente, propietario de un negocio y rival romántico accidental de Leonard; con los años terminó convertido en el hombre que entraba a una habitación para anunciar que su cuerpo estaba fallando.

La nueva serie aprovecha al perdedor sin despreciarlo. Ese matiz importa. Stuart no se vuelve valiente de pronto ni descubre músculos debajo de la chamarra. Sigue asustado, confundido y bastante consciente de que existen personas más calificadas para salvar la realidad. Su utilidad nace de haber sobrevivido a una vida entera de pequeñas derrotas. Quien ha mantenido abierta una tienda de cómics en Pasadena, pagado renta con ventas de figuras y soportado años de humillación social ya desarrolló una resistencia que un superhéroe difícilmente entiende.

Bert también recibe una actualización efectiva. Brian Posehn domina el arte de pronunciar la frase más extraña con la emoción de alguien que lee las instrucciones de un shampoo. Su presencia mantiene el episodio en tierra mientras todo alrededor se vuelve más grande, más violento y más ridículo. Bert no necesita competir por cada remate. Espera, observa y deja caer una línea seca. En una época en la que muchas comedias confunden velocidad con gracia, ese ritmo resulta refrescante.

Denise entra como una superviviente capaz, armada y endurecida, aunque conserva el humor peculiar que mostró en la serie original. La relación con Stuart parece destinada a funcionar como centro emocional del nuevo programa. Eso puede darle a ambos algo que The Big Bang Theory apenas tuvo tiempo de desarrollar. Denise apareció en pocos episodios de las últimas temporadas, lo que permite escribirla con mayor libertad. Lauren Lapkus tiene espacio para construir una persona y no únicamente “la novia de Stuart que también sabe de cómics”.

Barry Kripke, convertido en gobernante despótico de Caltech y parte del Valle de San Gabriel, fue una delicia total. El hombre que antes entraba, molestaba a Sheldon y salía ahora controla tropas, recursos y prisioneros. John Ross Bowie entiende que Kripke funciona mejor cuando su seguridad supera por completo su capacidad moral. El poder no lo transforma; únicamente le da presupuesto. Es la misma clase de sujeto desagradable, ahora con uniforme, guardias y permiso para disparar.

La secuencia editada con Sabotage, de Beastie Boys, es uno de los momentos que mejor vende la nueva dirección. Tiene energía, movimiento y un sentido del humor profundamente nerd. No busca fingir que estos personajes son héroes de acción auténticos. Los viste con la iconografía de una misión imposible mientras recuerda que siguen siendo Stuart, Bert y compañía. La canción convierte la preparación en una fantasía de competencia. El montaje sabe que ellos se sienten más espectaculares de lo que realmente son, y justo ahí aparece la gracia.

La escena también muestra a dónde se fueron los dólares: a efectos e identidad visual. Y se agradece la inversión. The Big Bang Theory podía sugerir una aventura espacial alrededor de una mesa. Aquí deben mostrarse el desastre, las criaturas, los portales y las distintas versiones del mundo. El estreno se ve bien. Hay intención en escenarios, vestuario, efectos y edición.

El cameo de Penn & Teller es breve, absurdo y perfecto. No detiene la historia para explicar quiénes son ni coloca una luz encima de Teller mientras una voz anuncia la referencia. Los presenta haciendo magia en medio del apocalipsis, porque incluso tras el fin del mundo alguien intentará cambiar una lata de frijoles por un truco. La broma funciona por sí misma. Para quienes recuerdan The Big Bang Theory, tiene una capa adicional: Teller interpretó al padre de Amy, un hombre silencioso que vivía bajo el dominio verbal de su esposa. En este estreno regresa como él mismo, sobreviviendo junto a Penn.

La aparición de Raj tiene más peso. Surge transformado en un prisionero barbado, golpeado por años de desastre y obligado a trabajar con el dispositivo que dañó la realidad. Raj participa en la solución, demuestra que sigue siendo un científico capaz y termina recibiendo un disparo de Kripke justo cuando parece haber arreglado el problema. El multiverso permite matarlo sin cerrar la puerta a otras versiones, aunque el momento conserva una mezcla extraña de sorpresa, crueldad y afecto.

Me pareció un cameo bastante aceptable porque no reduce a Raj a entrar, decir una frase conocida y desaparecer entre aplausos. Tiene una función narrativa. Su conocimiento importa. Su presencia conecta el nuevo desastre con los científicos de la serie original. Incluso su muerte sirve para establecer que este programa puede tratar a sus personajes con una violencia que CBS jamás habría permitido.

La escena también revive una molestia vieja. Fui fan de The Big Bang Theory hasta su última temporada. Durante buena parte de su recorrido, la serie permitió que sus personajes crecieran. Howard pasó de acosador insufrible a esposo, padre y astronauta. Sheldon aprendió sacrificio, amor y gratitud. Amy encontró una vida afectiva sin cancelar su inteligencia. Penny construyó una carrera, Leonard puso límites y Bernadette convirtió su ambición en una fuerza familiar.

Raj quedó atrás.

La serie le quitó primero su incapacidad para hablar con mujeres sin alcohol, lo que parecía abrir una ruta enorme. Podía aprender independencia, construir relaciones maduras y dejar de vivir bajo el dinero de su padre. Dio algunos pasos, pero los escritores volvían a convertirlo en el amigo dependiente, celoso, superficial o desesperado. Cada relación se deshacía antes de producir un cambio duradero. En la temporada final le dieron una trama de matrimonio arreglado con Anu, lo acercaron a mudarse a Londres y luego cancelaron la relación cuando Howard le hizo ver que ella no era su alma gemela. Raj terminó soltero y asistió a la ceremonia del Nobel acompañado por Sarah Michelle Gellar, cuya presencia funcionaba como remate y cameo, no como culminación de doce temporadas.

Estar soltero no constituía el problema. La serie podía cerrar su historia con un hombre que por fin ya no necesitaba una pareja para sentirse completo. Esa habría sido una conclusión válida y adulta. El problema fue que el guion no construyó con suficiente claridad esa paz. Raj pasó demasiados años buscando desesperadamente compañía para que bastara una conversación final y una celebridad sentada a su lado. Los demás recibieron resultados visibles de su crecimiento. Él recibió otro chiste.

Por eso su aparición en Stuart Fails to Save the Universe produce una reacción curiosa. Resulta divertido verlo y duele comprobar que, incluso en otra realidad, parece condenado a sufrir. Al menos el episodio le devuelve competencia. Raj entiende el dispositivo, trabaja bajo presión y se vuelve indispensable durante algunos segundos. Su final es brutal, pero no patético. Muere haciendo algo que requiere inteligencia y valor. Para un personaje al que la serie original convirtió demasiadas veces en accesorio emocional de Howard, representa una mejora extraña: el multiverso lo trata peor físicamente y mejor narrativamente.

La nueva serie tiene una oportunidad importante. Puede usar realidades alternas para mostrar versiones de Raj que sí recorrieron caminos distintos. Uno puede haberse casado. Otro puede dirigir un observatorio. Otro puede ser un villano elegante con demasiados perros. Otro puede vivir perfectamente solo sin explicar cada cinco minutos que está solo. El concepto permite corregir posibilidades desperdiciadas sin borrar el final original. También puede caer en la tentación de torturarlo en cada universo porque el sufrimiento de Raj siempre produjo risas fáciles. El primer episodio deja abiertas ambas rutas.

La mayor virtud del estreno consiste en que abre opciones. El dispositivo permite cambiar de género, tono, jerarquías y relaciones. La tienda puede ser refugio, palacio, laboratorio o ruina. Un secundario puede ser dictador en una realidad y cobarde en otra. Los cameos pueden interpretar versiones distintas sin alterar la continuidad principal. La temporada recorre mundos diferentes y mantiene al cuarteto como punto de referencia.

Esa libertad también implica peligro. El multiverso se ha vuelto la salida de emergencia de los guionistas: permite resucitar muertos, borrar consecuencias, cambiar actores y convertir cualquier contradicción en una variante. Cuando todo puede ocurrir, nada pesa. Stuart Fails to Save the Universe tendrá que establecer reglas emocionales aunque sus reglas científicas sean deliberadamente ridículas. Stuart debe recordar lo vivido. Denise debe cambiar. Bert necesita algo más que excelentes frases secas. Kripke no puede sostenerse únicamente con vulgaridad y su forma de hablar. Los universos deben afectar al grupo.

Por ahora, el balance es favorable. El primer episodio se mueve rápido sin parecer desesperado. Presenta el desastre, reúne al equipo, explica el dispositivo, ofrece cameos y termina abriendo la aventura. Los chistes nacen del carácter de cada personaje y de la colisión entre personas comunes y una escala épica. La nostalgia acompaña la historia en vez de arrastrarla. La violencia y el lenguaje más libre no se sienten colocados por un adolescente que acaba de descubrir que HBO permite groserías.

Queda una duda razonable: cuánto tiempo puede sostenerse la sorpresa. La primera visita a una Pasadena destruida resulta divertida. La décima realidad alternativa necesitará algo más que maquillaje distinto y otra referencia reconocible. El programa debe encontrar un propósito debajo del juego. Stuart no necesita convertirse en el hombre más importante del universo. Necesita descubrir por qué vale la pena salvarlo. Esa respuesta puede estar en Denise, en la tienda, en sus amigos o en la posibilidad de dejar de aceptar que nació para perder.

El título promete que fracasará. La comedia depende de que siga intentándolo.

Después de este estreno, tengo ganas de ver el segundo episodio. Eso ya representa una victoria para una serie que parecía diseñada para provocar cinismo. Stuart Fails to Save the Universe refrescó personajes, se permitió ser muy nerd, mostró una producción sólida y recordó que una referencia funciona mejor cuando viene acompañada de un chiste. Penn & Teller fueron un regalo. Raj recibió un regreso breve, violento y digno. Sabotage convirtió a un grupo de inadaptados en héroes durante lo que dura una buena canción.

Stuart quizá no salve el universo. En su primer episodio consiguió algo más urgente: salvar lo que parecía ser una muy mala idea.

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